García López, sobre El taller de Hugo Gola Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 6 / julio 2019 / pp. 312-321 312 ISSN 2422-5932
EL TALLER DE HUGO GOLA.
DOS ATISBOS MEMORIOSOS
De Moira Bailey Jáuregui y Juan José De Giovannini
México, E1 Ediciones, 2017
Iván Gara pez
Universidad Nacional Aunoma de México
Se doctoró en Letras en la UNAM. Ha traducido a Milo de Angelis, Forugh Farrojzad, Tatsumi Hi-
jikata, Paulo Leminski, Bruce Lee y Eugenio de Andrade, entre otros. Como antologador, recientemente
publicó Una vida sencilla, del poeta Hugo Gola, y prepara un volumen de poesía mexicana para la cole c-
ción "Palavbras Andantes" de Río de Janeiro. Es profesor de poesía en la Universidad Iberoamericana y
traductor literario en el diario La Jornada.
Contacto: garcialopezivan@yahoo.com.mx
RESEÑAS
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Recientemente se publicó en México El taller de Hugo Gola. Dos
atisbos memoriosos, de Moira Bailey Jáuregui y Juan José De Gio-
vannini. Ambos fueron alumnos de Gola a principios de los
ochenta en la Universidad Iberoamericana y sus escritos giran
en torno a la docencia que desarrolló el poeta, la amistad que
mantuvieron con él a lo largo de varias décadas y el lugar pre-
eminente que la poesía ocupó en todo ello. El libro no se pro-
pone hacer un estudio del magisterio o de las perspectivas poé-
ticas de Gola, sino ofrecer una mirada evocativa. Sus atisbos,
que nos acercan al poeta desde un registro indirecto, anecdótico
y personal, son una fuente de interés para el ámbito académico
y se suman a otros testimonios de ex alumnos, como el de Luis
Priamo (Racconto con fotos fijas), quien fue alumno de Gola
en el antiguo Instituto de Cine de Santa Fe, en los años sesenta.
Evocar, dice el colombiano Édgar Garavito al hablar de su
maestro Gilles Deleuze, es precipitar una comprensión por la
vía de los afectos. Una vocación no debe confundirse entonces
ni con una presentación conceptual ni con una biografía [].
No propone una comprensión conceptual, aunque los concep-
tos estarán latentes y en ocasiones aflorarán a la superficie del
discurso (Garavito, 1999: 291). Y justamente así son los atis-
bos de Bailey Jáuregui y De Giovannini sobre Gola, una com-
prensión mediante el afecto, donde las ideas y las percepciones
van aflorando, pero al calor de lo evocativo. Los dos relatos que
componen este libro Ese constante goteo, de Bailey Jáure-
gui, y Hugo Gola, el narrador, de De Giovannini tienen la
virtud de traer de vuelta a su maestro y de ponerlo en perspec-
tiva a la luz de los años y de su propio crecimiento. Por otra
parte, sus ideas centrales son muy agudas, pero a la vez, a mi
parecer, presentan algunos aspectos discutibles.
En su relato, Bailey Jáuregui profesora, narradora y tra-
ductora boliviana aborda algunas experiencias de las clases
formales del poeta, pero sobre todo se concentra en el taller de
lectura y escritura poética que éste dio primero en las aulas de la
Universidad Iberoamericana y luego en un departamento al sur
de la Ciudad de México. Ella, a decir verdad, sólo toca por acci-
dente la poesía de Gola, pero es imposible no conectar algunas
de sus impresiones y reflexiones con la obra escrita del prota-
gonista. La reflexión en torno a la cual articula todo su texto es
muy interesante:
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Coleridge buscaba hacer un todo de la narrativa, hacer que los
hechos adoptaran un movimiento circular y Gola hacía algo pa-
recido. Para él la poesía era una especie de recorrido en curva []. En
una lectura de poemas, ya de vuelta en Argentina, que se difunde
por YouTube, Hugo narra, con el tono y la lógica que siempre lo
caracterizaron, pasajes de su juventud en un tren de segunda que
iba de Santa Fe a Pilar y en cuyos solitarios trayectos escribió el
único poema en prosa que se le conoce. Al finalizar, cuenta que
todas esas imágenes vivieron con él toda una vida logrando, como
las de Coleridge, formar un todo circular (Bailey Jáuregui, 2017:
17 y 28. Yo subrayo).
