Uslenghi, “El París de…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 190 ISSN 2422-5932
EL PARÍS DE MOLLOY:
LITERATURA,
EXPERIENCIA,
AFECTO
Alejandra Uslenghi
Northwestern University
Alejandra Uslenghi es profesora en Northwestern University, Chicago. Doctora en
Literatura Comparada por la New York University (NYU). Se especializa en literatura
latinoamericana de los siglos XIX y XX, con énfasis en cultura visual. En 2016 publicó su libro
“Latin America at Fin-de-Siécle Universal Exhibitions”.
Contacto: a-uslenghi@northwestern.edu
Todo sobre Molloy
NÚMERO
ESPECIAL
Uslenghi, “El París de…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 191 ISSN 2422-5932
A Sylvia, con afecto y profunda
admiración en tu París recorro parte del
o
Es sabido que Borges caracterizó a la escritura crítica como una forma de
biografía, y quizás son pocos los ensayos como La diffusion de la littérature
hispano-américain en France au xxe siècle texto basado en la tesis doctoral en
literatura comparada de Sylvia Molloy para la universidad de La Sorbona
que permiten no solo el acceso a un saber crítico que indaga sobre las
asimétricas relaciones socio-culturales entre países latinoamericanos y la
metrópolis francesa, sino también a una genealogía de viajes, lecturas,
escenas e intercambios vitales donde la lengua francesa, el viaje a París y la
ficción literaria abren una ventana a la experiencia cosmopolita, errante,
dislocada de la propia autora. Así como se vuelve legible en este ensayo y
otros relatos que intentaré hilar, el París de Molloy consolida su fervor por
la literatura, la escritura, y es allí donde se descubrirá crítica
latinoamericanista. En esa ciudad alcanza fruición su linaje materno francés
y, fundamentalmente, es el sitio de reinvención de sí, donde puede
desplegarse el deseo hasta entonces latente, “una sexualidad que yo
adivinaba ser la mía aunque no estaba del todo segura”
1
.
Sobre las huellas literarias de Domingo F. Sarmiento, Rubén Darío,
Ricardo Güiraldes y bajo la estela de Victoria Ocampo, Molloy construye su
París y su propia flâneurie. El París de Molloy es una primera experiencia de
desterritorialización, destino de su primer viaje internacional “en el Charles
Tellier… rumbo a Le Havre llevándome a estudiar a Francia,”
2
pero que
intensifica una subjetividad ya atravesada por otras lenguas “me gustaría
creer que el primer libro que leí de chica fue en español pero pienso-casi sé-
que no fue así,”
3
confiesa muy borgeanamente. Dentro de una familia
inmigrante con ascendencia inglesa, irlandesa y francesa, en un país donde
se habla el español, Molloy cultiva la riqueza de los idiomas, “ser
monolingüe parecía pobreza.”
4
En contraste con la familiaridad del inglés
1
Sylvia Molloy. Varia Imaginación, Rosario, Beatriz Viterbo, 2003,p. 28
2
op.cit, p. 63
3
Sylvia Molloy. Citas de Lectura, Buenos Aires, Ampersand, 2017, p.7
4
Varia Imaginación, 27
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 192 ISSN 2422-5932
de la familia paterna, sustentado en la educación bilingüe del colegio inglés,
ella se empeña en restituir la equidad con la rama materna a través del
intenso aprendizaje del francés: “mi francés iba a ser lengua nativa, como si
no hubiese hiato entre mis abuelos y yo, tan nativa como mi inglés que no
se salteó ninguna generación. (El español no parecía tener genealogía:
simplemente estaba).”
