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Tres negritos. Los estudios comparados en América Latina
Daniel Link
UBA/ Untref
O. Introducción
En su interminable confrontación con Walter Benjamin, Theodor Adorno
subrayó en una ocasión que el conocimiento de la historia debe ir más allá de
«la desdichada linealidad de la sucesión de victoria y derrota» y abordar «lo
que no ha intervenido en esta dinámica, quedando al borde del camino» (1951:
151). Precisamente esto, los «materiales de deshecho y los puntos ciegos»,
proporcionan el legado que en la actualidad tenemos que recuperar en la
definición de los estudios comparados (latinoamericanos).
Escribo “(latinoamericanos)” entre paréntesis porque me parece que, en
última instancia, el examen de la obra de los tres autores fundamentales en el
ejercicio de la comparatística latinoamericana iluminará las dificultades con las
cuales el comparatismo a secas todavía se encuentra cuando pretende
reflexionar sobre su objeto, superar sus crisis y proponer un método analítico.
En un libro cuya (incomprensible) influencia no ha cesado con el paso de
los años, Pascale Casanova sostiene que “El anacronismo es característico de
los espacios literarios alejados del meridiano de Greenwich” (1999: 138) y que
“Estas cronologías diferenciales explican las dificultades de los especialistas de
la literatura comparada para establecer periodizaciones transancionales” (1999:
139).
El “punto ciego” del libro de Casanova (muy extraordinario en muchos de
sus detalles) es el positivismo que domina su perspectiva historiográfica, y que
nos obliga, una vez más, a buscar los fundamentos del comparatismo en
aquellos monumentos (o materiales de deshecho) que enfrentaron
decisivamente el problema del positivismo, del evolucionismo y del organicismo
para definir una lógica del espacio literario (y una teoría, y una metodología
adecuada a esa lógica) diferencial, anacrónica por definición, intempestiva.
Naturalmente, uno podría sencillamente subrayar el hecho de que La
República Mundial de las Letras se preocupe por la pérdida de esa hegemonía
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(imaginaria) de París como capital mundial del espacio literario y, aún cuando
reconoce la ceguera de una perspectiva semejante (“esta posición dominante
de París entraña a menudo una ceguera específica, en particular en los textos
que llegan de las regiones más alejadas de los centros”, CASANOVA, 1999: 53),
es incapaz de desembarazarse de la dialéctica de centro y periferia y,
correlativamente, de concebir la experiencia literaria más allá del mercado
específico del libro:
La configuración del espacio literario contemporáneo es difícil de dibujar. Tal
vez nos hallemos hoy en día en una fase de transición que pasa de un
universo dominado por París a un mundo policéntrico y pluralista donde
Londres y Nueva York principalmente, pero también, en menor medida, Roma,
Barcelona, Frankfurt... disputan a París la hegemonía literaria. (1999: 217)
Aún reconociendo lo mucho que el presente debe a los procesos de
descolonización, el libro de Casanova es incapaz de comprender la lógica
excéntrica de la poscolonialidad y el tiempo no positivo (el tiempo como dis-
positivo) propio de sus ritmos:
El tiempo postcolonial es aquél en el que la experiencia colonial parece estar,
de manera simultánea, consignada al pasado y, precisamente debido a las
modalidades en las que se produce esta «superación», instalada en el centro
de la experiencia social contemporánea con toda la carga de dominación,
pero también con toda la capacidad de insubordinación, que distingue esta
experiencia. La reclusión, que es la verdadera clave «epistémica» del proyecto
de explotación colonial de Occidente
1
y de la resistencia contra él, ya no
organiza una cartografía capaz de distinguir inequívocamente la metrópolis de
las colonias, puesto que éstas estallan y se recomponen continuamente a
escala global. Lo que sugiere esta categoría de lo postcolonial es que la
unidad del mundo, el objetivo de tantos proyectos «cosmopolitas», ha acabado
por hacerse realidad bajo formas ambivalentes. (MEZZADRA Y RAHOLA, 2008:
263)
El anacronismo temporal, así, sería un predicado de nuestro propio presente y
cualquier topología que quisiera pensarse a partir de esa constatación debería
ser una topología de los espacios rotos, fragmentados, de las figuras
inconclusas:
El problema no es tanto el de saber cómo hemos llegado sino simplemente
reconocer que hemos llegado, que estamos aquí: no hay un espacio, un bello
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1
Por ejemplo, tanto Edward W. Said, Cultura e imperialismo, trad. de Nora Castelli,
Barcelona, Anagrama, 1996, como Nicholas Thomas, Colonialism’s Culture.
Anthropology, Travel and Government, Princeton, Princeton UP, 1994, subrayan este
punto.
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espacio, un bello espacio alrededor, un bello espacio alrededor de nosotros,
hay cantidad de pequeños trozos de espacios, y uno de esos trozos es un
pasillo de metro, y otro de esos trozos es un jardín público; otro (aquí entramos
rápidamente en espacios mucho más particularizados), de talla más bien
modesta en su origen, ha conseguido dimensiones colosales y ha terminado
siendo París, mientras que un espacio vecino, no menos dotado en principio,
se ha contentado con ser Pontoise. Otro más, mucho más grande y vagamente
hexagonal, ha sido rodeado de una línea de puntos (innumerables
acontecimientos, algunos de ellos particularmente graves, han tenido su única
razón de ser en el trazado de esta línea de puntos) y se decidió que todo lo que
se encontraba dentro de la línea de puntos estaría pintado de violeta y se
llamaría Francia, mientras que todo lo que se encontraba fuera de la línea de
puntos estaría pintado de un color diferente (pero fuera de dicho hexágono no
se tendía a colorear de un modo uniforme: tal trozo de espacio quería su propio
color y tal otro quería uno distinto, de ahí el famoso problema topológico de los
cuatro colores, todavía sin resolver en nuestros días) y se llamaría de otra
manera (de hecho, durante no pocos años, se ha insistido mucho en pintar de
violeta -al mismo tiempo que se les llamaba Francia- trozos de espacio que no
pertenecían al susodicho hexágono, e incluso a menudo estaban muy lejos,
pero en general no se han consolidado demasiado).
En resumidas cuentas, los espacios se han multiplicado y diversificado. Los
hay de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las
funciones. Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no
golpearse. (PEREC, 1974: 25)
Vivir es, efecto, pasar de un espacio a otro, haciendo lo posible para no
golpearse. Tal vez leer no sea algo muy distinto.
1. El espacio nacional
No nos es posible ir tan lejos como la fundación colombina, pero conviene
recordar algunas de las implicancias de la aventura de Colón: “De todos los
miembros de la humanidad que han andado sobre la tierra, él fue el único que
inauguró una nueva era en la historia de la vida” (MANN, 2011: 31), por eso,
ecológicamente, “el intercambio colombino es el acontecimiento más
importante desde la muerte de los dinosaurios” (MANN, 2011: 33), Colón funda
el Homogenoceno: entendido como una nueva época en la historia de la vida,
iniciada por la abrupta creación de un sistema económico que cubre el mundo
entero. (MANN, 2011: 54). Se trata, aunque el autor de 1493. Una nueva historia
del mundo después de Colón se resista a decirlo con esas palabras, del
proyecto biopolítico estamos acostumbrados a asociar con el capitalismo.
Retomo el hilo de la historia, en cambio, con la fundación de los estudios
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literarios argentinos (la inauguración de la cátedra de Literatura Argentina),
empresa que fue vista en su momento como el deseo de “dispensar una
tiniebla”, designando a Ricardo Rojas, el autor de La restauración nacionalista,
como el responsable de una tribuna cuya interpelación no ha cesado, una
fundación que pretendía “restaurar el alma argentina en su amplia vibración”,
según las conmovidas palabras de Rafael Obligado en 1913 (2012:sp) .
El DIscurso Inaugural de Ricardo Rojas (nombrado en 1912 al frente de
la cátedra) está puesta bajo el reconocido manto del nacionalismo
espiritualista, es decir, una forma de vitalismo que encuentra en cierta versión
de la historia la razón de su fuerza. Para Rojas, los monumentos de una
literatura son la “forma visible y perdurable de esas secretas corrientes que
elaboran la conciencia y la cultura de un pueblo” ( 2012: sp).
Ese vitalismo que arrastra tanto a La restauración nacionalista como a la
fundación de la cátedra universitaria y su hija dilecta, la Historia de la literatura
argentina urdida por Rojas entre 1917 y 1922, se deja leer en la lección
inaugural, donde Rojas caracteriza el ámbito de problematización que lo espera
(que lo llama) como la conjunción (nosotros diríamos, hoy, agenciamiento, y
diríamos también: vocación) de dos grandes ramas de estudios: las materias
de entonación nacional (“paisajes, hombres, árboles, trajes, voces, mitos,
emociones, cuanto constituye la tierra y el alma nativas”) y las materias de
entonación universal (“el fondo generoso y humano de la civilización greco-
latina”). Un programa semejante sólo puede encontrar sus herramientas
metodológicas en el campo del comparatismo, que Rojas ejercitó aún sin
defender su teoría, tanto en su Lección inaugural como, antes, en La
restauración nacionalista, la investigación en la que se funda su plan maestro.
El vitalismo que caracteriza la obra de Rojas permitiría caracterizar el
vitalismo de los estudios literarios argentinos (donde “lo argentino” es antes un
punto de vista que un contenido encorsetado, donde “lo argentino” es antes
una fuerza de la imaginación que una cosa víctima de la museología), pero
ahora debería interesarnos sobre todo en relación con la formación de
espacios literarios.
