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Recomposición de la literatura comparada: de su arqueología a
su actualidad
por Jean Bessière (Université Sorbonne Nouvelle, Paris 3)
1
(Traducción: Valentín Díaz)
Podemos atenernos a una definición simple de la Literatura comparada: el
estudio de toda cuestión ligada a la literatura, en un contexto interlingüístico,
intercultural o internacional. Comprenderemos, al final de este trabajo, que una
definición semejante no sólo es práctica sino también muy pertinente.
Creo, entonces, que es vano retomar los viejos debates sobre la noción
de comparación, como es vano recordar la vieja oposición entre historia literaria
comparada y teoría literaria en los estudios de Literatura comparada, como
también es vano seguir insistiendo sobre la oposición entre literatura
comparada y estudios culturales, o bien sobre la obligación de pensar la
literatura comparada según los estudios culturales.
Prefiero interrogar y situar la disciplina a partir de su historia y de su
arqueología, a partir de aquello que pueden ser las urgencias de los estudios
literarios en el mundo contemporáneo, a partir de las reformulaciones posibles
de la disciplina de acuerdo a los resultados inherentes a la “world literature”
literatura universal, para traducir con precisión la fórmula de Goethe:
“Weltliterature”. Esos tres tipos de interrogación están ligados. Los dos últimos
–según la urgencia, según la “literatura universal”– no son posibles sino
mediante un revisión del primero.
Retomar esas interrogaciones supone reformular los equívocos de la
denominación misma de la disciplina, Literatura comparada, y redefinir aquello
que determinó su lógica constitutiva, para precisar sus deberes estrictamente
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1
Doctor de Estado por la Sorbonne (1976). Profesor de Literatura General y
Comparada en la UniversiSorbonne Nouvelle (Paris 3) y Director Honorario de la
Asociación Internacional de Literatura Comparada. Entre sus últimos libros figuran:
Principes de la théorie littéraire (2005),Qu’est-il arrivé aux écrivains français ? D’Alain
Robbe-Grillet à Jonathan Littell (2006), Le Roman contemporain ou la problématicité
du monde (2010), Questionner le roman. Quelques voies au-delà des théories des
romans (2012).
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contemporáneos. Redefinir esa lógica implica, paradójicamente, abandonar la
crítica de la noción de comparación y detenerse en la concepción de la
literatura que supuso y que aún supone la Literatura comparada, sean cuales
fueren sus prácticas en Occidente.
2
I. Reconsiderar la arqueología de la disciplina: para reformar su tradición
occidental
Por eso es vano detenerse en las debilidades epistemológicas y metodológicas
que conlleva o que implica el término “comparación”. Desde ese punto de vista,
es inútil rehacer la historia de la disciplina en Occidente. Es mejor atenerse a la
comprobación de que la Literatura comparada, en Occidente, sigue estando
bajo el dominio de su propia arqueología, enteramente definida por un
pensamiento holista de la literatura. La Literatura comparada, si aspira a ser
post-europea y post-occidental, debe comprenderse como una revisión de esa
arqueología.
La Literatura comparada se constituye en el siglo XIX, se desarrolla en el
siglo XX según una ideología, muy precisa, de la literatura. Definimos esa
ideología en términos simples: la literatura es un absoluto, es capaz de saturar
simbólicamente todo lugar y todo tiempo. Redefinimos esa ideología con
respecto a la Literatura comparada misma: de acuerdo con esa ideología, la
disciplina tiene una doble visión de la literatura –una visión holista y una visión
diversificada.
3
Cuando se dice que la comparación en Literatura comparada
implica siempre un tertium quid, conviene, además, advertir que ese tertium
quid es la literatura misma, considerada según esa perspectiva holista; es
porque existe una perspectiva semejante que la literatura puede ser vista como
completamente diversificada. Eso no era considerado una contradicción, volvía
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2
Es por ello que, en su forma usual, las acusaciones inevitables de eurocentrismo, los
ligeros zarpazos, igualmente inevitables, a la tradición francesa de la disciplina habría
que llegar a decir que ya no es una tradición, sino un estado antiguo, histórico, de la
disciplina, incluso en Francia, parecen casi de otra era. Se retoma aquí, con
modificaciones, nuestro artículo “Actualité de la littérature comparée”, Canadian
Review of Comparative Literature, Dic. 2008, 35.4, pp. 332-347.
