Gómez. “Ángel Rama” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 5 / diciembre 2018 / pp. 296-312 296 ISSN 2422-5932
ÁNGEL RAMA
Facundo Gómez
Universidad de Buenos Aires
Facundo Gómez es licenciado y profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ha ex-
puesto sus hipótesis sobre literatura argentina y latinoamericana en diferentes publicaciones y en-
cuentros nacionales y regionales. Integra el grupo de investigación UBACyT sobre literaturas com-
paradas de Brasil y Argentina, dirigido por Marcela Croce. Actualmente escribe su tesis de docto-
rado sobre el discurso crítico y la praxis intelectual de Ángel Rama.
Contacto: gomezefacundo@gmail.com
SEMBLANZA
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Leer, traducir
Primera escena de traducción: Hacia fines de la década de 1940,
un joven montevideano, actor aficionado y estudiante de litera-
tura, reescribe Le Mur, un cuento de Jean Paul Sartre, cuyas
lecciones sobre la responsabilidad de los escritores cautivan a
los intelectuales rioplatenses. En la nueva versión, el título de-
viene El preso y la trama es reformulada: el protagonista deja
de ser un combatiente anarquista y se convierte en un profesor
que abandona el círculo letrado para militar en el campo bélico.
El referente histórico tampoco es la Guerra civil española: el re-
lato se ubica en un pequeño país de la América del Sur, despo-
jado de tradición y acaso cultura.
Segunda escena: un reconocido intelectual latinoamericano lee
Selected Essays in language, culture and personality, de Edward Sapir,
y traduce el capítulo Culture, genuine and spurious. Aunque
se torna imposible datar con exactitud el acontecimiento, las
ideas vertidas por el antropólogo sobre la conformación de una
cultura genuina impactan sobremanera en la perspectiva del
autor, quien se desprende paulatinamente de los anclajes socio-
lógicos más doctrinarios y ensaya nuevas lecturas sobre la narra-
tiva latinoamericana, inspirado por una noción dinámica y abar-
cadora de la cultura.
Tercera escena de traducción: años después de asumir un cargo
docente en la Universidad Central de Venezuela, un profesor
exiliado dirige un equipo de colaboradores que traduce la com-
pilación de ensayos críticos Sémiotique narrative et textuelle, de Ro-
land Barthes. El volumen se inicia con una Nota preliminar,
dirigida a profesores de literatura y comunicación de América
Latina, que expresa la necesidad de poner en circulación lo que
se pondera un notable ejemplo de las propuestas metodológicas
del campo de investigación denominado comoestructuralis-
mo. El ánimo divulgativo de la edición subraya las excelentes
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contribuciones de Barthes a los estudios literarios y sus avances
en el campo de la semiótica.
1
Quien procede en estas escenas a traducir el existencialismo de
Sartre en clave uruguaya, el culturalismo de Sapir y los ensayos
de Barthes es Ángel Rama, el crítico uruguayo usualmente re-
presentado como el paradigma del intelectual latinoamericano
de las décadas que siguieron a la Revolución Cubana. A pesar
de que es infrecuente asociar su nombre a la traducción de tex-
tos, lo cierto es que una revisión atenta de su archivo y de su
biografía revela el carácter radicalmente heterodoxo de su pra-
xis, que no se deja encasillar en etiquetas fáciles e incluye un
amplio espectro de tareas y emprendimientos culturales. Tra-
ductor entonces, pero también ensayista, editor, docente, perio-
dista, conferencista y gestor cultural, la figura de Ángel Rama
entraña un proyecto intelectual polimorfo y multifacético, en el
que el latinoamericanismo es a la vez objeto y objetivo, deseo y
aporía, utopía y realización.
Viajar, leer, unir
Nacido en Montevideo en 1926, en un hogar de inmigrantes es-
pañoles, desde su más temprana edad Ángel Rama forma parte
de la llamada generación del 45, el grupo de intelectuales uru-
guayos que se propone desprovincializar la cultura nacional, re-
visar su pasado e importar con urgencia los valores estéticos de
la modernidad occidental. Junto a pares como Emir Rodríguez
Monegal, Mario Benedetti o Idea Vilariño, Ángel Rama se inte-
gra con plenitud a la promoción y encara diversas actividades.