Pascale Casanova ha advertido, en relación con la Weltliteratur, que el
espacio literario es, en principio, nacionalitario, y, al mismo tiempo, que “Nada
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es más internacional, bien mirado, que el Estado nacional: sólo se construye en
relación con otros Estados, y a menudo en contra de ellos” (1999: 57). La
formación del espacio literario argentino, proceso en el cual Ricardo Rojas tiene
un papel fundamental, se corresponde con lo que Benedict Anderson ha
denominado «revolución lexicográfica» o «filológica», que se correspondería
con la segunda etapa de la génesis del espacio literario mundial, en la
perspectiva de Casanova
2
.
Por esa inscripción respecto de las tendencias teóricas de su tiempo, no
sorprenderá que el proyecto de Rojas (cuyos componentes nacionalistas han
sido ya suficientemente subrayados) pueda leerse también en esa clave de
mundialización, precisamente en lo que supone de recuperación
(extemporánea) de la «revolución vernácula» del siglo XV y, sobre todo, en la
radical ampliación del universo literario que su Historia propone.
Rojas había nacido en Tucumán, pero su infancia y primera juventud
transcurrieron en Santiago del Estero. Era, pues, uno de esos “negritos” ante
los cuales la revista Martín Fierro no pudo sino ejercer el anacoluto. En 1903
publicó su primer libro, La Victoria del Hombre, y en 1907 reunió los textos que
había venido publicando desde 1901 en la revista Caras y caretas, en el
suplemento dominical de La Nación y en Leoplán, bajo el título El país de la
selva, que le valió el reconocimiento de sus contemporáneos. En ese libro
leemos:
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2
Se pueden distinguir tres grandes etapas en la génesis del espacio literario mundial.
La primera es la de su formación inicial, que puede situarse en el momento de la
aparición de la Pléyade francesa y del manifiesto que constituye La Deffence et
Illustration de la langue fraçoyse de Du Bellay, publicado por primera vez en 1549. Es
la época de lo que Benedict Anderson llama la «revolución vernácula»: la que se
produce en el curso de los siglos XV y XVI y que ve el tránsito del uso monopolístico
del latín entre las personas cultas a la reivindicación del empleo intelectual de las
lenguas vulgares, y luego la constitución de literaturas que pretenden rivalizar con la
grandeza antigua. La segunda gran etapa de la ampliación del planeta literario
corresponde a la «revolución lexicográfica» (o «filológica»), tal como la describe
Benedict Anderson: la que se desarrolla a partir del final del siglo XVIII y durante todo
el siglo XIX, y que ve la aparición de nuevos nacionalismos en Europa, asociada con
la «invención» o la reinvención, para emplear las palabras de Eric Hobsbawm, de
lenguas declaradas nacionales. Las literaturas llamadas «populares» fueron entonces
convocadas para servir a la idea nacional y darle el fundamento simbólico que le
faltaba. Por último, el proceso de descolonización abre la última gran etapa de la
ampliación del universo literario y marca la llegada a la competencia internacional de
protagonistas excluidos hasta entonces de la idea misma de literatura.” (CASANOVA,
1999: 70-71)
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Nadie que estudie el alma de aquel pueblo la habrá conocido del todo hasta no
verla cómo se regocija en sus fiestas. Allí manifiesta todas sus excelencias y
defectos, bajo las formas de un mismo espectáculo sencillo y conmovedor. Allí
están reunidos sus amores, sus alegrías, su cancionero, su arte y sus mitos, en
tanto que, desde el fondo silencioso de sus tristezas habituales, un ansia
suprema de libertar la vida arroja esa muchedumbre de almas en los
desenfrenos de la bacanal” (ROJAS, 1946: 69).
En 1909, cuando la fundación de la cátedra de Literatura Argentina ya
había sido decidida, Rojas publicó La restauración nacionalista. Informe sobre
educación, un dilatado y excesivo informe de más de quinientas páginas
impreso en los Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional para el Ministerio
de Justicia e Instrucción Pública, presidido por Rómulo Naón, que se lo había
encargado:
El doctor Naón en el Ministerio de Instrucción Pública, que me encomendara
este trabajo, llama á concurso para un catecismo cívico con propósitos de
evangelización democrática, revelando con ello la preocupación de intereses
morales, antes casi del todo abandonados. (1909: 361)
La investigación de Rojas, que recorre Europa para evaluar la situación
de la enseñanza de la historia (en todos los niveles) en Inglaterra, Francia,
Alemania y “otras naciones” (Italia y su “monumentología”, España y sus
ejercicios arcaicos y clericales) toma como modelo el impulso modernizador de
los Estados Unidos. Rojas, que ya sabe que su destino es la tribuna facultativa
y la reforma educacional, se propuso, antes de hacerse cargo de la cátedra,
realizar una encuesta en varias naciones; extraer de sus resultados una teoría;
definir por comparación con aqueellas nuestra enseñanza; hacer la crítica del
sistema argentino que es deplorable; proponer las medidas que podrían
tornarlo s eficaz; y preconizar como síntesis, la orientación nacional que
debemos dar al estudio de las humanidades modernas, cuyo centro es la
Historia. (1909 :10, yo subrayo)
Al mismo tiempo que abraza el comparatismo como metodología de
investigación, Rojas pone a todas las humanidades bajo el manto protector de
la historia
3
(un lugar común de la época), porque
El actual momento nos aconseja, con patriótico apremio, el adoptar un ideal
semejante, para que sea nuestra escuela el hogar de la ciudadanía, donde se
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3
“Se hace historia en todas las asignaturas, ó puede hacérsela hasta en la
geometría al nombrar á Pitágoras ó á Euclides; hasta en la física al hablar del teorema
de Newton ó de los primeros ensayos de Fulton. Pero la relación directa de la Historia
es con las ciencias que estudian al hombre y la sociedad, y que los antiguos llamaban
humanidades.” (65)
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fundan y armonicen los elementos cosmopolitas que constituyen la nación
(1909: 10).
El método comparativo permite definir no tanto lo propio y lo ajeno, sino
situar lo propio y lo ajeno en un horizonte de tensiones éticas y políticas.
Hipólito Taine o Mommsen no pueden sorprendernos, razona Rojas, porque lo
que ellos hicieron estaba ya prediseñado en los Comentarios Reales del inca
Garcilaso, quien, en algún sentido, practica la Kulturgeschichte, como dicen
los alemanes, con una voz comprensiva y difícil que otros idiomas parecen
aceptar” (23). Los estudios literarios, sea por la vía de la Kulturgeschichte o de
la filología, piensa Rojas, son la manera de rescatar la vida comunitaria de la
“silenciosa tragedia del espíritu tradicional” (87).
El presente era, en 1912, acuciante por varias razones. Enumero lo que
se lee en varias páginas de La restauración nacionalista:
Una cantidad exorbitante de brazos italianos trabaja nuestros campos y ()
una cantidad extraordinaria de capitales británicos mueve nuestras empresas.
En medio de este cosmopolitismo de hombres y capitales, que nos somete á
una verdadera sujeción económica, el elemento nativo abdica en la indiferencia
ó el descastamiento de las ideas, las pocas prerrogativas que ha salvado. (87)
El cosmopolitismo en los hombres y las ideas, la disolución de viejos núcleos
morales, la indiferencia para con los negocios públicos, el olvido creciente de
las tradiciones, la corrupción popular del idioma, el desconocimiento de
nuestro propio territorio, la falta de solidaridad nacional, el ansia de la riqueza
sin escrúpulos, el culto de las jerarquías más innobles, el desdén por las altas
empresas, la falta de pasión en las luchas, la venalidad del sufragio, la
superstición por los nombres exóticos, el individualismo demoledor, el
desprecio por los ideales ajenos, la constante simulación y la ironía canalla,
cuanto define la época actual, comprueban la necesidad de una reacción
poderosa en favor de la conciencia nacional y de las disciplinas civiles. (87)
Como si eso fuera poco:
Una literatura plebeya y una filosofía egoísta, que disimulaba bajo manto de
filantropía su regresión hacia los instintos más obscuros, ha causado algún
daño, en estos últimos tiempos, á la idea de patriotismo. El innoble veneno,
profusamente difundido en los libros baratos por ávidos editores, ha
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contaminado á las turbas ignaras y á la adolescencia impresionable.
4
(38).
Para oponerse a un panorama tan depresivo, Rojas recurre al vitalismo
nietzscheano que ha leído en las Consideraciones intempestivas (él las llama
inactuales): “No sigamos tentando á la muerte con nuestro cosmopolitismo sin
historia y nuestra escuela sin patria.” (pág. 347-348).
Rojas cita la parábola que recuerda Nietzsche, el diálogo imposible entre
el ser humano y la bestia:
«¿Por qué no me hablas de tu felicidad, y no haces sino mirarme?» La bestia
quiso responderle: «por que yo olvido, cada vez, lo que tengo la intención de
hablar». (447)
y suscribe la conclusión nietzscheana:
La cultura histórica, no es benéfica y llena de promesas para el porvenir, sino
cuando acompaña una poderosa y nueva corriente de la vida, una civilización
en vías de formarse (447)
Si “El rasgo característico de la civilización consiste en que redime á los
pueblos de la animalidad originaria, por el recuerdo hablado que constituye la
Historia” (447), en nuestra situación poshistórica (que era ya la de Barthes,
pero es mucho más agudamente la nuestra), tal vez nos convenga recordar la
lección de Rojas, para salvarnos de un peligro simétrico, la animalidad
postrera. No se trata, en la perspectiva de Rojas, de someter al historicismo
enciclopédico toda forma de conocimiento, y por eso es tan importante el
recurso a Nietzsche (que abominaba del hegelianismo) en La restauración
nacionalista, como la relación entre soberanía de sí, fiesta y bacanal evocada
en El país de la selva. De lo que se trata es de situar la vida, lo que vive
todavía, la potencia incesante de lo viviente, e incluso una “nueva corriente de
la vida” en relación con líneas de fuga que no son necesariamente dispositivos
de normalización, como se ha interpretado con cierta ligereza:
Vivir de una manera histórica, es, acaso, quitar un poco de su intensidad y su
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4
“En cuanto á la Familia, nada puede esperarse tampoco de ella. Hasta hoy no ha
hecho sino restarle fuerza cívicas é intelectuales á la escuela, con la indiferencia del
hogar criollo ó la hostilidad del hogar extranjero. Fluctúa aquí la familia, entre la
disolución del conventillo y la sensualidad del palacio, quedando por averiguarse
dónde se esconde más inmoralidad, si en esta abundancia ó en aquella miseria.