3
Eso se traduce particularmente en el título de la obra, relativo a la Literatura
comparada, de Claudio Gillén, Entre lo uno y lo diverso (1985).
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a la disciplina capaz de decir lo singular y lo universal a través de los casos
concretos, la autorizaba a relativizar todas las literaturas nacionales y a
construir las correspondencias entre esas literaturas de acuerdo a ese
relativismo. Por lo tanto, el eurocentrismo, frecuentemente adjudicado y
reprochado a la Literatura comparada, no es, en mismo, una práctica de
exclusión de literaturas; no puede serlo puesto que el pensamiento holista de la
literatura es, por definición, inclusivo de toda literatura.
La pregunta planteada por esta arqueología de la disciplina no es
entonces la del rechazo de lo extranjero no europeo o no occidental, sino la del
derecho que autoriza una tal perspectiva holista, un tal juego de inclusión. ¿En
qué sentido este pensamiento occidental de la literatura es generalizable? ¿En
qué sentido este pensamiento permite dar cuenta de toda historia de la
literatura y de la historicidad misma? ¿En qué sentido este pensamiento holista
de la literatura es, por derecho, aplicable y legible en todas las literaturas
europeas y en todas las literaturas no europeas?
En los estudios literarios, se trate de estudios literarios nacionales o de
estudios literarios comparados, la primera apuesta se define menos en la
elección de dar o no dar prioridad a la referencia a la literatura (lo que reenvía
al debate sobre estudios literarios y estudios culturales), que en la decisión de
abandonar o no abandonar esa perspectiva holista. No puede haber
identificaciones de la literatura en general más que efectuando la
comprobación de la discontinuidad de las literaturas, incluso cuando se trata de
literaturas que se declaran explícitamente emparentadas. No hay un único
proceso literario, sino procesos literarios –se vuelve así al problema de la
diversidad de la literatura. En ese ejercicio de caracterización de las literaturas
y de identificación de sus repartos [partages] culturales, se vuelven útiles, para
emprender las vías que sugerimos, las literaturas, los momentos de literaturas,
que han expuesto sus propios límites. Esto implicaría la revisión de la noción
misma de literatura, revisión útil para hacer de la denominación de la disciplina
una denominación pertinente. Conviene identificar y construir, en el ejercicio
crítico, diversos tipos de literaturas, los tipos de identificación de la literatura,
que autoricen esas construcciones. El focus literario es aquí indisociable del
focus cultural.
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La perspectiva holista es la condición de la historia literaria, tal como
ésta se constituyó a través de la filología, como lo es de la literatura
comparada, como lo es de la teoría literaria, tal como ésta se impuso en el siglo
XX. Si estas observaciones se consideran pertinentes, los debates que tuvieron
lugar en Chapel Hill, en el primer congreso de la Asociación internacional de
Literatura comparada, y que opusieron el punto de vista historiográfico en
Literatura comparada, ilustrado por los franceses, y el punto de vista teórico,
ilustrado por los estadounidenses y particularmente por René Wellek, traducen,
en definitiva, menos la constatación de una división de la disciplina que la de
dos métodos de trabajo: cada uno supone el mismo pensamiento holista de la
literatura. Sería fácil continuar con estas observaciones advirtiendo que las
renovaciones críticas de los años 1960-1980 –del estructuralismo al post-
estructuralismo, del “New Criticism” a la deconstrucción– no alteraron
esencialmente este pensamiento de la literatura, a la cual se le atribuyó, según
hemos escrito, un “estado de excepción”,
4
igualmente legible en la creación
literaria misma.
Para salir de ese pensamiento holista, convendría que la crítica literaria,
en sus diversas expresiones –aquí no está en juego únicamente la Literatura
comparada– tome en consideración la relatividad de los mundos de la literatura
y de las caracterizaciones de los objetos literarios. Eso supone algo de
nominalismo y una práctica de la historia de las literaturas según ese
nominalismo. No habría allí nada de escandaloso ni de sorprendente: en
efecto, la paradoja de un pensamiento holista de la literatura es llegar a la
constatación de los mundos literarios y de su diversidad -ante la abstracción de
un pensamiento holista, se erige, inevitablemente, lo concreto de lo diverso. Si
existe un tal concreto, existen, inevitablemente también, los límites simbólicos y
culturales que las literaturas producen entre ellas y que autorizan tanto la
constatación de sus diferencias como la comparación de las intenciones
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4
En nuestra obra, Quel statut pour la littérature ? (BESSIÈRE, 2001), definimos el
estado de excepción de la literatura la noción nos parece válida desde el
romanticismo como ese estado en el que la literatura, a través de las obras, las
figuras de escritores, las justificaciones de la mimesis, etc., es presentada como
aquello que, por derecho, asigna el derecho de ser nombrado, identificado, reconocido
a propósito de cualquier objeto, cualquier persona, etc., y eso en el seno mismo de la
ficción y sea cual fuere el tipo de estética implicada.