En una generación caracterizada por la sensibilidad cosmopoli-
ta, el trabajo sostenido y la amplitud de miras, Rama se destaca
por la capacidad y la diversidad de sus emprendimientos: Se
sospecha que no duerme nunca, se lee en una nota biográfica
de la época que se instala como su epíteto.
Hacia 1959, Rama asume la dirección de las páginas literarias de
Marcha, el semanario de izquierda que por esos años se había
instalado en la escena cultural y política uruguaya como la tri-
1
La narración de los tres episodios se basa en la lectura del cuento El preso (1947) y en el
prólogo a Semiótica narrativa y textual (1978), mientras que los originales de la traducción de
Sapir fueron hallados en el archivo personal de Ángel Rama, a cargo de su hija Amparo,
quien desarrolla una entusiasta tarea de promoción de la obra de su padre, en cuyo marco se
me permitió indagar los papeles y la biblioteca personal del crítico uruguayo.
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buna intelectual más relevante del país. La coordenada es propi-
cia para vislumbrar nuevos horizontes de lectura y militancia.
Rama lo percibe e imprime una inédita dirección a su proyecto
intelectual, que se dirige por primera vez hacia América Latina
como un espacio de creación literaria, transformación cultural y
convulsión política que merece ser explorado y apropiado. De a
poco se pone en contacto con otros escritores de la región y
constata una flagrante falta de comunicación que se dispone a
enmendar, tal como lo declara Antonio Cândido en un célebre
testimonio sobre su amigo uruguayo:
Era el comienzo de 1960 y me declaró que en adelante haría
todos los esfuerzos para establecer contactos de todo tipo con
los intelectuales de América Latina. Estaba dispuesto a inter-
cambiar correspondencia, libros, hacer reseñas, viajar []
(1993: 14).
En consecuencia, las páginas literarias de Marcha se abren para
la lectura de la literatura latinoamericana, que Rama inicia foca-
lizado primero en la creación propia del Cono Sur, para luego
animarse al análisis de obras de latitudes más lejanas y a la or-
ganización de antologías literarias que reúnen textos de diferen-
tes países, presentadas por notas en las que el crítico subraya
preocupaciones y búsquedas en común en función de dotar de
unidad a las producciones nacionales. Otra pata de su gestión
cultural se apoya en su vínculo con Casa de las Américas, la ins-
titución cubana con la que entra en contacto desde 1961 (Reta-
mar, 1993). Su asociación con Casa es fructífera, ya que le per-
mite mantenerse al día con la política cultural cubana e insertar-
se en el centro de los debates ideológicos más trascendentes de
la época. Su voz se destaca como una interpretación legitimada
ante el ascenso de la novela latinoamericana, a la que le da un
impulso fundamental en 1964 con la coordinación del número
26 especial de Casa, dedicada a los nuevos autores.
En la segunda mitad de la década de 1960, Rama agrega nuevas
facetas a su praxis. Como editor, emprende la publicación de la
Enciclopedia Uruguaya, y desde su editorial Arca saca a la calle
la colección de libros de bolsillo que protagoniza el llamado
boom editorial uruguayo (Torres Torres, 2012). Por otro la-
do, Rama empieza a trabajar como profesor de literatura hispa-
noamericana en la Universidad de la República. Al seno de la
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cátedra, descubre nuevos objetos de estudio, mientras que su
interés por la narrativa del continente gana un mayor rigor me-
todológico. A la vez, el compromiso con Cuba se sella con su
integración al Comité de Colaboración de la revista Casa y se
profundiza en 1966 y 1967 con la cruzada contra la revista Mun-
do Nuevo (Gilman, 2003). El vínculo se interrumpe en 1971 con
el estallido del caso Padilla. En ese momento, escribe una serie
de artículos en Marcha denunciando la pendiente autoritaria del
régimen y un ensayo sobre Norberto Fuentes, que la revista ar-
gentina Los libros se niega a publicar y que resta inédito por su
propia decisión (Rama, 2008a: 194).
2
Su experiencia decisiva de esos años son los viajes que realiza
por América Latina. Rama investiga en Colombia los primeros
pasos de Gabriel García Márquez en la prensa y discute vehe-
mentemente con colegas en Santiago, México y Caracas los sen-
tidos de la novela reciente y del llamado boom latinoameri-
cano. En 1971 se instala como profesor visitante en Puerto Ri-
co, donde descubre la riqueza cultural del Caribe, que lo mara-
villa y pone en contacto con un pensamiento y una literatura
atenta a la diversidad, los intercambios y la heterogeneidad, en
un grado inconcebible para la ciudad letrada montevideana, de-
masiado urbana, blanca y cosmopolita como para percibir y va-
lorar estas inflexiones culturales. Al año siguiente, intenta ate-
rrizar en Bogotá, pero por cuestiones nunca aclaradas se le nie-
ga el permiso y Rama termina por adelantar su estadía en Vene-
zuela.