Ignorancia y cosmopolitismo de origen en casa del obrero; ignorancia, vanidad y
cosmopolitismo de gustos en casa del burgués: ni una ni otra pueden ser santuarios
de civismo.” (391)
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grandeza materiales al momento presente, pero es dar un valor y una
permanencia morales á la vida, reviviendo en recuerdo el ayer que huye, y
anticipando el mañana en la vislumbre de un ideal colectivo (448).
Teniendo en cuenta la perspectiva del vitalismo nietzscheano, se
comprende que para Rojas el continuo literario, en algún sentido, se superpone
con el continuo de lo viviente, y por eso subraya la imposibilidad de establecer
estudios literarios comparatísticos sin sostener hipótesis antropológicas o, por
lo menos, culturales (Kulturgeschichte): es lo que relaciona la literatura
comparada con los estudios culturales, precisamente y que, años después, en
(nuestra) restauración democrática, serán hegemónicos en la perspectiva de
los estudios literarios.
Como Aby Warburg en otro contexto, Rojas está diciendo que “Atenas y
Oraibi son los mismo”. Como sabemos, Atlas Mnemosyne de Aby Warburg,
esa suerte de instalación sobre ciertos motivos del arte clásico y el arte
renacentista en el que Warburg trabajó maníacamente durante los últimos años
de su vida (1924-1929) constituye una reflexión sobre la historia del arte.
Warburg pretendía distribuir en paneles móviles ciertas imágenes
(reproducciones, fotografías, dibujos y gráficos) que, por mera yuxtaposición,
dieran cuenta de ciertas persistencias, ciertas traslaciones y ciertas mutaciones
de la imaginación artística, considerada como una práctica de distanciamiento
entre uno mismo y el mundo:
acto fundacional de la civilización humana; cuando este espacio interpuesto se
convierte en sustrato de la creación artística, se cumplen las condiciones
necesarias para que la conciencia de la distancia pueda devenir en una función
social duradera, la suficiencia o el fracaso de la cual como instrumento
espiritual orientador determina el destino de la cultura humana. (WARBURG,
2010: 3)
De modo que podría decirse del Atlas Mnemosyne que es un museo
portátil de la función-arte armado de acuerdo con el “asco al esteticismo de la
historia del arte” al que Warburg no se cansó de referirse y que, hoy, para
nosotros, resuena también en Ricardo Rojas.
Las imágenes eran, para Warburg, una “necesidad biológica”, un
“producto intermedio entre la religión y el arte” y, por eso puso como epígrafe
de otra de sus decisivas contribuciones a una teoría de la imagen la frase
inquietante (pero para nada ambigua): “Como un viejo libro enseña, Atenas y
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Oraibi son lo mismo”. Oraibi es una aldea hopi de Nuevo México, que Warburg
había visitado en 1895 y en cuyos rituales se detuvo en 1923, cuando
pronunció la conferencia El ritual de la serpiente.
Al desconfiar (radicalmente) del esteticismo y del formalismo que con él
se asocia, Warburg y Rojas quieren restituir la función-arte y las prácticas
artísticas al espacio ritual en el que habían encontrado su sentido primero
como herramientas de distanciamiento y, por lo tanto, de reflexión (una forma
de pensar el destino, la herencia y la comunidad). Ideas parecidas fueron
desarrolladas por Carl Einstein (cofundador de la revista Documents) en varios
textos.
Así, en “Sobre el arte primitivo”, escrito en 1919, Einstein señalaba que,
para compensar lo que le faltaba de arte directo, Europa producía en exceso
explotadores artísticos, personas interpuestas, agentes de segunda mano,
rentistas de la tradición, a los que llamaba “europeos indirectos”. “El arte
europeo”, concluía Einstein, “está imbricado en el proceso de la capitalización
diferenciada. Atrás queda la época de las ficciones formales. Con la
decadencia de la economía del continente se desmorona también su arte”
(2008: 19). Desde esa perspectiva, cada obra, en la medida en que no se
encamine a la reestructuración social que podría darle algún sentido a todo, es
solo una pieza más de esnobismo reaccionario
Al acercar el método de los estudios literarios argentinos al método de la
antropología y la historia comparada, podríamos decir, Ricardo Rojas está
pensando algo parecido a lo que se deja leer, contemporáneamente, en
Warburg y en Carl Einstein. Es el problema de los universales, que hay que
situar históricamente
5
. Se trata del rechazo de las categorizaciones impuestas
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5
Rojas agrupa las materias de la enseñanza general en tres grupos:
“1º. Cultura física ó personal que comprende los ejercicios, como el solfeo, la
música, la escritura á máquina y á mano ó caligrafía, el tiro al blanco, las labores, la
cocina, el dibujo, la gimnasia, que tienden á desarrollar una aptitud personal del sujeto,
haciéndole físicamente más apto.
“2º Cultura humanista ó nacionalque comprende Historia, lenguas vivas,
literatura, filosofía, instrucción cívica, economía i3olítica, geografía, etc. lasque
preparan al ciudadano, por el conocimiento de las sociedades humanas, para vivir en
la nación á que pertenece, enseñándole, las necesidades y recursos de su país y la
posición de éste entre los otros pueblos de la tierra.
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al “espíritu”, entendido como un continuo. Las clases y las clasificaciones son
artificios impuestos, es decir: dispositivos de captura de lo incapturable.
Evidentemente, esto interroga la literatura: ¿es una forma o una fuerza? Si la
literatura es una forma, como toda forma, debería entenderse en relación con
fórmulas y algoritmos que la expliquen. Si es una fuerza, no.
Ricardo Rojas (como los grandes teóricos de la literatura) se inclina más
bien por una comprensión de la literatura como fuerza (o si se prefiere:
potencia). Esa fuerza o potencia opera aquí y allá según una lógica que no es
exclusivamente ni la de la lengua, ni la de la época, ni la de la región. Es una
fuerza o potencia de desclasificación y, al mismo tiempo, de agenciamiento.
Las Humanidades, dice Rojas en la Restauración nacionalista, “requieren en
cada comarca una elaboración especial, de acuerdo con circunstancias de
ambiente y necesidades políticas, que varían en las diversas naciones” (1909:
66-67). Escuchen esta demanda, todavía no cumplida:
Si nosotros fundásemos escuelas análogas á esta [se refiere a la Ecole
d'hautes etudes], y á la [Escuela] de Cartas, en la medida de nuestra posición
histórica y de nuestras necesidades, las asignaturas aquí subrayadas
Lenguas célticas y dialectología de la Galia Romanatendrían que equivaler al
quichua y el guaraní de nuestros orígenes americanos. (196)
La necesidad (política) de la enseñanza de esas lenguas (el guaraní
como celta) no se justifica en un resplandor estético sino en una demanda ética
que toma a lo viviente como potencia. Este desplazamiento de la forma a la
potencia, de las equivalencias lingüísticas a las distancias culturales es uno de
los núcleos fuertes de la investigación comparatista propuesta por Rojas, para
quien no hay hipótesis de investigación literaria desgajada de lo cultural.
Saltemos hacia donde Rojas nos señala: todo presente actual no es más
que el pasado entero en su estado más contraído: el pasado, por eso, no pasa,
sino que persiste, insiste, consiste, es el fundamento último del paso. Si lo
propio del presente es la existencia actual bajo la forma de una sucesión de
diversos instantes (antes y después), el pasado puro, fundamento y
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
“3º. Cultura científica ó universal que comprende aritmética, álgebra,
geometría, física, química, zoología, botánica, mineralogía, geología, cosmografía,
ciencias matemáticas y físiconaturales, conocimientos utilitarios casi todos, pero los
cuales deben enseñar, convenientemente aprovechados, la unidad de la especie y el
destino del hombre en la naturaleza.” (1909: 66)
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profundidad del Tiempo, en cambio, se caracteriza por la "coexistencia virtual"
de sus diversos niveles con el presente. Dicho de otro modo: “La materia de la
Literatura es la vida, y su procedimiento, como ya lo sabemos todos, el
concretar en fórmulas finitas las relaciones humanas de reiteración indefinida”
(REYES, 1940a: 264
6
)
.
2. El espacio mundial
El vago azar o las precisas leyes
que rigen este sueño, el universo,
me permitieron compartir un terso
trecho del curso con Alfonso Reyes.
Jorge Borges
Las palabras de Alfonso Reyes (1889-1959), el regiomontano universal,
adscribe a una determinada lógica (“fórmulas”) la relación entre lo finito y lo
indefinido propio de la repetición (del eterno retorno). Años después, Gilles
Deleuze plantearía, sobre el mismo asunto, algo parecido.