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literarias –si es que la intención literaria existe— y de los tipos de autonomía
atribuidos a aquello que es considerado como (y a aquello que identifica con)
“literario”.
Conviene entonces concentrarse en la variabilidad de las condiciones de
identificación y de reconocimiento de la literatura y no solamente en la de las
formas y los géneros. Eso supone hacer la historia de la internacionalización
del pensamiento europeo de la literatura y de su carácter holista. Y eso
constituye por mismo un tipo de historia comparada. Además, por una
paradoja evidente, las dominantes de la crítica europea de los años 1960-1980
–una crítica que se pretende tanto objetiva como deconstructiva– contribuyeron
ampliamente a esta internacionalización mediante las redes universitarias. Eso
supone aún, en un juego de simetría, hacer la historia, en el seno de las
literaturas y de la crítica europea, de las importaciones literarias y críticas que
contribuyeron a limitar o a invalidar ese pensamiento holista, así como de los
efectos restrictivos sobre ese pensamiento que tienen hoy las literaturas
llamadas migrantes.
Convendría aún señalar varias paradojas de este pensamiento holista y
derivar sus consecuencias. Primera observación: que la larga tradición crítica,
producto del siglo XIX, haya acarreado que se otorgue a la literatura un “estado
de excepción” hace aparecer a la literatura misma como una manera de
extranjería social y cultural. Al pensamiento holista de la literatura corresponde
una institución social de la literatura, en el sentido en el que Searle (1995)
comprende esta institución. Lo propio de toda institución social la moneda, el
Estado, etc.– es aparecer, en una sociedad, como alejada de los miembros de
esa sociedad. Ahí aparece una paradoja. El tema de la alienación del escritor,
constante en las literaturas y la crítica occidentales desde el siglo XIX y que se
interpreta por lo general en términos de crítica social y cultural, puede sin
embargo interpretarse como una consecuencia de la alianza entre ese
pensamiento holista y la institución social de la literatura a la que induce
específicamente. Aquí serían útiles historias minuciosas de la lectura pública
para precisar ese juego de alejamiento de la literatura, inherente a su
institución social. Segunda observación: hay finalmente un modo simple y
manifiesto de limitar el pensamiento holista de la literatura: indicar que el
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señalamiento occidental contemporáneo de la muerte de la literatura es
indisociable de ese pensamiento. Hay una indisociabilidad semejante porque
ese pensamiento, inclusivo de toda literatura, no puede concebir una literatura
“otra”, su otro; no puede concebirlo porque es, a priori, inclusiva de toda
literatura hecha y por hacer. Eso supone que se considere que la literatura, las
literaturas alcanzaron los límites de su propio médium y de sus propias
poéticas, al menos aquellas que son identificables en esa tradición del
pensamiento holista. Eso supone una dificultad para continuar con los estudios
literarios, particularmente los comparados. La manera más práctica de romper
con ese impasse teórico e ideológico consiste en la recuperación y el uso,
extendidos a contextos internacionales, interculturales, de estrictas
perspectivas historicistas, las del “New Historicism”, las de ciertos historiadores
de la edición y de la lectura: esas perspectivas permitirían indicar que la
continuidad y la generalidad de la literatura, tal como las comprendemos, son
construcciones, y suponen la discontinuidad de los instrumentos –edición-, de
los receptores lectura- y de las poéticas –literaturidad. Esas discontinuidades
reclaman sus propias construcciones críticas.
II. Urgencias y vías de la Literatura comparada –otra manera de invertir la
tradición occidental de la Literatura comparada
Por una paradoja notable, abandonar la perspectiva holista de la literatura y
sus fantasmas de totalización, de unidad de lo singular y de lo universal
aquello que designa la noción de escritura de Jacques Derrida-- no es
disociable del hecho de que la actualidad produce sus propias formas de
totalización, en un sentido propiamente histórico. Esta totalización ha afectado
a vastos dominios de las actividades humanas –es eso lo que debe entenderse
por globalización. La literatura y la crítica literaria –particularmente la Literatura
comparada-- deben dejar de pensarse como totalizantes, para optar por
examinar totalizaciones contemporáneas, económicas, sociales, y sus
relaciones con las literaturas. Éstas son, así, hechos, ellos mismos
indisociables de la diferencia de las culturas y de la diferencia de las historias.