Es sorprendente que la autora perciba ese movimiento curvo a
partir del trato regular en clases, porque el signo de la poesía de
Gola es sin duda la elipse, la rotación, el giro, la resonancia, la
espiral, como lo intuyó tempranamente Eduardo Milán y como
lo fue desarrollando Jorge Monteleone. Me permito, sin embar-
go, discrepar un poco. Revisé de nuevo el video referido y no
hay alusión alguna a esas imágenes [que] vivieron con él toda
una vida hasta formar un todo circular. Y no la hay, segura-
mente, porque no hay círculo en Gola. Hay el círculo de fue-
go, hay los círculos rojos del alba, hay los círculos fragan-
tes de ciertas esferas, hay los círculos perfectos de los vuelos
celestes, hay el círculo puro como indicio, augurio o
clave, pero todas esas alusiones remiten a un plano mitificado
y en equilibrio, distante por lo menos en la obra de Gola de
las posibilidades humanas. No hay esa forma en equilibrio que
es el círculo, sino una especie de recorrido en curva. No hay un todo
circular para el poema, sino vueltas y revueltas de la sangre
(Gola, 2011: 13), borras en espiral sobre la página. Gola, como
dice la autora, hace algo parecido al círculo, pero es en esa mínima
diferencia donde el poema se libera y cifra su marcha. Del pri-
mero al último libro, lo que vuelve es lo natal, pero no como
vuelta perfecta, sino como ritornelo: envuelto en bucles, giros,
nudos que, en función de las fuerzas activas que albergan, se
abren al futuro al hilo de una canción (Deleuze y Guattari,
2002: 318ss).
Con todo, la impresión de la autora evidencia una sensibi-
lidad muy aguda. Es interesante cómo va tejiendo sus atisbos
memoriosos tanto aquellos sobre Gola como los propios a la luz
del eco de su maestro, cómo se van mezclando conjeturas y
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perplejidades acerca de la vida, con la poesía como centro. Así
se van formando las propias espirales de la autora:
Todavía ahora me es imposible leer a Huidobro, Vallejo o los ver-
sos de Residencia en la tierra sin entregarme a ese acento argentino
[]. ¿En qué parte de mi memoria estará guardado ese eco, que só-
lo aparece cuando leo esos poemas y que, a juzgar por su fuerza,
nunca va a desaparecer? Los eventos de nuestra vida tienen cierto
efecto cuando suceden, pero con el tiempo algunos de ellos regre-
san para formar, con su presencia reiterativa, estelas a veces ape-
nas perceptibles en el recuerdo y la práctica de cada a, pero que
esculpen nuestro verdadero rostro. Mi encuentro con Gola es uno
de esos eventos que no ha dejado de hacerse presente a lo largo
de mis actividades y la definición de mis intereses, y tiene por ello
un efecto perceptible en el conjunto (Bailey Jáuregui, 2017: 12s.
Yo subrayo).
Llama la atención el camino que sigue la docencia de Gola
hacerse eco, empozarse en la estudiante y desde allí reaparecer pa-
ra incidir en el trazo del rostro verdadero, pues su poesía ope-
ra de un modo parecido. Es siempre lo remoto lo que despierta,
describe una curva, abraza lo presente y reaparece de un modo
más vivo que todo / lo vivido (Gola, 2004: 348). Tal vez por
ello la autora percibe que Gola estaba cargado de un conoci-
miento intuitivo, que parecía venir de muy atrás (15). Su poesía
insiste en un peregrinar hacia los fondos, donde se revelan los
tonos secretos del poema (Gola, 2011: 15), y eso es al parecer
lo que también enseñaba.