En 1909, al mismo tiempo que se creaba la primera cátedra de Literatura
Argentina, Reyes fundó en México el Ateneo de la Juventud, donde Pedro
Henríquez Ureña (como se verá más abajo), Antonio Caso y José Vasconcelos
Calderón, entre otros intelectuales, comenzaron leyendo los clásicos griegos
para definir una teoría de la cultura, del arte y de la literatura radicalmente
antipositivista.
La Revolución de 1910 no favoreció a los Reyes, que tenían relaciones
fluidas con el Porfiriato. En agosto de 1912, sin embargo, Reyes fue nombrado
secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, antecedente de la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (su papel en la institución de las
letras mexicanas es tan central como la de Ricardo Rojas, aunque en ese
contexto ejerció la cátedra de Historia de la Lengua y Literatura Españolas, lo
que en algún sentido explica la distancia entre ambos proyectos).
Porque su padre, el general Bernardo Reyes, persistió en su militancia
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
6
En adelante, Las OC de Reyes se citan, indicando el tomo correspondiente y el
número de página de ese volumen. Ocasionamlmente, se citará el artículo cuando
convenga a la argumentación general.
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antirrevolucionaria (murió en el Zócalo de la ciudad de México en 1913,
participando de un golpe de estado contra Francisco Madero), Alfonso Reyes
partió a Francia y luego a España, donde continuó su formación bajo la tutela
de Ramón Menéndez Pidal, volviéndose una pieza clave de la política exterior
mexicana, que lo elige como representante para Francia, Argentina, Brasil,
países en los que dejó su marca.
Como embajador mexicano, se radicó en Buenos Aires, donde se
reencontró con Pedro Henríquez Ureña y la brillante generación argentina de
entreguerras. Jorge Borges hizo que Ireneo Funes, el memorioso, muriera en
1889, el año en el que nació Alfonso Reyes, marcando una continuidad entre
una forma de memoria y otra, que el propio Don Alfonso reconocía no sin
perplejidad (“¿Qué culpa tengo yo de tener una memoria de colodión, que lo
que miro se me queda grabado?”).
Esa memoria prodigiosa explica en parte las monumentales Obras
completas de Alfonso Reyes
7
, pero sobre todo la comodidad con la que se
coloca en los paradigmas de época del comparatismo, “el cual ha de florecer
ya casi a nuestros ojos desbaratando las fronteras, lenguas, épocas y regiones
artificialmente impuestas al espíritu, y fecundizando la crítica en proporciones
nunca igualadas” (CARRILLO, F. 1974: 269).
Por cierto, Reyes sabe que la memoria de colodión o la de Funes son
memorias idiotas (¡qué culpa tengo yo...!) y por eso la calidad de sus
intervenciones se mide en la delicadeza de la reflexión antes que en su fatal
erudición (otro tanto podría decirse de las fotografías al colodión húmedo de
Charles Dodgson, donde lo que sigue encantando no es la fatal impresión del
modelo, sino el pensamiento complejo del que forma parte).
Más moderno en sus lecturas que Rojas, Reyes parte de la escuela
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
7
“«Memoria de colodión», decía con sorna don Alfonso. Memoria privilegiada,
ciertamente. Pero es bien sabido que en el funcionamiento de la capacidad retentiva
entra, en gran parte, la atención. Reyes leía con máxima atención aunque con rapidez
extraordinaria: hojeando un libro recién llegado, pasaba las páginas de modo que
parecía no haber podido leer sino algunas cuantas y salteadas líneas, pero de
repente, levantando la vista, hacía algún comentario que demostraba lo mucho que se
había enterado del contenido, en aquellos minutos que uno creería apenas bastantes
para un menos que superficial ojeo. Yo fui testigo de ello varias veces...” (REYES, A,
2000:245), recordaba su nieta.
!!
!
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francesa (Van Tieghen y Guerard
8
) pero entiende las relaciones que
constituyen el objeto del comparatismo más allá de las relaciones de influencia,
semejanzas y diferencias. Por eso, en “La Antigua Retórica” (1941) pone a la
crítica comparada y a la ciencia de la literatura en relación con la exegética:
Contando con un enorme caudal de experiencia y de materiales, que permiten
sondear las causas humanas más allá de los pretextos históricos a la vista, y
pasear por los dominios de la critica la antorcha de la “literatura comparada”,
los tiempos modernos han podido dar a la exegética un desarrollo enorme. En
ella deben conciliarse tres grupos metódicos, sin cuyo concierto no se logra la
verdadera operación cientifica: métodos históricos, métodos psicológicos y
métodos estilisticos. Sólo su integración puede aspirar a la categoria de
ciencia. (356)
y piensa el espacio adecuado al comparatismo como una línea de sutura entre
dos culturas, o la falla entre dos placas tectónicas, es decir, como la zona de
contacto, contaminación o transculturación:
Y cuando Roma se estremece al contacto del genio griego, por fin aparece
entre los latinos cierto espiritu de confrontación entre el modelo y la copia,
germen latente, vago y lejano del “comparatismo”; el cual ha de florecer ya casi
a nuestros ojos desbaratando las fronteras, lenguas, épocas y regiones
artificialmente impuestas al espiritu, y fecundizando la critica en proporciones
nunca igualadas. Inútil decirlo: no hay que confundir el método de la literatura
comparada con la miserable caza de plagios o con los odiosos “paralelos” que
han sido un tiempo la mania de los dómines. (358)
La exégesis (ἐξήγησις, de ἐξηγεοµαι, explicar) fija la palabra de los
dioses lo que significa que no sólo establece el sentido y fija el texto sino que
formula su valor performativo. Se opone a eiségesis (“insertar las
interpretaciones personales en un texto dado”). De modo que la exégesis se
propone como una forma del relevamiento filológico, mientras que la eiségesis
es más bien subjetiva y supone la investigación estilística. Pero, además, el
“estremecimiento” equivale al pequeño seísmo que ocurre cuando dos culturas
se tocan (la romana y la griega pero también, podría decirse: la española y la
americana).
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
8
“El término ha sido usado con cierta latitud, y se ha precisado poco a poco. Asi, la
Comparative Literature (1886), de Macaulay Posnett no era sino una “sintesis de
historia literaria sumergida en la historia de la humanidad”. El viejo libro de Frédéric
Loliée, Histoire des Littératures Comparées des origines au XXe siècle, correspondia
más bien al concepto de la “Literatura mundial”. La nueva obra de Paul van Tieghem,
La Littérature Comparée, corresponde ya a la noción depurada” (Reyes, A, 1941 :321)
.
!!
!
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Lo que se deja leer en el deseo de desbaratar “las fronteras, lenguas,
épocas y regiones artificialmente impuestas al espíritu”. En esta imposición al
espíritu, lo que se deja leer una vez más es la renunencia a las clasificaciones
históricas, identitarias, lingüísticas:
Las técnicas de la Literatura Comparada, de desarrollo reciente y tan fecundo
que necesitarian explicación aparte, completan provechosamente el método
histórico, devolviendo a las corrientes literarias su vasta y constante circulación
por encima de épocas, naciones y lenguas. (1945: 241)
Vemos que Alfonso Reyes (como Aby Warburg, como Benjamin, como
Ricardo Rojas) se inclina más bien por una comprensión de la literatura como
fuerza (o si prefiere: potencia). Esa fuerza o potencia opera aquí y allá según
una lógica que no es ni la de la lengua, ni la de la época, ni la de la región. Es
una fuerza o potencia de desclasificación.
Pero, además, al citar a Roma y su relación con las ciudades griegas, de
lo que se trata es del Imperio. Ese “germen latente, vago y lejano del
comparatismo” debe situarse en relación con la problemática del Imperio.
Finalmente, es la mirada imperial la que permite la construcción de un campo
operacional que no compara el propio ser con un ser otro sino que declara que
el otro ser no tiene entidad suficiente para alcanzar el mismo estatuto que éste,
del que participo. Pero, entonces, el rótulo “literaturas eslavas”, o el rótulo
“literaturas latinoamericanas” o el rótulo “literaturas indígenas” no son menos
vulnerables a la objeción contra las categorizaciones artificial que Reyes
sostiene a lo largo de su obra.
En “Orígenes de la obra literaria” (1944), Reyes establece una
contradicción irreductible entre el polo autóctono y el cosmopolita:
Literatura independiente o autóctona. () Lo independiente se refiere a la
relación entre uno y otro pueblo. Lo autóctono, a la relación entre un pueblo y
un territorio. Lo independiente se contrasta, por su aislamiento, con lo
cosmopolita y lo colonial. Lo autóctono se contrasta con lo importado. (..) Ya
dijimos que lo autóctono no es necesariamente primitivo, aunque puede serlo.
La antiguedad griega es autóctona y no es primitiva.
Literatura cosmopolita o en cultura. El ejemplo más vivo lo dan las literaturas
europeas, bajo el manto de la literatura latina. El latin determina en ellas una
propagación de la literatura como agencia ancilar, para fines intelectuales, o
literatura “seria”, y al cabo influye en las agencias de celebración y de
esparcimiento. El fenómeno comienza por ser una colonización literaria y
acaba por determinar un semillero de literaturas en cultura. Su estudio es el
campo principal de la literatura comparada, aunque ésta también se aplica a
otros conceptos (OC, XV: 483-484)
!!
!
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Reyes (a quien siempre se le reprochó que haya prestado más atención
a los griegos que a los aztecas) no lo dice explícitamente, pero tal vez no haya
forma de pensar lo específico latinoamericano o novomundano como el efecto
(variable históricamente) de esa contradicción irreductible entre lo autóctono
(relación con le territorio), lo independiente (relación con la otra cultura) y lo
cosmopolita (o “colonial”).