5
Como los lectores de Molloy sabemos, estas lenguas-experiencias se
cruzan, se superponen, se entrometen en la textura inigualable de su prosa
literaria, y es posible rastrear los espacios a los que están asociadas:
ciudades, casas, libros, afectos. El Buenos Aires natal de Molloy, fuente
inagotable de memorias, y más precisamente su “zona norte” de Olivos, es
la ciudad que se despliega en El común olvido. El New York de Molloy es el
contrapunto en ese mismo relato, su transformación puede reconocerse
desde el final de Varia Imaginación, como el trasfondo de Desarticulaciones, y
en la experiencia fundamental de Vivir entre lenguas; asimismo, su variante
entrañable es Long Island y esa casa varias veces reimaginada en esos
relatos. Hay otras ciudades en Molloy, sus viajes las anotan como recuerdos:
ciudades del interior de Francia (Le Havre y la llegada al puerto, Vichy en
los 50s); ciudades del interior de Argentina (Mar del Plata y Punta Mogotes
como iniciación literaria, Córdoba, San Nicolás de los Arroyos, San Ignacio,
hasta la Patagonia como paisaje primordial). Hay también ciudades destinos
de viajes (Mexico, Londres) y las ciudades de su derrotero profesional
académico (Princeton, New Haven, la zona del norte del estado de New
York, Niágara Falls que recorre con Jorge Luis Borges en uno de sus tours
como conferencista). Pero, ante todo y antes que todo, hay un París en
Molloy.
Esa ciudad-experiencia es revisitada en Escribir París, pero con
anterioridad fue dejando sus huellas en casi todos los textos de Molloy.
Algunas son impresiones indelebles (el espectáculo intelectual de las clases
en la Sorbona y los debates en el anfiteatro Richelieu que puntean su ensayo
de tesis). Otras son sutiles y perfumadas (divisar el inconfundible turbante
de Simone de Beauvoir durante una conferencia de Sartre, comprar una
botella de Vétiver de Carven o un foulard esforzándose en ser francesa).
También rastros de la ciudad en frases-souvenirs ( Faites le vide, Madame!,
Vouz trouvez?) y sus particularidades son hiladas en una trama de citas
literarias (un duelo perpetuo entre Gide: “A Gide le debo mucho, entre
otras cosas el haberme enseñado que se podía ser diferente en la vida”
6
y
5
Varia Imaginación, p.77
6
Sylvia Molloy, “El Paris de Molloy” en Molloy, S. y Vila Matas, E. Escribir París, New York, Brutas
Editoras, 2012, p.60
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 193 ISSN 2422-5932
Proust: La realité ne se forme que dans la mémoireno te vayas a olvidar, cita el
personaje Samuel al final de su segunda novela
7
).
Fundamentalmente, París es el escenario de En breve cárcel, novela
fundacional en más de un sentido y como escribió Ricardo Piglia en el
prólogo de su más reciente edición: “La novela sabiamente narrada en
presente y en tercera persona, produce un efecto de intimidad que es único
y es inolvidable…La historia de una pasión. Es una historia de amor, de
locura, de crecimiento y de tiempo presente. Porque lo que sucede se vive
sin importar las consecuencias.”
8
En el París de Molloy se vive, se aprende a
vivir, sin importar las consecuencias, y ese espacio urbano propicio a la des-
identificación, a la reinvención en sus múltiple poses (estudiante aplicada,
joven afrancesada, frecuentadora de las boîtes de jazz “donde todavía se
podía escuchar a Stan Getz o a Miles Davis,”
9
lectora voraz, cinéfila,
amante y escritora) es primordialmente una invitación a la emancipación del
deseo. Sin embargo, el París de Molloy comienza con desasosiego: “Para el
que va a París escribe Molloy retomando el fraseo de Amado Nervo en
su crónica del primer viaje en 1900 home, por lo menos en mi caso, es
algo que se ha dejado para siempre atrás. Si bien no me encontraba del todo
ya sabía que, de volver a mi punto de partida, me sentiría completamente
desubicada.”
10
Como veremos, la experiencia cosmopolita que la narrativa
de Molloy nos permite reconstruir hace de esa dislocación vital, cuyo vivir
entre lenguas es el primer trampolín hacia un mundo vasto y poblado de
posibles refugios, un modo de generar comunidad afectiva desde la errancia.