La evocación de Juan José De Giovannini editor, pro-
ductor de radio y periodista mexicano propone una lectura
inesperada e interesante, aunque también discutible, en torno a
la narrativa de Gola. Su primer contacto se remonta al taller que
dio este poeta en la casa de Manuel Altolaguirre en Coyoacán,
donde décadas atrás había vivido Luis Cernuda. Aunque asistió
una sola vez, quedó en él una huella significativa (lo que lo
animó a retomar el taller años más tarde en otro sitio):
Las dos o tres horas que permanecí [en esa casa] fueron suficien-
tes para entender la labor de un maestro de la poesía. Recuerdo
muy bien la manera en que Gola atrajo la atención de todos en
cuanto comenzó a hablar, como el sacerdote de un rito que no
comprendí en ese entonces. Un rito que tenía como centro espe-
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cial a la poesía y era mantenido por la enorme capacidad narrativa de
Gola, de la que, por cierto, no quedó constancia escrita alguna (De
Giovannini, 2017: 32. Yo subrayo).
Más allá de la alusión a cierta atmósfera sacerdotal creada por la
voz del poeta de la que también han hablado varios otros ex
estudiantes, atrae su enfoque en lo narrativo, pues hasta ahora,
me parece, no se ha tratado entre los críticos de Gola. Aunque
la reflexión de De Giovannini parte de una experiencia conver-
sacional y docente, él está pensando en términos de un texto:
Tal vez alguien haya registrado y luego transcrito alguna de
esas charlas, es posible. A lo que me refiero cuando digo que no
quedó constancia escrita alguna es a que Gola no escribió un
texto narrativo, el grueso de su escritura fue la poesía y algunos
ensayos, pero jamás algo que fuera al menos semejante a una narra-
ción, un cuento, por ejemplo, y mucho menos una novela
(2017: 33, yo subrayo). La observación es interesante y estimula
a la reflexión.
Sin duda, Gola no escribió un cuento, ni una novela. Pero
lo narrativo demanda una revisión más profunda. Por una parte,
Gola escribió un único poema en prosa, que por lo menos ha-
bría que tener en cuenta al abordar el tema propuesto. Por otra,
están las memorias sobre Juan L. Ortiz y Juan José Saer, que
son una suerte de ensayos empapados en lo narrativo más que
en lo analítico. Tampoco podemos olvidar sus cartas (algunas
de ellas están publicadas). O Prosas, escrito en el tono de diario
o bitácora de lecturas. ¿Qué es eso al menos semejante a una narra-
ción? ¿Sólo un cuento o una novela? El horizonte de esa semejan-
za debe por lo menos considerar aquellos otros registros.
Si nos acercamos a su poesía, el problema se complejiza aún
más. Quizá sólo William Rowe y Tania Favela han tocado lo na-
rrativo en los poemas de Gola, aunque para negarlo: Gola re-
chaza cualquier resolución narrativa [de la dictadura argentina],
dice Rowe sobre Filtraciones (2002: 101); “Gola no traza una lí-
nea para cantar-narrar, no acumula hechos para tejer [la] histo-
ria, dice Favela sobre Resonancias (2015: edición digital). Efec-
tivamente, no hay, sobre todo en Filtraciones, la inclinación a na-
rrar en un sentido digamos convencional: Nada fue allí. Nada
hubo. / Nada allí pudo ser. Se creía. / Pero no. Nada fue (Go-
la, 2004: 250). En la poesía de Gola, sobre todo a partir de Siete
poemas, aparecen recursos como el montaje, la espacialización de
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los versos y un decir entrecortado, que perturban la sintaxis ha-
bitual y la construcción de imágenes. Pero esto no necesaria-
mente significa que no haya narración. Consideremos, como
punto de partida, dos declaraciones inquietantes del propio Go-
la: En el poema extenso puedo narrar, pensar (en Freidem-
berg, 1989: 11), a partir de Siete poemas, ya no [hay] la ráfaga
sino la narración (en Díaz, 2018: edición digital). Si repasamos
esos poemas largos, podemos ver que, en efecto, asoma lo na-
rrativo, entretejido con otros discursos, y que esta posibilidad la
da precisamente el montaje. Aunque en mi opinión lo narrativo
sí figura desde antes de Siete poemas (considérese el poema Una
mañana como las de tu infancia) y que la ráfaga en sí no
desaparece, es claro que adquiere su espacio con la llegada de
ese libro. Consideremos además que la narración en la que está
pensando es anormal, y que es desde esa anormalidad que la
narrativa puede incorporarse al flujo de lo poético. No en vano,
para él, la escritura de Virginia Woolf como la de Rulfo, ma-
nifiesta una carga o saturación inconfundiblemente poética:
Aunque Virginia Woolf escriba novelas, éstas están más cerca
de la poesía que de la prosa narrativa normal. Su squeda es
la del poeta. Ella es poeta, aunque escriba novelas (Gola, 2008:
115s). A la inversa, podríamos decir que Gola también narra,
aunque escriba poemas. Sus poemas no son ajenos a una narra-
tiva anormal.