En el mapa de la repercusión de esas contradicciones se encontrarán
“las grandes arterias de lo que se ha dado en llamar la Literatura Comparada:
cortes transversales en los motivos literarios que atraviesan las fronteras y
trazan niveles mentales e imaginativos entre los pueblos y las lenguas”. (1940:
29). Ser americano es ser irremediablemente extranjero y, por lo tanto, en la
perspectiva de Reyes, fatalmente comparatista
9
.
No se entiende (y Reyes es el primero en no entenderlo) cómo la
literatura latinoamericana pudo prescindir durante tanto tiempo del
comparatismo como técnica analítica o ética de lectura. Tal vez por la influencia
de lo “hispanoamericano” que, asociado a una (falsa) unidad lingüística, creó la
ilusión de una literatura supra-nacional y, al mismo tiempo, la ilusión de la
plenitud nacionalitaria, no desgarrada internamente por su propias
contradicciones.
En “La vida y la obra” (1940a), Reyes establece una correlación entre
vida y obra que, más allá de las determinaciones, permite considerar la
literatura (y los estudios literarios) como algo vivo, como un continuo donde
vida y obra forman parte de un mismo agenciamiento: “En suma, que entre la
vida y la obra se producen transmutaciones tan imprevistas como las de los
sueños” (264). El comparatismo cuyas características Reyes quiere sostener
desdeña los paralelismos, las semejanzas y las influencias, porque de lo que
allí se trata es de una investigación que se sitúa en el nivel “mental e
imaginativo de los pueblos”, la concienca viva de una propagación:
Goethe se libra en el Werther de la epidemia del suicidio, por una de aquellas
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
9
“¿Podria asegurarse igualmente que el afán de deshacer un “complejo de meteco”
llevó a los criticos Baldensperger y Van Tieghem, franceses de apellido extranjero, a
realzar el valor y conveniencia de las influencias internacionales en las literaturas, a
levantarse con el magisterio de la Literatura Comparada?” (1941: 264)
!!
!
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descargas teóricas que son el secreto de su balanza: se libra él de la epidemia,
sí; pero sucede que el Werther la propaga. (264)
En lugar del demonio de la influencia (es decir, en lugar del mito de
origen y de la génesis paterna), Reyes coloca a la “Influenza” y somete lo
literario, a diferencia de Ricardo Rojas, a la lógica del contagio y de la
contaminación.
3. El espacio americano
El azar y la coacción pusieron delante de mis ojos dos fotografías muy
famosas que, vistas en serie, me robaron horas de sueño. En una se ve a Alice
Liddel, la niña que fotografió el artista prerrafaelista aficionado al colodión
húmedo que había elegido Reyes para caracterizar su prodigiosa memoria,
Charles Lutwidge Dodgson.
Pero Alice está vieja, sentada en un sillón, y la niña victoriana que
alguna vez posó para Dogson disfrazada de mendiga (es decir, de personaje
de Dickens), está ahora disfrazada de Alicia, el personaje de Lewis Carroll. Se
la ve muy anciana, y su mirada, fija en la cámara, está sin embargo muy
orientada hacia adentro. Pero “adentro” no es exactamente un pozo de
interioridad ciega, sino un efecto de superficie que se deduce de la relajación
de su cuerpo, que parece blando, y el sombrero adornado con unas estilizadas
orejas de conejo que luce en la fotografía. La foto es en blanco y negro, pero
estoy seguro de que el vestido que Alice viste es rojo, moteado de lunares
blancos, como la seta cuyas propiedades sobre los cuerpos la oruga le
describe a Alicia, en el país de las maravillas. Si toda obra es un resto de vida,
porque es una experiencia, pero además porque en ella una chispa vital
todavía se agita, es como si para ese resto de vida que la foto nos regala no
hubiera otra forma de sobreponerse a la muerte que la conversión del pozo
inmemorial de la conciencia en exterioridad pura, en inmanencia absoluta, en
traje: hacia el fin de sus días, Alice Liddel se volvió esa niña victoriana que
Lewis Carroll había regalado al repertorio de figuras del mundo.
La otra foto muestra a Pedro Henríquez Ureña (29 de junio de 1884-11
de mayo de 1946) antes de cumplir treinta años, como un joven de una belleza
!!
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irresistible que la época (con la excepción de Salvador Novo
10
) fue incapaz de
comprender y que habría de perder en su madurez. Jorge Borges se refirió a
esa belleza que emana de la fotografía que describo, cuando señaló que:
era un hombre tímido y creo que muchos países fueron injustos con él. En
España lo consideraban, pero como indiano; un mero caribeño. Y aquí en
Buenos Aires, creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser, quizás
mulato; el ser ciertamente judío. (Borges J.L, 1972: 133)
Había nacido, como sabemos, el 29 de junio de 1884 en Santo
Domingo, bajo el régimen dictatorial de Ulises Heureaux (Lilís), que apresuró la
integración dominicana al capitalismo mundial, había pasado brevemente por
Cap-Haitien, después de la muerte de su madre, donde aprendió francés y
piano, había trabajado en los Estados Unidos como tenedor de libros. Había
publicado en 1905 su primera obra, Ensayos críticos, en La Habana, donde
vivió antes de pasar a México. Había sido testigo de la Revolución Mexicana
(entre 1906 y 1913 estuvo en aquel país, donde, entre otras cosas, se dedicó a
leer a los clásicos griegos en el antipositivista Ateneo de la Juventud, junto con
Alfonso Reyes) y había dado clases en los Estados Unidos (entre 1915 y
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
10
En sus Memorias, Salvador Novo recuerda el encuentro con Pedro Henríquez
Ureña: “Un día me hallaba parado a la puerta de Leyes cuando llegó, entró, un tipo
que obviamente no era estudiante. Moreno, negroide, vestido de negro. Cruzamos una
mirada rápida y lo seguí, intrigado, adentro de la Escuela. Entró en un salón al que al
rato llegaron muchos estudiantes yanquis. Se sentaron. El individuo empezó a dar una
clase de literatura mexicana, hablaba de Sor Juana, y mientras lo hacía con voz
pastosa y lenta, no dejaba de mirarme, sentado en la última fila. Hizo una pregunta:
«¿Qué es glosa?». Sus alumnos callaban. «Algún estudiante, aunque no sea de la
clase -dijo-; usted...». Contesté, sonrió, terminó su clase. A la salida lo aguardé
intrigado. Era Pedro Henríquez Ureña (). Me espetaba preguntas desconcertantes:
«¿Por qué no se hace usted filólogo?». (Barrera, R., 1999:96). Vuelto de su viaje a
Sudamérica en 1922, Pedro fue informado por sus otros alumnos de la “inmoralidad”
de Salvador Novo, que había debido tomar consulta médica (Dr. Voiers, “especialista
en hemorroides y en otros deterioros traseros”), y lo convocó a su despacho. “Con mil
rodeos, fue orillándome a una confesión -que yo ardía en deseos de hacerle-. Estaba
más nervioso que nunca. Parpadeaban sus ojos negrísimos y pequeños, aclaraba su
garganta, movía los dedos de los pies dentro del calzado. Por fin: ¿lo haría usted
conmigo? Y se me acercó como si esperara un beso. () «Sí -dije, si usted quiere...».
-Pues eso está muy mal -replicó apartándose, conteniéndose, volviendo a su gran
escritorio de cortina-. Es un acto sucio e indebido. Ciertamente, puede darse el caso
de una atracción entre dos hombres, el impulso de besarse. En la Universidad en que
yo enseñaba en Estados Unidos, un muchacho muy bello se impresionó conmigo.
Conversábamos como con usted. Y un día «I feel like kissing you», me dijo. Y yo: «Go
ahead». Y me besó aquí, en la mejilla. Pero está mal. No debe ser”. (104)
!!
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1916), donde además se doctoró (en Minnesota) con una tesis que le prologó
Ramón Menéndez Pidal cuando la publicó bajo el título de Versificación
irregular de la poesía castellana. Había vuelto a México, donde participó
activamente de las políticas de José de Vasconcelos, y donde llegó a ocupar el
cargo de director general de Enseñanza Pública de Puebla.
Siete años después de esa foto, el joven Pedro se radicaría en Argentina
hasta su muerte. La afirmación de su pose (con los brazos cruzados, su mano
derecha apoyada con firmeza en su brazo izquierdo), la barbilla dibujada con
determinación y delicadeza, la boca bien delineada pero distendida, la mirada
serena y penetrante
11
, las orejas desplegadas como grandes radares
dispuestos a la escucha, el pelo crespo apenas dominado por evidentes capas
de fijador y el traje impecable (que contrasta con otros atuendos juveniles) nos
llegan desde el fondo de los tiempos para decirnos lo mismo que las primeras
palabras de su primer libro publicado en Buenos Aires, Seis ensayos en busca
de nuestra expresión (1928
12
): “Haré grandes cosas: lo que son no lo sé”
(1928: 5).
Casi setenta años después de su muerte (desdichada y súbita
13
),
sabemos lo que Don Pedro hizo
14
. Sin embargo, conviene detenerse en lo que
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
11
Su alumno Enrique Anderson Imbert lo describe así: “Tenía una rotunda voz de bajo,
tenía unos ojos muy negros que sin esfuerzo lo veían todo, tenía una sonrisa irónica y
dulce con la que nos dirigía... Sobre todo nos enseñó a ser justos” (ANDERSON IMBERT,
E, 1954: s/d).
