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/ pp 237-255 / Año 13 Nº24 /
JULIO 2026 – NOVIEMBRE 2026
/ ISSN 2408-4573 / SECCIÓN GENERAL
de Martuccelli (2007) es necesario “sondear cómo las instituciones educativas moldean la integración del individuo en
la sociedad, influenciando sus percepciones y expectativas en función de las diversidades societales” (p. 30).
El tránsito por la universidad no es homogéneo para todos los estudiantes. La expansión del sistema educativo, que ha
incrementado la matrícula universitaria, también ha generado una mayor diversidad en las formas en que los jóvenes
recorren y experimentan su paso por la institución.
El concepto de trayectoria constituye una herramienta teórico-metodológica que permite interpretar fenómenos sociales
en su dimensión temporal (Frassa y Muñiz Terra, 2004). Lejos de constituir una categoría unívoca o de fácil delimitación,
las trayectorias se presentan como una categoría sintética que articula múltiples dimensiones de la experiencia social
y subjetiva, demandando un enfoque interdisciplinario y una vigilancia epistemológica constante del investigador.
Esta noción posibilita conectar diferentes niveles de análisis como lo estructural y lo individual, lo objetivo y lo subjetivo,
lo sincrónico y lo diacrónico. Como categoría sintética, integra múltiples dimensiones ya que no se reduce a un aspecto
aislado de la experiencia, sino que se propone captar la articulación entre distintas esferas de la vida social como lo
laboral, lo educativo o lo familiar. Así, una trayectoria educativa se comprende plenamente cuando se consideran las
trayectorias laborales, residenciales o familiares que la entrecruzan y condicionan. Al mismo tiempo, conecta niveles
de análisis, porque permite tender puentes entre las determinaciones estructurales y el plano individual, evidenciando
cómo los sujetos transitan, negocian y, en ocasiones, transforman las condiciones de vida. Y finalmente, revelan
procesos, no solo posiciones, porque a diferencia de los análisis estáticos que se limitan a registrar estados o
situaciones en un momento dado, el estudio de trayectorias busca captar el movimiento, las transformaciones, las
continuidades y rupturas que configuran los itinerarios vitales.
Por otra parte, no todo el estudiantado tiene el mismo recorrido académico. Como ya fuera dicho, la expansión del
sistema educativo, que ha incrementado la matrícula universitaria, también produjo una mayor diversidad en las formas
en que los jóvenes recorren y experimentan su paso por la institución. Bourdieu (1997, citado en Enciso, 2013) define
la trayectoria como una sucesión de posiciones ocupadas por un agente dentro de un espacio social dinámico, en
constante transformación. Esta trayectoria se configura a partir de un conjunto de estrategias vinculadas al recorrido
formativo, en el que interactúan las circunstancias personales del estudiante y las condiciones institucionales orientadas
hacia un objetivo común: la obtención del grado (Enciso, 2013). También se entrelaza con otros itinerarios —familiares,
laborales, residenciales— que forman parte de la historia de vida de los sujetos (Carli, 2012). En esa línea, Tinto sostiene
que quienes acceden a la educación superior llegan provistos de un conjunto de atributos —como género, capacidades
intelectuales y físicas, y habilidades interpersonales—, así como de trayectorias educativas previas y un determinado
perfil familiar (caracterizado por el capital cultural, los valores, las expectativas y las condiciones materiales de
existencia). Estos elementos, en su articulación, inciden tanto en el curso de la trayectoria educativa como en el nivel
de compromiso que el estudiante asume con la institución universitaria y con el objetivo de completar sus estudios
(Tinto, 1993).
En igual dirección, Chain (2001) señala que las experiencias estudiantiles presentan diferentes "densidades"
concebidas como combinaciones particulares de estudio con trabajo, maternidad o paternidad, militancia política o
social, entre otras dimensiones porque son múltiples los factores intervienen en la construcción de estas trayectorias,
incluyendo aspectos académicos, institucionales y extraacadémicos, los cuales pueden actuar como facilitadores u
obstáculos en el desarrollo de las carreras universitarias.
En cuanto a la perspectiva interseccional, constituye una herramienta analítica fundamental para comprender cómo las
distintas dimensiones de la desigualdad —género, clase, territorio, sexualidad— se entrecruzan produciendo
experiencias singulares de opresión y privilegio que no pueden ser capturadas mediante el análisis aislado de cada
variable. Como señala Salatino (2025), la interseccionalidad no se limita a la mera suma de identidades o factores de
opresión, sino que ofrece un enfoque holístico e inclusivo para abordar las desigualdades sistémicas, subrayando cómo
las intersecciones entre características sexogenéricas, raciales, de clase, étnicas, sexuales y/o regionales generan
experiencias únicas. En esta misma línea, Bustos y Macchiarola (2025, p. 134) definen la interseccionalidad como una
perspectiva que permite analizar cómo "desigualdades y privilegios se articulan en los recorridos educativos, incidiendo
en puntos de inflexión y en las (im)posibilidades de sostenimiento de la vida académica”.
La inclusión de la perspectiva interseccional de género en esta investigación se justifica por al menos tres razones
fundamentales.