Cabría entonces, por lo menos, matizar la afirmación de De
Giovannini acerca de que no quedó constancia alguna de la capacidad
narrativa del poeta. Incluso, habría que señalar que no es indis-
pensable que la sintaxis se vea particularmente alterada para
identificar una narrativa vinculada a lo poético. Hay varios
poemas de Gola que ilustran este aspecto: tuve / sin embargo
/ días fulgurantes / de eso me acuerdo / que persisten / ala-
dos / que respiran / y me hablan / las carreras cuadreras / por
ejemplo / la fiesta del pueblo / con bandas y bombas / y sorti-
jas (Gola, 2010: 28).
Si revisamos otros pasajes de su obra general, podremos ver
que el tema no es secundario para Gola. Por ejemplo, en el pr ó-
logo sobre Ortiz, percibe una confluencia entre lírica y narrati-
va: Tenemos la impresión de hallarnos ante una red de pala-
bras [] semejante a esas inmensas construcciones que las ar a-
ñas pacientemente entrelazan []. Estas sucesivas ampliaciones
le exigieron a Ortiz una modificación en su trabajo. Le obliga-
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ron a escribir poemas cada vez más extensos y complejos, veci-
nos a la narración, aunque distantes de toda narrativa más o
menos convencional. Y si es cierto, como señala Monteleone,
que al describir esa trayectoria Gola reconoce un modelo de
poeta en el cual se proyecta (2004: 359), es obvio que allí va
implícito el actuar narrativo, que luego desarrollará por su cuen-
ta.
Ya el propio Ortiz, en una entrevista, había señalado que la
poesía es narración de ciertos estados íntimos, entendiendo
por narración, quizá, un recorrido fluvial del lenguaje que atra-
viesa y manifiesta esos estados (en Rapacioli, 2016). Esto lleva a
decir a Osvaldo Aguirre que la poesía como forma de narra-
ción, anticipada por Ortiz, es una búsqueda de los escritores del
presente y uno de los motivos de la actualidad de la obra de Or-
tiz, que anticipa o más bien inaugura esa línea, [la de] la conver-
gencia de lírica y narrativa, la exploración de la poesía como
forma narrativa, o de las posibilidades poéticas de la narración,
que encontramos por ejemplo en El Gualeguay y en otros tex-
tos (en Rapacioli, 2016). Es obvio que entre esas búsquedas
posteriores hay que ubicar a Gola. Sobre todo si consideramos
que, ya como editor en México, continuó abrevando en esa lí-
nea, pero ahora en relación con la poesía norteamericana de
vanguardia, como lo revela en la presentación del segundo vo-
lumen de El poeta y su trabajo: [Elegí], en primerísimo lugar, a
quien [] introdujera en sus extensos poemas secuencias líri-
cas, épicas, narrativas (Gola, 1983: 10. Yo subrayo). Ahí pode-
mos ver que, por distintos flancos, Gola estaba tratando este
problema.
Por suerte, De Giovannini lo ha puesto de nuevo sobre la
mesa, a partir de las reuniones y las clases con Gola. Aún así, es
importante atender las reflexiones que influyeron al poeta y las
que éste aportó al respecto. Como suele suceder con Gola, las
distintas líneas de su escritura no se excluyen entre sí, van en-
tremezcladas. Hay un único tono que sostiene y hace convivir a
todo su trabajo. Esto me lleva a matizar otra observación de De
Giovannini:
Una vez que [Gola] tomaba la palabra, daba inicio lo que podría
llamarse el espectáculo de la inteligencia y de la intuición poética.