12
Buenos Aires, editorial Babel, 1928
13
Max Henríquez Ureña, hermano de Pedro, escribió sobre esa muerte repentina:
“Apresuradamente se encaminó a la Estación de FF.CC. que lo conduciría a La Plata.
Llegó al andén cuando el tren arrancaba y corrió para subir. Lo logró. Un compañero,
el profesor Cortina, le hizo señas de un asiento vacío a su lado. Cuando iba a
ocuparlo, se desplomó sobre él. Inquieto, Cortina al oír estertores, lo sacudió. No
obtuvo respuesta, dando la voz de alarma. Un profesor de Medicina que iba en el tren,
lo examinó y, con gesto de impotencia, diagnosticó el óbito”. En «El sueño de Pedro
Henríquez Ureña» incluido en El oro de los tigres (1972:133), Jorge Borges poetizó la
muerte de su amigo.
14
Distanciado de José Vasconcelos y perdido su cargo en el Instituto de Intercambio
Universitario de México, recién casado y con su mujer embarazada, Henríquez Ureña
le pidió a su amigo Rafael Alberto Arrieta que le buscara trabajo en Argentina. Arrieta
formaba parte del Consejo Superior de la Universidad de La Plata, de la que dependía
un colegio secundario Rafael Hernández donde Henríquez Ureña podría dar varios
cursos (y donde Ernesto Sábato lo tuvo como su profesor). Pedro, casado con una
joven mexicana veinte años menor que él, esperó que naciera su hija y se embarcó
con su familia hacia Buenos Aires. Se instaló con su familia en una pensión de la calle
!!
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Pedro Henríquez Ureña pensaba cuando llegó a Buenos Aires, en 1924 y que
los subtítulos de “El descontento y la promesa”, aquella conferencia de 1926,
permiten desplegar en relación con esa pose fotográfica que aniquila a su vez
el tiempo positivo y nos alcanza
15
.
Der liebe Gott steckt im Detail
16
(“El buen Dios vive en el detalle”)
enseñaba Aby Warburg a sus alumnos, cuando pretendía explicar la sobrevida de
las imágenes (Nachleben) más allá de las culturas, a través de las eras,
proponiendo una imagen del tiempo diferente de toda acumulación y de todo
progreso (en un más allá de la causalidad historicista) que coincide con la
concepción lezamiana de la imagen americana
17
.
Erich Auerbach, cuando tuvo que exponer su método comparatista,
renunció, del mismo modo que Alfonso Reyes, al positivismo: “el estudio de la
realidad mundial por medio de métodos científicos”, señala en “Filología de la
Weltliteratur”, “es nuestro mito, toda vez que no tenemos ningún otro dotado de
valor general” (1969:4). La Historia, en su perspectiva (como en la de Ricardo
Rojas) no sólo toma como objeto el pasado, sino también el “presente vivido”, que
incluye todas las potencias del ser: “toda la variedad de extremos de que es
capaz nuestro ser” (1969: 14).
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Bernardo de Irigoyen. En La Plata conoció al filósofo socialista Alejandro Korn, con
quien fundaría la Universidad Popular Alejandro Korn, a Ezequiel Martínez Estrada
(quien diría su responso fúnebre), a José Luis Romero, a Raimundo Lida y, por fin, a
Amado Alonso, quien invitará a Pedro Henriquez Ureña a integrarse al recién fundado
Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Buenos Aires, al
mismo tiempo que Pedro se hace cargo de una cátedra en el Instituto Nacional del
Profesorado “Joaquín V. González”, donde será maestro de Ana María Barrenechea,
entre tantos otros. Dirigió colecciones para editorial Losada en Buenos Aires y para el
Fondo de Cultura Económica, en México. Colaboró con la revista Sur (donde destacó,
por primera vez, la singularidad de la obra de Borges, en 1942), que le dedicará un
número especial (el 141, en 1946) como homenaje después de su muerte.
15
Los subtítulos son “La independencia literaria”, “Tradición y rebelión”, “El problema
del idioma”, “Las fórmulas del americanismos”, “El afán europeizante”, “La energía
nativa”, “El ansia de perfección”, “El futuro”.
16
Es el título de su seminario de 1925, inspirado en el dictum flaubertiano “le bon dieu
est dans le detail”.
17
Y también pensaba Warburg que “Gott ist in uns” (“Dios está en nosotros”), por la
vía del trabajo cotidiano entendido como “oficio divino”. Cfr. Bôhme 1997: 9. Para
Lezama Lima, “Las culturas van hacia su ruina, pero después de la ruina vuelven a
vivir por la imagen” (1972: 462). La cultura (dispositivo de clasificación) se opone a la
imagen, la imaginación, lo imaginario (potencia de desclasificación). La imagen es una
forma de vida cuya fuerza radica en “avivar”, dar vida (“aviva las pavesas del espíritu
de las ruinas”).
!!
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Auerbach también se inclina por el detalle. ¿Cuál es su modelo? Curtius.
¿Y su paradigma?: la estilística. Los puntos de partida del análisis, piensa
Auerbach, pueden ser variables, pero “un buen punto de partida” reside en su
concretud y precisión y, al mismo tiempo, en su capacidad de irradiación: “Hay
que hacer hablar a las cosas, lo que no será posible si el punto de partida no
estuviera desde siempre concreto y bien delimitado” porque, también en su
perspectiva, el buen Dios vive en el detalle
18
.
Para Ernst Robert Curtius, cuando aislamos y denominamos un
fenómeno literario, obtenemos un punto. Después de decenas o centenas de
análisis semejantes, habremos obtenido una colección de puntos, que unidos
por líneas, resultan figuras
19
.
Hace muy poco, Werner Hamacher asoció la filología del detalle (es decir:
la filología a secas) con un efecto de “pausado del lenguaje” (2011:20). Así como
Warburg reivindicaba la contracción temporo-espacial propia del detalle como
unidad analítica (no es que el pasado sea un antiguo presente que ha dejado de
existir, sino todo lo contrario: es la profundidad propia del tiempo, de la que
depende el propio presente para pasar a la existencia), para Hamacher
El hecho de que la filología se ocupe del detalle, de los detalles de un detalle, de
los intermundos entre estos detalles, lentifica su movimiento en el lenguaje y en
el mundo. Su lentitud no tiene medida. Como lupa del tiempo dilata el momento y
deja que se mantengan saltos que no pertenecen al tiempo cronométrico. Un
mundo sin tiempo, un lenguaje sin tiempo: esto es el mundo, el lenguaje, como
es: completo, sin estar ahí, precisamente éste, completamente distinto. (2011:24)
Si me demoré en la contrastación de dos fotografías sin tiempo (o en las
cuales el tiempo se ha detenido, se ha anticipado a sí mismo, o ha vuelto sobre
sus pasos) fue precisamente para subrayar este anacronismo o acronismo
propio de la filología, que “busca del futuro lo que falta del pasado” (2011:24), y
que nada o poco tiene que ver con el anacronismo de La república mundial de
las letras. Es más bien, como dice Pedro Henríquez Ureña, una “flecha de
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
18
“Filología de la Weltliteratur” fue publicado originalmente en 1952 en alemán y
republicado en The Centennial Review, en 1969 con la traducción al inglés de Maire y
Edward Said, quienes explican por qué no traducen Weltliteratur.
19
Curtius, Ernst Robert. Literatura europea y Edad Media latina. Traducción de Margit
Frenk y Antonio Alatorre. México, D.F., 1955, p. 400. Para la concepción
auerbachiana, cfr. Figura. Traducción de Yolanda García. Madrid, Trotta, 1998.
!!
!
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anhelo”.
Quienes hayan visto la edición castellana del libro de Werner Hamacher
que he citado, habrán notado que el texto comienza en la tapa, que no
funciona, por lo tanto, como un límite, sino como un umbral entre el adentro y el
afuera. Al mismo tiempo que suspende el tiempo, la filología (que es una
relación amorosa), suspende toda topología de la distancia. Podríamos decirlo
con Hamacher:
La poesía es la Primera Filología. Toda filología, lo sepa o no, se mide en su
disponibilidad de apertura a los mundos, en su disponibilidad de apertura a
este mundo y a cualquier otro mundo posible o imposible, en su distancia y su
atención, en su susceptibilidad y receptividad (2011:5)
pero preferimos subrayarlo a partir del magisterio de Pedro Henríquez Ureña,
para quien "el arte empieza donde acaba la gramática", que es como seguir el
mismo pliegue y la misma irradiación.
Hay en la obra de Pedro Henríquez Ureña, pues, un pensamiento y una
chispa de vida, y elegí un instante inmemorial (una imagen) para desplegar las
figuras de ese pensamiento. Lo más transitado es la relación (filológica) entre
gramática y literatura, de lo cual es un testimonio el proyecto que llevó adelante
con Amado Alonso, la Gramática Castellana (1938-1939)
20
. Esta lleva más de
cincuenta ediciones y sigue siendo utilizada en muchas escuelas del
continente
21
, anticipado por sus manuales para escuela primaria de 1927
22
.
Menos atención se ha prestado a las tensiones que la obra de
Henríquez Ureña plantea en relación con el latinoamericanismo, los estudios
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
20
Amado Alonso invitó a Pedro Henríquez Ureña a integrarse al Instituto de Filología
del cual fue su cuarto director (a partir de 1927), donde trabajaron en un mismo
escritorio. El Instituto había sido inaugurado en 1923 a instancias de Ricardo Roja,
para promover la investigación en filología general, romance, americana e indígena y
sus primeros directores fueron, por períodos breves: Américo Castro (1923), Agustín
Millares Carlo (1924) y Manuel de Montoliu (1925).