Mientras trabaja como docente en la Universidad Central, el
triunfo del golpe de Estado uruguayo de 1973 le impide volver
a su país natal y lo obliga a quedarse en Caracas. Ni el exilio
quiebra su fe latinoamericanista ni las sucesivas derrotas de la
izquierda latinoamericana enfrían sus ánimos de integración
continental. Más bien, lo que se corrobora es un cambio, tanto
en su concepción de la literatura y la crítica, como en las estra-
tegias propuestas para unir a los intelectuales de la región. Co-
mo resultado de estas reformulaciones surge, por ejemplo, la
Biblioteca Ayacucho, la monumental colección de clásicos de
las letras y el pensamiento latinoamericano que Ángel Rama
concibe junto al venezolano José Ramón Medina. Rama se
desempeña como su director literario y desde su oficina en Ca-
2
El texto, Norberto Fuentes en la tormenta revolucionaria es finalmente publicado en su
libro Literatura y clase social.
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racas urde una nueva red de colaboraciones que actualiza y co-
necta las lecturas de los clásicos de la literatura latinoamericana.
Más allá de la editorial, el uruguayo escribe allí un conjunto de
ensayos que se colocan entre los más destacados de su legado y
que incluyen sus grandes textos sobre el Rubén Darío, la gau-
chesca, el boom literario o la novela de dictadores.
La vida en Caracas no es un idilio, tal como Rama lo manifiesta
en su Diario 1974-1983 (2008a), donde se refiere en extenso so-
bre las inseguridades y dificultades de su inserción en la escena
cultural venezolana. Lo que omite narrar son sus polémicas in-
tervenciones en la prensa caraqueña, en las que traza un diag-
nóstico impiadoso de los derroches económicos del gobierno y
la mediocridad de su medio intelectual. Los artículos logran su
cometido sobremanera y las respuestas no tardan en llegar, cada
vez más ácidas y vehementes. Cuando el ambiente se torna
irrespirable, el crítico decide aceptar un cargo en la Universidad
de Maryland y se traslada hacia los Estados Unidos en 1979.
En Washington, Ángel Rama emprende nuevas aventuras inte-
lectuales. Lejos de su intransigencia política de la década de
1960, que lo empujó a ver la academia norteamericana como un
dispositivo de cooptación de los escritores latinoamericanos, y
más allá de sus señalamientos acerca de la falta de compromiso
social de los scholars, el uruguayo aprovecha ciertas condiciones
de trabajo que hasta entonces le habían resultado desconocidas.
Gracias a los tesoros bibliográficos de las universidades norte-
americanas, Rama indaga la vida cultural latinoamericana en pe-
ríodos históricos marginados en sus trabajos anteriores, como la
Colonia y la Ilustración. Su corpus de lecturas se diversifica y la
interpretación de la literatura del continente se enriquece con
nuevos diálogos interdisciplinarios y una perspectiva histórica
que encuentra sus primeros rasgos identitarios en el Barroco
novohispánico (Rama, 1983). En simultáneo, el crítico se invo-
lucra plenamente con una propuesta de investigación que le
acerca la profesora chilena Ana Pizarro: la elaboración de una
historia de la literatura latinoamericana desde un enfoque com-
paratista. Además de permitirle gestionar una nueva red intelec-
tual, la oportunidad se presta para la realización de un anhelo
que el crítico arrastra desde sus años montevideanos: el redise-
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ño de una historia literaria del subcontinente que integre áreas
culturales y sistemas nacionales.