Si bien cuando Molloy llega a la ciudad hacia fines de los 50s el trauma
de la guerra y la ocupación son aún palpables, también lo son los resabios
de esa libertad que caracterizó al París de entre-guerras, para entonces
devenida underground pero que ella verá emerger explosivamente en el 68
francés. El París de Molloy se inserta también en una larga tradición de
viajes latinoamericanos, desde el siglo XIX que ella misma evoca en la
voracidad cultural de Sarmiento (“no menos sagrados, como sitios
culturales, eran desde luego los Grands Magasins adonde yo, como tantos
recién venidos, me dirigí en cuanto llegué a París. Después de todo, no otra
cosa hizo Sarmiento”
11
) y en la francofilia de Darío (“me presenté a una
beca para cursar estudios universitarios en Francia. La gané, cru el
Atlántico con un baúl lleno de libros, y cuando llegué a París, como Rubén
7
Sylvia Molloy. El comun olvido. Buenos Aires, Editorial Norma, 2002, p.352
8
Ricardo Pligia, “Prólogo” en Silvia Molloy En breve cárcel, Serie Reciénvenido, Fondo de Cultura
Económica, Buenos Aires, 2012.
9
“EL París de Molloy”, p. 20
10
Op.Cit p.18
11
Op. Cit p. 30
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Darío a quien leería más tarde, ‘creí hollar suelo sagrado.’”)
12
En esa
tradición, cuya astuta clasificación se la debemos a David Viñas, se han
adjudicado múltiples significados a París: ser la estrella distante que desde el
horizonte europeo guiaba destinos de las nuevas repúblicas; representar la
república de las letras donde se hace o deshace la consagración literaria; ser
la capital del consumo refinado y el deseado progreso de las elites
novomundanas. El París de Molloy se reconoce en esa tradición, pero
cuando la ciudad deja atrás el siglo XIX, se ve desplazada como la capital de
la modernidad, y pesa sobre ella la sombra vergonzante de la ocupación
alemana, otros sentidos adquieren fuerza: el París laboratorio, taller, espacio
de análisis y búsqueda a partir de la dislocación y el destierro, el safe-haven
para la disidencia sexual y política, y más adelante incluso, el desencanto.
13
El París de Molloy se posiciona dentro de una genealogía de
imaginación libertaria, que se enlaza con el París de las vanguardias y la
ciudad de entreguerras, con ese cosmopolitismo de expatriados, de artistas
asilados y perseguidos políticos refugiados en Montmartre, de escritores
afro-americanos e internationnalisme noir, con el París queer y nocturno de Lulu
de Montparnasse y Le Monocle retratado en las fotografía de Germaine
Krull y Brassaï. Como señala Brent Edwards con respecto a lo que es más
que un mito de entreguerras: “Es importante reconocer que la importancia
de París en este período no es cuestión del mero tamaño de la población.
En otro sentido, como argumentó Raymond Williams, la metrópolis
europea proveía un espacio singular, vibrante, cosmopolita, para
intercambios que no eran posibles ni en los Estados Unidos ni en las
colonias… París, entonces, es crucial porque permite el cruce de mites y
fronteras, conversaciones, y colaboraciones que no se daban con tal
intensidad en cualquier otro lugar.”
14
Sobre ese París se recortan también
figuras latinoamericanas, entre otras el París de Teresa de la Parra y Lydia
Cabrera, un recorrido analizado por la propia autora.