Hay que hablar, entonces, de los contextos literarios, por una parte según la
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globalización y la unipolaridad, y por otra, según la circulación diversa de la
información, según la desigualdad.
A la dualidad de lo uno y lo diverso, que la literatura albergaría en
misma según la tradición, europea, norteamericana, de la Literatura comparada
–la “world literature”, tal como es comprendida en Estados Unidos, confirma
este punto--, conviene oponer la dualidad de lo uno –identificable con la
globalización- y lo múltiple –identificable con la heterogeneidad que no borra o
que produce la globalización. La dualidad –lo uno que comprende y designa
todo lo múltiple--, concebida como constitutiva de la literatura, era un modo de
responder a la disparidad de lo real y de las culturas, particularmente en
Europa, y de preservar, en esa disparidad, la hipótesis de un progreso del
espíritu. Hoy la situación es inversa. Conviene hablar de la literatura en y frente
a un mundo que aparece en mismo como una totalidad y que no excluye, sin
embargo, la heterogeneidad.
Que el mundo contemporáneo esté entonces globalizado, que eso
implique esa totalidad y esa heterogeneidad, impide oponer al mundo
contemporáneo un mundo solamente planetario, para retomar una noción de
Gayatri Chakravorty Spivak (2003), porque ese mundo solamente planetario es
aún una designación, por cierto invertida, occidental universal.
5
Si se desea
jugar con la filosofía, creemos que más vale evitar jugar, en Literatura
comparada, con un post-hedeggerianismo. Por el contrario, vale la pena
señalar dos cosas, a la manera de Peter Sloterdijk (1999). Por un lado, el
mundo alcanzó su realización como una esfera; paradójicamente, en esa
generalización de la domesticidad, el otro, a juzgar por las apariencias, se
volvió ilocalizable; aquello que se denomina multiculturalismo no es sino el
retorno de los occidentales sobre mismos una vez que saben adquirido el
estado de esfera y que recuerdan, sólo entonces, la diferencia. Por otro lado,
sólo es pertinente una definición de la universalidad desde un punto de vista
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5
Notemos que esta noción de planetario está tomada de Jacques Derrida y de Jean-
Luc Nancy, en quienes tiene una significación hedeggeriana es una manera de decir
que el Ser pierde su propia posibilidad de apariencia en nuestras culturas. Eso se
comprende según el contraste que supondrían Occidente y las otras culturas del
mundo, vistas como culturas del Ser en el sentido occidental-- porque ellas habrían
conservado el sentimiento de lo sideral, del sentido manifestado. Leemos allí la
confesión de una desesperanza de Occidente y una idealización del Otro.
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ecológico específico –el único punto de vista universal del que puede
disponerse en el estado de la esfera. No existen culturas ni sujetos concientes
más que según sitios, ambientes –todo otro lo es según un sitio, incluso si todo
el mundo es conciente de la esfera de la tierra. La totalidad está dada. Sin
embargo es una manera de multiplicidad, no necesariamente por una
obligación de confesión del multiculturalismo, sino por una poética política del
espacio –totalidad y totalización, contemporáneas, suponen transacciones
entre actores antagónicos, entre sus sitios mismos.
6
Es ese juego al que
haremos referencia mediante las comprobaciones de la unipolaridad, de la
desigualdad, de la multiplicidad de las historias emergentes.
El señalamiento de la unipolaridad proviene a la vez de la comprobación
–como tal, es síntoma del señalamiento de la globalización- y de la indicación
política –convendría llamarlo un poder global, hoy se lo llama norteamericano.
7
Aceptemos este señalamiento y esta indicación. Aceptemos el deber político y
ético que implican: resistir a una unipolaridad semejante. Resta preguntarse
cómo puede plantearse esto en términos de crítica literaria y de Literatura
comparada. Añadiendo que la constatación de la unipolaridad en su radicalidad
sigue siendo, en gran medida, hipotética –nadie conoce el detalle de la historia
que vendrá--, conviene indicar que sea cual fuere la forma que adopte la
unipolaridad, no puede impedir la pluralidad de las historias.