3
Aunque participa de la mítica reunión de Campinas,
4
un inci-
dente le impide tomar las riendas del proyecto y marca el peri-
plo final de su biografía: hacia 1982 el Servicio de Inmigración
le niega la renovación de su visa debido a denuncias anónimas
sobre una supuesta militancia comunista. Aunque se organiza
una campaña continental de denuncia ante el atropello, Rama
no logra torcer la voluntad de la política macartista norteameri-
cana. Respaldado por las universidades donde trabaja, se dirige
al que será su último destino: París, ciudad en la que prosigue
sus estudios, sin dejar de asistir a congresos y encuentros de es-
critores. En viaje hacia uno de ellos, su avión se estrella a poco
de despegar del aeropuerto de Madrid. Ángel Rama fallece en el
accidente junto a su esposa, la crítica de artes Marta Traba, y el
resto de la tripulación. Su última ponencia, presentada días an-
tes del fatal despegue, se titulaba La literatura en su marco an-
tropológico e insistía en la necesidad de vincular las letras en
un entramado cultural más vasto, vivo y complejo.
Recomponer, sacudir el archivo
Dos son los libros de Ángel Rama que mayor atención han des-
pertado en la crítica posterior: Transculturación narrativa en Améri-
ca Latina y La ciudad letrada. Sobre ambos proliferan artículos,
libros y tesis. Algunos de ellos, acertados y productivos; otros,
desacertados y oclusivos, como aquellos que colocan su obra
como un modelo de teoría literaria latinoamericana, agotada
exégesis crítica o cabal ejemplo de la subjetividad histórica mo-
derna. Para eludir la reducción es preciso volver a las fuentes,
sacudir el archivo y leer el discurso de Rama a contrapelo, pres-
tando atención a entramados culturales, operaciones de apro-
piación teórica y ciertos sentidos estratégicos que exceden la
página impresa y se vuelcan hacia una gestión cultural más am-
plia y concertada. A la vez, los libros de marras exigen ser revi-
3
Pablo Rocca explica que la reescritura de una nueva historia literaria latinoamericana ha
sido uno de los ejes centrales de los esfuerzos de Ángel Rama (2006)
4
Al encuentro de Campinas concurren grandes figuras de la crítica latinoamericana como
Roberto Schwartz, Jacques Leenhardt, José Luis Martínez y Antonio Cândido, el anfitrión.
Las ponencias fueron recuperadas por Ana Pizarro y publicadas en el volumen La literatura
latinoamericana como proceso.
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sados a la luz de su concepción y significación en la misma tra-
yectoria del crítico.
En el caso de Transculturación narrativa (2008b), su composición
connota un emplastamiento de perspectivas y focalizaciones
que el proceso de edición no logra homogeneizar. Publicado
originalmente en 1982, el libro se divide en tres partes y reúne
ensayos que corresponden a disímiles instancias y contextos. La
argumentación inicial, por ejemplo, retoma el trabajo original de
1974, Los procesos de transculturación en la narrativa lati-
noamericana, que repiensa la caracterización de las obras lite-
rarias creadas en fronteras interculturales luego de los debates
entre regionalismo y vanguardia de la década de 1920. En esta,
su primera formulación, la inquietud principal de Rama es his-
toriográfica y se concentra en pensar cómo cierta zona de la na-
rrativa latinoamericana buscó renovarse a partir de fuentes cul-
turales ajenas a los modelos metropolitanos. En la versión de
1982, el texto es reformulado desde una entonación más teóri-
ca, que orbita en torno a las relaciones dadas entre regiones, li-
teraturas y culturas. A estas proposiciones se agregan las conte-
nidas en un artículo sobre el libro con relatos del pueblo ama-
zónico desana escrito por Berta Ribeiro en colaboración con au-
tores nativos (Rama, 1982a). Las operaciones de edición derivan
en un discurso problemático, por momentos concentrado en la
cuestión historicista y por momentos volcado hacia el análisis
de casos particulares que ilustran los razonamientos teóricos.
La disonancia entre entonaciones es aún mayor cuando se avan-
za en la lectura: en la segunda parte, los capítulos sobre José
María Arguedas plantean un análisis del escritor en confronta-
ción con las tesis indigenistas de José Carlos Mariátegui. Cada
uno de ellos está tomado de los textos que Rama escribió como
prólogos a compilaciones póstumas de textos de Arguedas que
el propio uruguayo editó entre 1974 y 1976. Ahora bien, justa-
mente porque el objeto de estudio aquí es Arguedas en tanto in-
telectual y de ninguna forma la transculturación narrativa, se
puede observar que desaparece en esta sección toda pregunta
por las resoluciones estéticas de los problemas sociales, de la
misma manera que la noción de área cultural, justificada al
inicio de la obra, es reemplazada de facto por el concepto de
nación.