12
“Lectura y cotorreo” en Citas de Lectura, p.33
13
Como lo ha señalado la crítica, estos son años de inflexión en la relación de los intelectuales
Latinoamericanos y París. Los años de residencia de Sylvia Molloy y sus consecutivas estadías la colocan en
una posición intersticial entre el Paris de los exiliados anti-peronistas o “exilio de los 50s;” el grupo llamado
“los Argentinos de París”, integrado entre otros por Edgardo Cozarisnky partenaire flˆaneur de Molloy; y el
exilio durante la dictadura militar. Ver: Mariana Bustelo, «La palabra migrante: escritores argentinos en
búsqueda de un terreno propicio para la creación», Amérique Latine Histoire et Mémoire. Les Cahiers
ALHIM [En línea], 12 | 2006; Daniel Link, “Los Argentinos de París: razones de la aflicción y del desorden,”
Cuadernos de Literature Vol XXI, No.42, Julio-Diciembre 2017, pp 161-178; y Germán Garrido, La
Internacional Argentina: las cosmopolíticas queer de Copi, María Moreno y Néstor Perlongher (1971-1992), New
York University, tesis doctoral, 2017.
14
Brent Edwards. The Practice of Diaspora. Literature, Translation, and the Rise of Black Internationalism,
Boston, Harvard University Press, 2003, p.4 (traducción mía).
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 195 ISSN 2422-5932
A su llegada en 1958, a Molloy la preceden por unos años la figura
emblemática de Julio Cortázar quien fija residencia permanente en 1951, y
el viaje de María Elena Walsh, quien llega desde Estados Unidos a París en
1952 y donde permanece por cuatro años, en los que realiza performances y
conciertos de sica folk junto a Leda Valladares.
15
Walsh parte de regreso
a Buenos Aires en 1956, pero el arrivo de Molloy podríamos decir que casi
coincide con otro viaje de reinvención, el de las fotógrafas argentinas Alicia
D’Amico y Sara Facio, quienes recibidas de la Escuela de Arte Prilidiano
Pueyrredón también se presentan a una beca del gobierno francés. Ganan
su condición de Etudiant patroné pour le gouvernement de Francey viajan en
barco a París en 1955 donde permanecen un año, iniciándose allí en la
fotografía que pronto devendrá su profesión y su forma de expresión
estética. Las viajeras-amigas son también un motivo que intriga y precede al
viaje de Molloy, que nutre su París imaginario: “A París iba también,
después de la guerra, cada dos o tres años, una amiga de mi madre, también
de familia francesa del sur … Siempre viajaba con una amiga que, recuerdo,
se llamaba Alicia, y las dos se embarcaban con las valijas cargadas de latas
de conserva y otros alimentos que escaseaban en Europa… Muchos años
después caí en la cuenta de que la amiga de mi madre y Alicia eran amantes,
y que los viajes eran una manera de estar juntas, libres de miradas críticas y
lejos de Buenos Aires.”
16
Las fotógrafas, así como más tarde también la propia Molloy,
comenzarán a transitar ese trayecto trans-Atlántico (D’Amico hasta sus
últimos años y dedicándole una extensa serie fotográfica a su propio París).
En el transcurso configuran una serie de retratos que se convertirá en la
cara visible del fenómeno literario del boom. En París retratan a Julio
Cortázar, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Severo
Sarduy entre otros escritores.
17
Ese panteón literario se complementa con
otros retratos, entre ellos, la imagen quizás más reconocible de Alejandra
Pizarnik, quien a su vez llega a París por primera vez en 1960. En una carta
enviada a Ana María Barrenecha, la poeta escribe: “Toda mi concepción del
mundo se ha dado vuelta: me he quedado desnuda y carente de conceptos y
15
El dúo “Leda y María” graba en esos años dos discos para el sello Le chant du monde: Chant d’Argentine
(1954) y Sous le Ciel de l’Argentine (1955).
16
“El París de Molloy”, p.24
17
Alicia D’Amico y Sara Facio. Retratos y Autoretratos, Buenos Aires, Ediciones de Crisis, 1973. Sobre el
París de Alicia D’Amico, ver el documental “El cuerpo de la mujer sin sombra” de Tamara García
Iglesias, 2019 (https://vimeo.com/291453074) donde la directora sigue un itinerario dictado por la
memoria de amigas de D’Amico, que puede superponerse con el relato “Inscripciones” de Molloy en
Escribir París.