De este modo, cuando hoy se habla del grupo BRIC (Brasil, India,
China), se habla tanto de países que se imponen, en términos económicos, en
el mapa mundial, como de países que hacen de su historia una parte entera de
la historia mundial –ya no se trata sólo de descolonización o de emergencia; se
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6
Para continuar con la nota anterior sobre el espacio de la globalización y con la
indicación de la esfera, agreguemos el rizoma referencia también prevaleciente en
ciertos trabajos comparatistas-- para decir que bastante paradójicamente, nos parece
que debe ser asimilado a la figuración de un juego de totalización. Debería proponerse
una tipología de esos usos críticos.
7
Indiquemos que volvemos aún al espacio y a la globalización citamos de memoria
una reflexión del presidente Clinton: la política extranjera debe ser tratada como un
asunto interior. Donde hay certeza de la pérdida del sentido de lo interior y del sentido
de lo exterior, de la domesticidad, y la asimilación del mundo a una vasta domesticidad
y la asimilación de la domesticidad a lo vasto de afuera. No podría encontrarse un
paralelo más exacto de la literatura de estado de excepción y de las dificultades de la
Literatura comparada que, por sus tradiciones, releve la unipolaridad literaria,
ideológica y eventualmente nacional, como ya hemos indicado.
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trata de otra historia, historias diferentes de la historia euro y luego
norteamericano-céntricas. Esto constituye el límite más claro puesto a la
globalización, desde puntos de vista tanto políticos, ideológicos como culturales
–vista desde Occidente o interpretada en términos occidentales. Esto traduce
las transacciones entre actores antagónicos y tiene una consecuencia para los
estudios literarios: conviene tratar las literaturas de esos actores antagónicos
no solamente según su propia importancia, sino también según el interés de
preguntarse por las maneras en las cuales limitan e interrogan a las literaturas
occidentales. Esto se puede formular en otros términos: conviene tratar esas
literaturas y las literaturas occidentales como interdependientes por el hecho
mismo de la globalización, de la pluralidad de las historias. Interdependencia
quiere decir que más allá incluso del detalle de los intercambios asimétricos
entre esas literaturas y las literaturas occidentales, estas últimas no pueden ser
pensadas como independientes de esas literaturas, en la perspectiva de los
estudios sistémicos –los únicos estudios que pueden reconfigurar la pluralidad
de las literaturas siguiendo la pluralidad y la competencia de las historias, en el
seno mismo de la globalización.
El mismo tipo de observación vale, de hecho, también para las
literaturas escritas en las lenguas de las antiguas potencias coloniales. Esas
literaturas son hoy las literaturas de países independientes. Desde luego, es
posible seguir considerando esas literaturas en una relación de dependencia
con respecto a las antiguas potencias coloniales más allá de que ese tipo de
estudio no tenga necesariamente, hoy, para las situaciones contemporáneas
de esos países, una pertinencia plena. Es posible también, en un movimiento
contrario –que debe sin embargo leerse como pariente del que acaba de
citarse-- equiparar esas literaturas con un vasto juego de contra-poder –se
sabe que es el camino de The Empire writes back (ASHCROFT, 1989). Es
necesario hacer una constatación simple: atenerse a los temas de la
dominación, el poder, el contra-poder, el neo-colonialismo, vuelve
esencialmente, sin que esas realidades sean puestas en duda, a colocar a
esas literaturas en el seno del paradigma cultural que fue dominante y
determinante en las literaturas europeas –conflictos, guerras, religiones.
Conviene entonces subrayar que las literaturas contemporáneas del tercer
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mundo no pueden ser consideradas, según sus propias condiciones y sus
propios términos, como las únicas reanudación y continuación de ese
paradigma cultural europeo, dominante en la misma Europa –sea lo que sea lo
incontestable del poder, del neocolonialismo. Fuera de ese encerramiento en
un modo de repetición y en la inevitable comprobación de la resistencia, esas
literaturas son las literaturas de otra historia. Esta dualidad –repetición del
paradigma cultural europeo en el tema mismo de la resistencia, historia--
vuelve a esas literaturas particularmente aptas, si se las considera a la vez en
sus expresiones locales y en sus extensiones internacionales, para ser
literaturas del intercambio, de la homogeneización culturales y de la
heterogeneización cultural.