La tercera parte de Transculturación narrativa en América Latina es
la única sección del libro que fue escrita exclusivamente para la
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edición de 1982 y que no había aparecido publicada antes. La
diferencia de estos capítulos con los precedentes es notoria, en
tanto Rama plantea explícitamente el desafío de buscar la pro-
puesta ideológica del autor en la forma literaria del texto. Por lo
tanto, la inquisición historiográfica queda desplazada. También
resultan omitidas las largas digresiones sobre el estado de la
economía, la sociedad y la cultura en Perú y en la zona andina.
Transculturación es un collage de textos, que reúne en un mismo
discurso propuestas e hipótesis enunciadas con diversos objeti-
vos y en alejados puntos de su archivo y, por lo tanto, no con-
tiene una unívoca propuesta teórica ni se constituye como el
corolario de la obra de Rama. Con La Ciudad Letrada, el pro-
blema es otro, ya que no se aborda una obra cuyos hiatos pasan
desapercibidos, sino un ensayo escrito tras un período relativa-
mente corto de estudio sobre la sociedad novohispánica.
La organización de la Biblioteca Ayacucho empuja a Rama a in-
dagar acerca del archivo colonial latinoamericano, un corpus de
textos en el que ni él ni la mayoría de sus colegas de la época se
habían adentrado con dedicación plena. Rama entiende la nece-
sidad de sumergirse en el mundo de las letras coloniales y escri-
be varias ponencias y artículos al respecto México virreinal. Con
acierto, Beatriz Colombi (2006) señala que la ciudad colonial
mexicana es el caso testigo de La ciudad letrada, el objeto de es-
tudio sobre el que se trazan las ideas más significativas del li-
bro, situadas en sus primeros capítulos. Más adelante, las hipó-
tesis se leen forzadas y son demasiados los malabares que Rama
ensaya para leer el funcionamiento de la ciudad letrada en pe-
ríodos tan amplios y disímiles como la Emancipación, el fin de
siglo y las décadas que siguen a la Revolución mexicana.
El carácter póstumo de la edición del libro infunde cierto grado
de provisoriedad a la argumentación, tendida entre una primera
intuición sobre el rol de la escritura en la ordenación del Virrei-
nato de Nueva España y la reflexión sobre las consecuencias
que esa marca colonial deja en la praxis de los letrados latinoa-
mericanos. Vale la pena reconstruir sucintamente el pasaje entre
una y otra instancia. La idea de la ciudad letrada aparece en una
conferencia dictada por el uruguayo en Harvard hacia 1980 so-
bre el trabajo de investigación que desarrolla bajo el auspicio
del Woodrow Wilson Center. En el evento, Claudio Véliz, el au-
tor de The centralist tradition of Latin America, lo insta a profundi-
zar la tesis de la exposición y, días más tarde, a publicar un ar-
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tículo sobre el tema, de modo tal de registrar el copyright (Ra-
ma, 2008a: 209). El uruguayo vuelve a referirse al concepto en
1982, cuando expone en Stanford sobre la literatura colonial y
traza la conexión entre este período y el de la Emancipación en
torno a la figura del letrado. Desde entonces, prosigue con la
investigación sobre la cuestión (Rama, 1998: 13). Finalmente, el
manuscrito original de la obra cuenta con un subtítulo que la
versión finalmente impresa ha elidido: Un ensayo
5
reza su ca-
rátula mecanografiada, lo que subraya el sentido tentativo de
sus ideas, un aspecto que la trayectoria posterior del crítico
confirma. Según lo que se apunta en su Cronología y bibliografía
(Blixen y Barros Lémez, 1986: 65), Ángel Rama parte hacia Pa-
rís becado por instituciones norteamericanas para estudiar la
historia cultural latinoamericana y las culturas populares del si-
glo XIX, por lo que es acertado pensar que las proposiciones de
La ciudad letrada todavía debían ser cotejadas con la revisión de
un corpus mayor, tras una relectura más pausada y reflexiva.
Tenemos entonces un libro liminar y otro que se revela com-
puesto por varias capas. Salvo algunas honrosas excepciones,
como el trabajo de Roseli Barros Cunha (2007) sobre la trans-
culturación y la apertura de Claudia Gilman (2006) al dossier que
la revista Prismas le ha dedicado a La ciudad letrada, en general
estas particularidades no son advertidas. La sobreinterpretación
itera saberes sobre pistas falsas y nada revela sobre su discurso.