21
La estrecha vinculación entre gramática y literatura se mantuvo en los discípulos de
Pedro Henríquez Ureña y Amado Alonso, ejemplarmente en Ana María Barrenechea,
quien dictó al mismo tiempo en la Facultad de Filosofía y Letras “Gramática” e
“Introduccn a la Literatura” (hasta 1966) y cuyos aportes fueron decisivos tanto para
en el campo de la lingüística como en el de la crítica y la teoría literaria, y en Mabel
Manacorda de Rosetti.
22
El libro del idioma. Lectura, gramática, comoposición, vocabulario, destinado a los
alumnos de y grado de las escuelas primarias, en colaboración con Narciso
Binayán.
!!
!
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comparados, la filología y la Weltliteratur. Muy tempranamente descartó los
estudios nacionalitarios en literatura, y verificaba que el árbol (e, incluso, el
régimen arborescente) no dejaba ver el bosque:
La literatura de la América española tiene cuatro siglos de existencia, y hasta
ahora los dos únicos intentos de escribir su historia completa se han realizado
en idiomas extranjeros: uno, hace cerca de diez años, en inglés (Coester);
otro, muy reciente, en alemán (Wagner). Está repitiéndose, para la América
española, el caso de España ().
Emprendemos estudios parciales; la literatura colonial de Chile, la poesía en
México, la historia en el Perú... Llegamos a abarcar países enteros, y el
Uruguay cuenta con siete volúmenes de Roxlo, la Argentina con cuatro de
Rojas (¡ocho en la nueva edición!). El ensayo de conjunto se lo dejamos a
Coester y a Wagner. Ni siquiera lo hemos realizado como simple sumatoria de
historias parciales. (1927:15-6),
El descontento, escrito en “Caminos de nuestra historia literaria” señala
la distancia respecto del vitalismo nacionalista de Ricardo Rojas y exhibe un
aire de familia con el vitalismo de Alfonso Reyes. El “criollismo cerrado”, el
“afán nacionalista”, en la perspectiva de Henríquez Ureña, no es sino un
“multiforme delirio en que coinciden hombres y mujeres hasta de bandos
enemigos” y es la ruina de un proyecto de integración continental, que en su
perspectiva no es sólo literario, sino también político (1978:78).
Ya mucho antes de la definitiva integración de América latina al
mercado mundial con el Centenario (es decir, con la “formación de las
literaturas nacionales” en el sentido que puede deducirse para ese proceso del
apartado anterior), una entidad como la “literatura novomundana” solo pudo
entenderse en relación con procesos y formaciones que afectan en principio a
otros mundos. Por eso mismo, la tradición crítica latinoamericana ha incurrido
fatalmente en el ejercicio de una comparatística ad hoc, en cuyo recorrido es
posible rastrear, previamente incluso al encuentro de Henríquez Ureña con la
corriente norteamericana de la Comparative Literature, las marcas de un
diálogo cultural, en el que literatura, filosofía y antropología se mezclan (porque
de lo que se trata es de dar cuenta no de la letra muerta sino de lo que en ella
vive todavía), tal y como Henríquez Ureña conoció por el magisterio de Alfonso
Reyes que él mismo había enriquecido a su paso por México.
En sus formulaciones más recientes, sin embargo, el
latinoamericanismo no ha conseguido desembarazarse de la dialéctica de
!!
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centro/ periferia en virtud de su anclaje en el historicismo teleológico. Esto ha
convertido a la experiencia latinoamericana de estos últimos siglos en un
“trauma deficitario” (Rosetti, M., 2013: sp). Así América Latina es un “proyecto
incompleto”, del que emergen “culturas híbridas”, y que se puede identificar
como el resultado de una “modernidad periférica” o “desencontrada”, todo
aquello contra lo cual Pedro Henríquez Ureña levantó un edificio defensivo.
Por eso el maestro vacila (filológicamente) ante el nombre de aquello
que, en última instancia, no tiene nombre, ni puede tenerlo: ¿América?
¿América hispánica? ¿Nuestra América? “El nombre no tiene nombre. Por eso
es innombrable (Dionisio. Maimónides, Beckett)”, recuerda Werner Hamacher
oponiendo las imágenes de la exegética (el punto de partida de Alfonso
Reyes) y de la filología profana
23
. Por cierto, la filología en la que está
pensando Hamacher no es la teología negativa que podría suponerse de su
mención a Dionisio, sino radicalmente ateológica.
El joven Pedro, mucho antes de la fotografía que anuncia las grandes
cosas que hará, aunque no sepa todavía cuáles son, había publicado en 1916,
en Nueva York, un extraño “ensayo de tragedia antigua”, arqueológicamente
reconstruida, titulada El Nacimiento de Dionisos, en cuyo final, aunque se trate
de otro Dionisio, se lee ya la imposibilidad (o la multiplicidad) del nombre:
DIONISOS.
Épodo. ¡Io! ¡Io! Yo os guiaré a los bosques sacros, poblados de espíritus
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
23
Y continúa: Dos posibilidades extremas de la filología: la filología es una vida, que
se lleva a cabo como deletreo del nombre y que no puede ser acertada por ninguna
denominación. Así se vuelve sagrada y un asunto de teología viva O bien: el lenguaje
es tratado como lenguaje proposicional que en ninguno de sus elementos toca el
nombre porque cada uno de esos elementos se disuelve en proposiciones La filología
de las proposiciones tiene la pretensión de ser profana. Debido a que sobre la vida se
puede hablar con nombres y no con denominaciones hay que callar acerca de ella.
Debido a que la filología profana no conoce nombres, sino un juego infinito de
proposiciones no tiene para decir nada esencial o sobreesencial. Es comun a las dos
filologias que no puedan decir nada sobre su no- decir. Para otra filología que no
transige con la oposición entre lo teológico y lo profano, lo resta: decir justamente
este no-decir. O ¿deberia suceder exactamente esto ya en ambos? Entonces la
teología ejercería en extremo la profanación integral, la filología profana practicaría la
teologización del lenguaje y ambas lo harían en cuanto articulan en el anonimato del
nombre un atheos y un alogos. A esa otra filología le correspondería precisamente
hacer esto mas claro de lo que pueden preferir las dos primeras”. (2011: 19)
!!
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amables, vida del mundo verde; respiraréis los hondos aromas, y domaréis los
seres salvajes, y yo os daré el agua de mis fuentes y la miel de mis panales y
la sangre de mi cuerpo.
CORO. Te cantaré siempre, me uniré a tus cortejos, y me poseerá tu delirio,
dios de mil nombres, dios de mil coronas. A Dionisos los himnos exaltados, las
antorchas fulgurantes. ¡lo Pean, Io Pean ! A Dionisos los sacrificios ardientes,
las danzas vertiginosas. ¡Evohé, Evohé! (1916: 45)
24
Como se comprende, el vitalismo de Henríquez Ureña (como el de
Alfonso Reyes, muy de otro tipo que el de Ricardo Rojas) apela al
“establecimiento de un culto” y, por lo tanto, de una comunidad, pero su modelo
es antes griego (es decir: la confederación de ciudades) que oriental o romano
(es decir: estatalista, imperial, autoritario).
El modelo griego vuelve como un ritornello a lo largo de toda su obra:
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
24
En la “Justificación” de ese ejercicio injustificable se lee: En este ensayo de tragedia
antigua se ha tratado de imitar la forma trágica en uso durante el período
inmediatamente anterior a Esquilo: la forma que, según las noticias llegadas hasta
nosotros, empleó el poeta Frínico, y cuyas características son el predominio absoluto
del coro y la intervención de un solo actor en cada episodio. No se ha omitido ninguna
de las partes esenciales de la tragedia griega: el PARODOS, la entrada del coro; los
EPISODIOS, que contienen la acción (forma primitiva de nuestros Actos); los
STASIMA, cantos del coro que separan los episodios; en cuanto al ÉXODO, el final,
he adoptado, no la forma en uso desde Esquilo, en la que se desechaba generalmente
la forma lírica en favor de la dialogada, sino una de las formas primitivas, que subsiste
todavía, por ejemplo, en Los Persas del propio Esquilo: las voces alternas del coro y el
actor. He introducido también el COMMOS, lamento alternado del coro y el actor, parte
no imprescindible, pero tan usual que cabe llamarla característica de la tragedia
griega.
Si este ensayo en un género esencialmente poético no está escrito en verso,
débese a la dificultad de emplear metros castellanos que sugieran las formas poéticas
de los griegos. He preferido la prosa, ateniéndome al ejemplo de muchos insignes
traductores de las tragedias clásicas, uno de ellos no menor poeta que Leconte de
Lisle. Con relación a las estrofas, antistrofas y epodos, debo recordar, a quienes
juzguen absurdas las estrofas en prosa, que estas palabras significaban
originariamente los movimientos del coro. En el lenguaje, he tratado de seguir
principalmente las formas de los trágicos, conservando, entre otros detalles, el uso
variable (arbitrario en apariencia, pero psicológico en realidad) de singular y plural en
el coro.
Si mi ensayo de tragedia no corresponde a la concepción moderna del conflicto
trágico, no altera la concepción griega: como desenlaces sin desastre, y a veces
jubilosos, recuérdense los de Las suplicantes y Las Euménides de Esquilo, el Edipo en
Colona y el Filoctetes de Sófocles, el Ion, la Helena, la Ifigenia en Táurida y la
Alcestes de Eurípides. El desenlace de muchas tragedias griegas era el
establecimiento de un culto: el de las Euménides en Atenas, por ejemplo”. (1916: 5-7)
!!