Sea cual fuere la situación que se reconozca en esas literaturas de los
países antiguamente colonizados, esta situación permite precisar la relación de
las literaturas con la globalización. La globalización puede leerse sin dudas
como un incremento de la interpenetración de las culturas y de las expresiones
literarias que le son inherentes, sean cuales fueren las desigualdades que
acarree la globalización. Esta dualidad puede formularse de otro modo: el
juego de limitación de las literaturas occidentales, que acabamos de señalar a
partir de la pluralidad de las historias, puede también ser leído en esta
dualidad. Además, esos intercambios culturales no disuelven la especificidad
de los escritores y de las obras de esas literaturas. Salman Rushdie sigue
siendo un escritor indio en Londres, como Edouard Glissant sigue siendo un
escritor antillano en París. La única evidencia que allí aparece no es la de una
identidad imborrable, sino esta otra: el intercambio cultural, indisociable de la
globalización, no es sino la exposición de la heterogeneidad cultural, siempre
localizada –según tal escritor, según tal obra, según el lugar de ese escritor y
esa obra, según el sitio que forman. Hay menos un juego de multiculturalismo
el término debería permitir oír una composición exacta de las culturas- que una
indigenización según grupos, sitios, individuos. Es a causa de esta
indigenización que continúa identificándose exactamente a esos escritores y
esas obras migrantes según una identidad originaria. Eso puede formularse de
otro modo: la obra que mejor circula o que mejor da forma a la circulación es
aquella que expone explícitamente esa paradoja y esta dualidad de la
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homogeneización y la heterogeneización. Puede decirse, en el seno de la
unipolaridad, lo contrario. Eso define otra historia literaria para la Literatura
comparada y la obliga a emprender de cero historias comparadas de las
literaturas europeas.
III. Conclusión
Un ejercicio semejante de la Literatura comparada tiene una doble
condición: ser una estricta empresa de reflexividad crítica. En primer lugar,
debe despejar los datos literarios, las preguntas, que son inherentes a las
urgencias, y dejar de reconocer en todas partes una especie de poder
unificador de la literatura. Luego, la Literatura comparada puede ser el analista
de las diversas interrogaciones que albergan los estudios literarios, entendidos
de un modo amplio: puede reducir esas interrogaciones a sus implicaciones
últimas, inevitablemente comunes y diversificadas, según las dualidades y las
paradojas que acaban de plantearse. Esta reducción, que debe comprenderse
como aquello que recusa todo juego de totalización, no excluye ni la historia
literaria o cultural, ni una nueva aproximación a los formalismos y a las poéticas
literarias. En términos de historias literarias, indisociables de historias
culturales, deberían concebirse las series literarias, las unidades que definen,
como aquello que responde en su continuidad a encadenamientos de
problemas esos encadenamientos de problemas están correlacionados según
un juego de pregunta-respuesta: la respuesta designa más la pregunta de lo
que la responde y queda como pregunta recontextualizable y apta para
designar una nueva actualidad. Hans Blumenberg ofrece con su Die Legitimität
der Neuzeit (1966) un ejemplo de ese procedimiento, aplicado a la historia de
las ideas. Tratándose de las formas, de los géneros y de las poéticas, de las
aproximaciones sistémicas, sujetas a la misma atención al juego pregunta-
respuesta, pueden unir preocupación formal, preocupación histórica y
preocupación por la diversidad, en la medida en que hay formas literarias
muertas, formas literarias cultural y geográficamente limitadas, formas y
géneros que presentan una gran generalidad –esta generalidad no debe sin
embargo ser el medio o la justificación esencial de la definición y de la
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caracterización del género, sino invitar a reconocer su historicidad, legible
ciertamente por el juego pregunta-respuesta. Por supuesto, las líneas del juego
pregunta-respuesta pueden estar extremadamente diversificadas: permiten
considerar los límites de las literaturas; no identifican las transferencias de
literatura a literatura con juegos de “colonización” o de apropiación. Queda así
excluido que las literaturas sean leídas según una unidad ilusoria que sería la
recopilación de la historicidad. Cuando Zhang Longxi (2006) milita, a partir de
ejemplos literarios asiáticos, por una Literatura comparada del afuera, está
diciendo lo mismo porque no excluye sin embargo que esa Literatura
comparada del afuera sea todavía una correlación de las literaturas. Se habrá
comprendido, además, que allí describimos nuevos campos de estudio de la
teoría literaria, que debe ser más precisamente un ejercicio de definición de los
métodos que permitan situar exactamente a las literaturas.
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