Al revisar el archivo y descolocar su ubicación en una biblioteca
latinoamericana forzadamente ordenada, se puede entrever lo
que la propia obsesión racionalizadora de Rama oculta (en
vano) de sus obras: las tensiones, lo problemático, lo irresuelto.
Y si se da un paso más y se desplaza Transculturación y La ciudad
letrada del centro de su discurso crítico, entonces se puede dar
con un horizonte más abierto y virtuosamente poblado por
otras arriesgadas interpretaciones y proyectos en torno a las le-
tras del continente, donde quizás se encuentre lo más original y
contemporáneo de su praxis como crítico e intelectual latinoa-
mericanista.
Incesante América Latina
En la visión de Rama, dos autores encarnan las principales for-
mas de entender y construir el arte y la literatura en América
5
El original fue revisado en el archivo personal de Rama, en Montevideo.
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Latina: José Martí y Rubén Darío. Atravesadas plenamente por
el desafío de la modernización capitalista, sus obras son repen-
sadas como una completa reinvención de la creación estética
desde el espacio latinoamericano. En ese sentido, Rama abjura
de cualquier oposición determinista entre ambos y, hacia 1967,
en La Habana, ante un auditorio repleto de intelectuales afines a
la Revolución Cubana, afirma que el valor de Darío está dado
por el establecimiento de una nueva poética y de ninguna ma-
nera por sus posiciones frente a los gobiernos, la burguesía, el
imperialismo o incluso ante la sociedad de su tiempo. Rubén
Darío le permite a Rama desprenderse de una noción mimética
de la literatura, demasiado apegada a los tópicos sociales de los
textos, para entablar estudios más sensibles respecto operacio-
nes de traducción, apropiación o reescritura y a componentes
como el lenguaje y al estilo, que ganan en espesor teórico.
Fascinado por los trabajos de Benjamin sobre Baudelaire (Gon-
zález, 2017), Rama desempolva el archivo modernista para re-
novar su lectura gracias a la consideración de nuevas fuentes
(crónicas periodísticas, epistolarios, diarios íntimos), problemas
(la inserción profesional del poeta en la nueva sociedad, el diá-
logo interdisciplinario) y objetos (los espacios de socialización,
la subjetividad enmascarada). Sus hipótesis son expuestas en
Rubén Darío y el modernismo, de 1970, mientras que su llamado al
balance sobre los aportes del poeta a la literatura latinoamerica-
na que reclama en La Habana se cumple con su ensayo intro-
ductorio a Poesía, el volumen de Darío que le dedica Biblioteca
Ayacucho, donde se aboca de forma obstinada una y otra vez a
resolver un mismo interrogante: ¿por qué aún está vivo? (Rama,
1977: IX).
José Martí se ubica como el otro eje privilegiado de sus refle-
xiones. La experiencia de la modernidad en su vida, la noción
de Nuestra América como horizonte utópico y el involucra-
miento con la lucha emancipadora son elementos que se incor-
poran a una matriz estética que opera con originalidad abruma-
dora a partir de insumos heterodoxos, auspiciados por la caída
de Imperio Español y la invención de la nación cubana. Aunque
desde muy joven Rama escribe sobre Martí, los acercamientos
montevideanos son retomados recién en Puerto Rico, donde
Rama se reencuentra con la obra del poeta en 1971 para abor-
darlo como un intelectual caribeño que percibe el fenómeno de
ingreso a la modernidad de una región del mundo todavía so-
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metida al yugo colonial y que procede, en consecuencia, a una
triple tarea: indagar y escribir sobre la gran transformación de
su tiempo, concebir una poética coherente con su preocupación
y construir un proyecto intelectual colectivo, capaz de superar
las contradicciones de la modernidad capitalista. La dialéctica
de la modernidad en José Martí, tal como se denomina su en-
sayo, consiste en identificar el problema, operar sobre con él y
plantear para América Latina una opción pautada por su futu-
ridad y universalismo, es decir, por la utopía y la apertura. Más
adelante, Rama vuelve sobre Martí y explora su poesía despla-
zando la cuestión latinoamericana. Ya sea su postulación como
poeta maldito y puesta en paralelo con Whitman, Lautréamont y
Rimbaud; ya sea su análisis a través de métodos estructuralistas,
atento a la secuencia rítmica y semántica, la presencia de Martí
en la reflexión de Rama es fértil y duradera.