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La unidad de su historia, la unidad de propósito en la vida política y en la
intelectual, hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una
agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más. Si
conserváramos aquella infantil audacia con que nuestros antepasados
llamaban Atenas a cualquier ciudad de América, no vacilaría yo en
compararnos con los pueblos, políticamente disgregados pero espiritualmente
unidos, de la Grecia clásica y la Italia del Renacimiento. Pero sí me atreveré a
compararnos con ellos para que aprendamos, de su ejemplo, que la desunión
es el desastre. (1925:11)
En uno de sus momentos de mayor decepción, dijo Bolívar que si fuera
posible para los pueblos volver al caos, los de la América Latina volverían a
él. El temor no era vano: los investigadores de la historia nos dicen hoy que el
Africa central pasó, y en tiempos no muy remotos, de la vida social
organizada, de la civilización creadora, a la disolución en que hoy la
conocemos y en que ha sido presa fácil de la codicia ajena: el puente fue la
gran guerra incesante. (1978:6)
Por eso, ensayó varias denominaciones para la “Magna Patria” en la
que pensaba como destino de las naciones novomundanas, muy fuertemente
anclado a las figuras soñadas por José Martí, que había llamado “hermano” a
Federico Henríquez y Carvajal, tío de Pedro. De hecho, habla de “Utopía de
América” y de “Expresión americana”, en un primer momento. “Repúblicas
cisatlánticas” es el desesperado rótulo que aplica en “Raza y cultura” (1934:17)
a los países novomundanos.
Es que para él es claro que América no es el resultado de un dilema sino
el resultado de una posición trilemática, como bien ha reconocido Sergio Pitol:
Es verosímil pensar que Pedro, al principio, engañó su nostalgia de la tierra
dominicana suponiéndola una provincia de una patria mayor. Con el tiempo, las
verdaderas y secretas afinidades que las repúblicas del Continente le revelaron
fortalecieron su sospecha. Alguna vez tuvo que oponer las dos Américas, la
sajona y la hispánica, al viejo mundo; otras, las repúblicas americanas y
España, a la República anglosajona del Norte. (2001)
En esa problemática postulación de un espacio literario americano,
Henríquez Ureña coincide con otro “negrito”, Mariano Picón Salas, para quien
la triangulación amplía las perspectivas atadas a las polarizaciones, deshace
los dualismos, enriquece las comparaciones (“quien carece de punto de
comparación ni siquiera ve lo próximo”, [Picón Salas, 1947: 4]):
Al igual que, en un proceso de triangulación topográfica, el teodolito (acople de
un círculo horizontal y de un semicírculo vertical graduados, con lentes para
medir án- gulos) permite precisar mejor la geometría del entorno, la obra de
Picón Salas permite entender y correlacionar mejor los diversos enlaces (y/o
bloqueos) entre las culturas europea, hispanoamericana y norteamericana. Los
!!
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caminos graduales y la triadicidad son fundamentales en el empeño de
construir un americanismo integral. (Zalamea, 2007: 343)
Para Picón Salas, como para Ricardo Rojas, Henríquez Ureña y Alfonso
Reyes es imprescindible la inmersión plena del borde heterotópico americano
en la topología de la historia universal. Henríquez Ureña (y no cesaremos de
reprochárselo) llamó “utopía” a la “heterotopía” o ucronía novomundana, que
supone un agenciamiento territorial se profundo alcance, y se relacionó con esa
“creación de nuestros abuelos del Mediterráneo, invención helénica contraria a
los ideales asiáticos que sólo prometen al hombre una vida mejor fuera de esta
vida terrena” (1978:10) por encima de las genealogías, saltando a un pasado
absoluto en el cual creía leer nuestro único futuro posible, oponiendo el umbral
ciudad como forma de organización política, contra el umbral Estado, y
fundamentando en las diferencias cualitativas de esos umbrales, un modo de
pensar la autoctonía como potencia, el comparativismo como horizonte teórico
y la filología como método de articulación entre la letra del texto y la vida.
“Hay que ennoblecer nuevamente la idea clásica”, dijo apenas
desembarcó en Buenos Aires:
La utopía no es vano juego de imaginaciones pueriles: es una de las magnas
creaciones espirituales del Mediterráneo, nuestro gran mar antecesor. El
pueblo griego da al mundo occidental la inquietud del perfeccionamiento
constante. Cuando descubre que el hombre puede individualmente ser mejor
de lo que es y socialmente vivir mejor de como vive, no descansa para
averiguar el secreto de toda mejora, de toda perfección [...]. Mira al pasado, y
crea la historia; mira al futuro, y crea las utopías. (1978: 6)
Pedro Henríquez Ureña trabajaba en las fronteras del pensamiento
positivista
25
y recusó la idea de tiempo positivo, junto con la idea de frontera de
las naciones burguesas y, naturalmente, las genealogías lineales y parentales
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
25
Pedro Henríquez Ureña publica “El positivismo independiente” en la Revista
Moderna de México en agosto de 1909. Allí se lee: “La conferencia final de [Antonio]
Caso fue un alegato en favor de la especulación filosófica. Entre los muros de la
Preparatoria, la vieja escuela positivista, volvió a oírse la voz de la metafísica que
reclama sus derechos inalienables. Si con esta reaparición alcanzara ella algún influjo
sobre la juventud mexicana que aspira a pensar, ese sería el mejor fruto de la labor de
Caso” (2000:325)
!!
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(por eso lo ofendía la hipótesis “andalucista”
26
).
El “principio esperanza” que anima su obra y del cual la Gramática y
Las corrientes literarias son sus monumentos más celebrados, está presente
en sus textos juveniles
27
y podría traducirse, una vez más, en términos de Aby
Warburg: “Atenas y Oraibi son lo mismo”. Y no porque el ejercicio comparativo
aniquile la diferencia entre la aldea hopi y la ciudad mediterránea, o porque la
filología no sea capaz de estremecer hasta el último átomo de lenguaje en su
singularidad reverberante, sino porque en uno y otro caso, el hombre libre
aparece (sólo puede aparecer) como un punto singular “abierto a los cuatro
vientos del espíritu”:
El hombre universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será
descastado: sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su
tierra; su tierra, y no la ajena, le dará el gusto intenso de los sabores nativos, y
ésa será su mejor preparación para gustar de todo lo que tenga sabor genuino,
carácter propio. La universalidad no es el descastamiento: en el mundo de la
utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima,
de la lengua, de las tradiciones; pero todas estas diferencias, en vez de
significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos
de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí
la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos. (1925:7-8)
La autoctonía, como perspectiva analítica, le permite a Henríquez Ureña
producir una síntesis disyuntiva, es decir conservar la heterogeneidad de
aquello que constituye su material analítico:
No se trata de Jouer a l'autochtone. No: lo autóctono, en México, es una
realidad; y lo autóctono no es solamente la raza indígena, con su
formidable dominio sobre todas las actividades del país, la raza de
Morelos y de Juárez, de Altamirano y de Ignacio Ramírez: autóctono es
eso, pero lo es también el carácter peculiar que toda cosa española
asume en México desde los comienzos de la era colonial.(1925:4)
En esa perspectiva, la literatura y el arte no son esferas
autónomas, porque lo que en ellas se juega es propiamente una
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
26
Sobre el problema del andalucismo dialectal de América. Buenos Aires, Biblioteca
de Dialectología Hispanoamericana, 1932, tesis anticipada en varias intervenciones de
la década anterior.
27
“La misma preocupación por lo americano y por sus raíces europeas e indígenas
que apuntaba en los juveniles Ensayos críticos perdura, crece y se ahonda a través de
toda la obra posterior de Henríquez Ureña, hasta madurar en sus magistrales libros
del Instituto de Filología de Buenos Aires sobre la lengua y literatura de México,
América Central y las Antillas.” escrib Raimundo Lida en “Cultura de
Hispanoamérica”, Sur, 141 (Buenos Aires, año XV, julio de 1946). Incluido en Estudios
Hispánicos, México, 1988.
!!
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concepción de lo viviente. Por eso el programa de Henríquez Ureña
todavía nos interpela con su voz casi centenaria:
Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa, si lo único
que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre (y por
desgracia, ésa es hasta ahora nuestra realidad), si no nos decidimos a que
sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos
los climas, no tenemos justificación. Sería preferible dejar desiertas nuestras
pampas si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los
dolores humanos; no los dolores que no alcanzará a evitar nunca, los que son
hijos del amor y la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infingen al
débil y al hambriento. Nuestra América se justificará ante la humanidad del
futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y próspera por los dones de
su naturaleza y por el trabajo de sus hijos, dé el ejemplo de la sociedad donde
se cumple la emancipación del brazo y de la inteligencia... (1925:4)
Ahora creo comprender mejor el llamado de aquella vieja fotografía en
cuyos detalles se dejaba leer no sólo una lógica temporal que a veces se nos
escapa (el ralentamiento propio del detallismo filológico ante la vibración de las
figuras que constituyen -qué digo “constituyen”, que arrastran- nuestra vida, y
la inminencia de un futuro previsto desde el fondo de los tiempos, que es el
tiempo presente de la filología, del agujero del conejo, y del caos del mundo),
sino sobre todo una ética: si “aprender no es sólo aprender a conocer sino
igualmente aprender a hacer” (1925:4)
, que lo que hacemos, como
latinoamericanistas aficionados, está bajo la atenta y amorosa mirada vigilante
de Ricardo Rojas, Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, los maestros en
quienes nos leemos, al leerlos.
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