Su primera frase siempre era la indicada para conseguir que nues-
tra atención se concentrara en lo que él iba a decir. Por supuesto
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que no era sólo el significado, sino las palabras elegidas las que
nos invitaban a seguirlo en la elaboración de una historia donde la
protagonista era la poesía. Otros podrían ver en ese ejercicio de
improvisación el desarrollo de ensayos perfectos, yo en cambio
veía historias que se entrelazaban (De Giovannini, 2017:46).
Desde luego, cada estudiante ve sus clases desde su posi-
ción e intereses. Pero creo que, con respecto a Gola, a menudo
se nos insiste en un tercer camino, más nebuloso, donde lo en-
sayístico y las historias, entre otros elementos, lejos de excluir-
se, se entremezclan. Es interesante pensar, por ejemplo, en al-
gunas de sus lecturas preferidas: las memorias de Balthus; El
imperio perdido, de José María Pérez Gay; los ensayos de James
Laughlin; algunos libros de Guillermo Enrique Hudson; ciertas
cartas y estudios de Teilhard de Chardin, etcétera. Son textos
distendidos, con historias, incluso autobiográficos, sin desme-
dro de su calidad analítica. Todo pareciera quedar recogido, de
nuevo, por una curva, un giro. Y así parecen haber transitado
también las charlas de Gola, no sólo con historias entrelazadas
o con ensayos perfectos, sino en el ritmo de un entrelazamiento
hospitalario y heterogéneo.
Por descontado, se agradece la calidez narrativa de De
Giovannini y su sensibilidad para ir captando las resonancias de
Gola en su memoria. Además, celebro su definición de princi-
pios en el medio literario, porque eso era clave en Gola: había
poética, pero también una ética, que a su vez tiene mucho de
Ortiz. Si Gola escribe: no trepar / ni arrastrarme / ni hacer
piruetas (2004: 224), su ex alumno responde:
De pronto entendí, casi de golpe, que [] era necesario saber
manejar muy bien las relaciones públicas, si se aspiraba a ser me-
dianamente conocido en un ambiente donde todos peleaban con-
tra todos []. Definitivamente, eso significaba perder la compos-
tura y no era lo que yo quería []. Ahora entiendo que haber tra-
tado de iniciar una carrera literaria de la misma manera en que lo
hacían todos, es decir, abriéndome paso para conocer a las perso-
nas adecuadas, era para mí como poner los pies sobre la tierra y
ceder. Ese no era mi deseo []. Me replegué y decidí que yo no
iba a entrar en esa lucha por sobresalir (De Giovannini, 2017:
34s).
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Es muy refrescante ver eso en un ex alumno de Gola. Aunque
quizá De Giovannini se ha excedido un poco en su repliegue.
Recuerdo que en 1993 publicó un libro notable de poemas y
que llevaba una cuarta de Gola muy provechosa. Es una lástima
que después de 25 años aún no tengamos una nueva publica-
ción.
Volviendo a su texto, se agradece que repare en el valor de
la conversación, de la plática afable y cotidiana: Por años acudí
a verlo por lo menos una vez al mes. Para mí era algo necesario,
una vez que charlaba con él me sentía reorientado y en paz con
mi entorno []. A nadie he conocido que, como él, disfrutara
tanto del placer de la conversación (De Giovannini, 2017: 50s).
Ya no eran las clases, ni las charlas de taller, pero una especie
de río en torno a la poesía y la vida continuaba. Con su evoca-
ción de Gola, pareciera insinuarse que había un espesor afectivo
de la palabra, que sonaba y sanaba, como asimismo se dice de
ciertas prácticas antiguas y al que el poeta alude en Prosas. Al fi-
nal, la palabra que surge y flota en la charla, tiene mucho en
común con la palabra de sus poemas, como si compartieran un
mismo fondo. Con respecto a ello, si su plática y su presencia
eran tan valoradas, no se debía en principio a ningún tipo de
elocuencia, sino a que conocía un secreto: Gola era un exce-
lente conversador, porque sabía escuchar, como se sostiene en
una nota de este libro (7).
Por último, la edición del libro es sencilla y sin estridencias,
con una ilustración muy bien elegida (una pipa y un estuche de
lentes inconfundible que, en efecto, nos hacen recordar al poe-
ta), además de una caja y una tipografía afables, a tono con la
obra del protagonista.
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