6
En los dos casos, se observa que la idea de América Latina por
momentos fuerza los sentidos y empuja definiciones vagas y
demasiado voluntaristas, como la que levanta la poesía de Darío
como la invención necesaria para una situación socioeconómi-
ca de un arte americano, al modernismo como la adquisición
de la definitiva autonomía literaria o a Martí como el liberta-
dor de la lírica latinoamericana. Son excesos propios de un
sector de la intelectualidad del subcontinente que se encuentra
preocupado por la fundamentación de una identidad regional
común, construida contra una entidad exterior (el imperialismo)
y sostenida por una serie de obras artísticas; un sistema cultural
en cuya cúspide Rama nunca deja de ubicar a la literatura culta,
cifra última del desarrollo, la libertad y la vida de los pueblos.
Esta operación crítica es un índice también de su irrenunciable
humanismo letrado y moderno.
Una variante de este posicionamiento son los trabajos que Án-
gel Rama encara en torno a la poesía gauchesca rioplatense, a la
que considera la primera manifestación de un sistema literario
en plenas funciones para la historia literaria de Argentina y
Uruguay (Rama, 1982b). La hipótesis abreva en las ideas de An-
tonio Câandido y la definición que este escribe en su obra capi-
tal, Formação da Literatura Brasileira. Momentos Decisivos, acerca de
que la acumulación de títulos no garantiza la existencia de una
6
Los principales ensayos de Ángel Rama sobre José Martí han sido compilados y editados
hace unos años por la Biblioteca Ayacucho, en un volumen que religa las ideas, las vidas y
los proyectos de ambos intelectuales latinoamericanistas (Rama, 2015).
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literatura, sino que la misma se sostiene por una comunicación
fluida entre autores y lectores, organizada según temas, estilos y
lenguajes. Aunque es durante la década de 1960 que Rama se
apropia de la idea de sistema literario y la desplaza hacia un
nuevo objeto de estudio (la literatura latinoamericana), recién
con sus trabajos sobre la gauchesca el concepto se vuelve ope-
rativo y asume características heurísticas. A partir de él, el críti-
co repiensa el género como un fenómeno trascendental para la
región, en el que los gauchipolíticos indagan en las fuentes
populares y producen una obra que despierta el entusiasmo de
un público que las letras cultas ignoran. El encuentro entre es-
critor y lector instaura un diálogo virtuoso gracias al cual la lite-
ratura se empapa de oralidad y se desentiende de las retóricas
neoclásicas ya caducas, que siguen acosando la lírica y oratoria
oficial. En contraposición, en la poesía gauchesca late la vivaci-
dad de la cultura popular, que se entrecruza con la intencionali-
dad ideológica de los autores, todos ellos insertos en las dispu-
tas de poder de la época. Desde esa concepción, que abrió nue-
vos rumbos en el estudio del género, Rama indaga y analiza las
principales transformaciones de un linaje que va desde los cieli-
tos patrióticos de Hidalgo hasta los folletines de Gutiérrez y sus
epígonos.
Ni el modernismo ni la gauchesca agotan las inquietudes del in-
telectual uruguayo, quien dedica gran parte de su discurso a la
lectura de la narrativa latinoamericana que se produce en la dé-
cada de 1960. Primero lo hace en las páginas de Marcha, donde
acomete el análisis de novelas de autores como Carpentier, Roa
Bastos, Vargas Llosa, Cortázar, Cabrera Infante, García Már-
quez. En torno a sus obras, la sobredeterminación latinoameri-
canista es pronunciada: todas suponen, según Rama y en di-
versa medida, una auténtica novela americana o un compromi-
so pleno con América Latina, como si una esencia supranacio-
nal encontrara al fin su expresión definitiva o una realidad polí-
tica escogiera sus ideales intérpretes. Dos elementos coinciden
en su lectura y justifican su ánimo entusiasta: la lograda sofisti-
cación de técnicas literarias importadas de la modernidad litera-
ria contemporánea y el irrefutable éxito de ventas a lo largo del
subcontinente, un fenómeno que Rama percibe en ese momento
como la anhelada articulación entre el autor y su público, es de-
cir, la consolidación de un sistema literario latinoamericano.
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Pero este posicionamiento llega a su fin con la década de 1970 y
la ruptura pública de Ángel Rama con lo que por entonces ya se
denomina el boom literario. En el Coloquio del libro de 1972
en Caracas, luego de polemizar a lo largo de todo el año con
Vargas Llosa sobre los sentidos de la novela contemporánea,
Rama denuncia que la apología de los autores del boom im-
plica un cercenamiento brutal de las letras de la región (genéri-
co, autoral, histórico, cultural) causado por las campañas publi-
citarias y las estrategias de las casas editoriales. El peor repro-
che es para la crítica latinoamericana, que claudica de sus fun-
ciones al asumir la etiqueta del boom como concepto válido
para analizar el corpus de novelas creadas a partir de 1960 (Ra-
ma, 1972: 12).
7
A su desmontaje total procede años más tarde,
cuando escribe su ensayo clásico sobre el tema, en el que los
cuadros de ventas de libros y autores se articulan con la lectura
de las principales polémicas sobre el fenómeno. El parecer de
Rama se focaliza en las políticas editoriales, las transformacio-
nes sociales de la época y la consolidación de la cultura de ma-
sas de posguerra en América Latina (1979). El factor mercado,
antes desestimado en el estudio del sistema literario, se vuelve
un elemento relevante para comprender el rol de la literatura en
la sociedad.
Desde entonces, la novela pasa a formar parte de estudios más
historicistas y teóricos. En sus panoramas, la modernización
continúa siendo la fuerza motriz que problematiza lo dado e
impulsa las búsquedas a través de las sucesivas oleadas que im-
pactan en las culturas y las letras del subcontinente a lo largo
del siglo XX, que se mantiene como el período temporal más
relevante a examinar (1986a). Dos nociones ganan vigor en sus
ensayos: cosmopolitismo y transculturación, que devienen las
fuerzas que estructuran la creación latinoamericana según cada
tipo de orientación; la primera abraza la novedad metropolitana
y se la apropia para fundar nuevas tradiciones, mientras la se-
gunda opta por escudriñar en el conglomerado cultural de las
comunidades interiores y cerradas del continente para concebir
obras igualmente renovadoras. Según el contexto histórico, los
dos vectores aparecen representados en simultáneo por sus re-
7
Se trata, sin duda, de un ataque apenas velado a Emir Rodríguez Monegal, su colega uru-
guayo y eterno adversario, que publica en Venezuela El boom de la novela latinoamericana ese
mismo año. Sobre la relación entre los proyectos intelectuales de ambos, véase especialmente
Rocca, 2006.
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ferentes más señeros: Darío/Martí, Borges/Carpentier, Cortá-
zar/Arguedas, Fuentes/García Márquez. Se trata de dos van-
guardias que complementan sus esfuerzos y garantizan la conti-
nuidad creadora de las letras del subcontinente, pautada por la
doble inquietud de la originalidad y la autonomía (1986b).
La búsqueda de una única fórmula que logre unificar la entera
producción narrativa de América Latina deja de sonar desatina-
da al seguir los derroteros de quien se propuso por décadas
construir una unidad cultural donde primaran las diferencias,
los matices, el entrecruzamiento y las torsiones. Expresa la te-
nacidad de quien reformuló sus hipótesis y vocabularios al calor
de la historia política, social y cultural de un continente ante el
cual siempre se sintió responsable. A pesar de la multiplicación
de corpus, metodologías, corrientes teóricas e interlocutores in-
telectuales, Rama no renunció a integrar literaturas y realidades,
más allá de que en estos últimos artículos la operación no se
sostuviera sobre ninguna certeza revolucionaria.
Sobrevive en su discurso y pensamiento la necesidad de asumir
la modernidad de forma crítica pero fehaciente, la entronización
de la literatura ante otras disciplinas, la responsabilidad de los
intelectuales frente a la dirección de la cultura. Se podría pensar
que con tantos lastres, cualquier posibilidad de producir ideas
originales o trazar lecturas intrépidas queda abolida. Sin embar-
go, esto no ocurre. El latinoamericanismo le impone a Ángel
Rama ciertos límites, pero también anima sus grandes operacio-
nes críticas y culturales; algunos de ellas, constituyen aportes
fundamentales para pensar los caminos de una literatura siem-
pre en situación de crisis, en oscilación perpetua entre la satura-
ción y el vacío.
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