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 196 ISSN 2422-5932
preconceptos. No sé que será de todo esto, pero me siento cambiar y
transformar.”
18
La historia se desarma en imágenes.
Paris was a woman
.
Como sucede con los encuentros y primeras experiencias de la ciudad de
París, siempre hay algo manqué, algo que requiere un desaprender a ver y un
ajuste de la mirada. Esos encuentros siempre están precedidos por un
intenso trabajo de la imaginación, que configura una imagen constelada a
partir de fragmentos de lecturas, citas, imágenes. El reservorio de la cultura
visual parisina es prácticamente inabarcable, trabajada en todos los géneros
y medios, pero hacia los años 1950s se intensifica particularmente el “mito
de París” con los esfuerzos por dejar atrás las privaciones de la guerra,
reactivar la industria francesa, reencender de las cenizas el proyecto de
misión civilizatoria frente a los procesos decoloniales y la guerra de Argelia.
El año anterior a la llegada de Molloy a París se estrena Funny Face, la
película que quizás mejor sintetiza esta idea diseminándola globalmente. El
París chic de la renacida haute-couture gracias al ímpetu del modisto
Christian Dior y su “new look” lanzado en 1947
19
promocionado por las
revistas estadounidenses Vogue y Harper’s Bazaar. Su contrapunto es el París
de los cafés existencialistas y las librerías donde se gesta una nueva
generación de intelectuales, así como el París de la música jazz y la danza
moderna, todo en pantalla technicolor y envuelto en una historia romántica a
lo Cenicienta. En el musical de Stanley Donen, una Audrey Hepburn
icónica (pantalón cigarrette negro, polera negra ajustada y zapatos chatitos de
charol negro, pelo recogido en ponytail o bajo un pañuelo) es una empleada
de una librería del bohemio Greenwich Village devenida modelo en Saint-
Germain-des-Prés, que se debate entre la filosofía y la fotografía,
personificada por Richard Avedon, el rol que asume Fred Astaire. Lo que el
filme lleva a las masas es la idea de ese París renovado, la creación del París-
fantasía de los 1950s y 60s en la imaginación popular, que Avedon creó
llevando la moda a las calles y convirtiendo a la ciudad en su propio set de
filmación.
18
Correspondencia Pizarnik, Ivonne Bordelois (ed), Buenos Aires, Seix Barral, 1998, p. 95 Facio y
D’Amico realizan el retrato de Pizarnik en 1964 en casa de sus padres, donde se alojaba
temporariamente, recién llegada de su primera estadía en París. Hubo una primera sesión de estudio,
según el testimonio de Facio, interrumpida por la llegada de Silvina Ocampo, a quien Pizarnik no
conocía aún personalmente.
19
El “new look” fue fotografiado en una de sus únicas series de reportaje de moda, en color, por
Robert Capa en 1948. Las modelos son fotografiadas mientras caminan, paseando sus perritos, por
Place Vendôme.
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 197 ISSN 2422-5932
Esta idea es complementaria con la imagen del “París humanista” que
Facio y D’Amico absorbieron, representada en la obra de Robert Doisneau,
Henri Cartier-Bresson, y Willy Ronis, con su versión cálida, lírica e
ingeniosa de una vida urbana en realidad mucho más conflictiva y violenta.
Como escribe Molloy, describiendo la inestabilidad política de ese
momento, puntualizando “la incertidumbre que caracterizaba el paso de la
cuarta república a la quinta, en la inestabilidad de Argelia que había
motivado el mesiánico regreso de De Gaulle, el general que “había
comprendido” a los franceses. Hablo de los atentados de Agosto del FLN,
del toque de queda impuesto en París por el prefecto Papon pero solo para
los argelinos.”
20
¿Hay un París de Molloy que preceda a la experiencia vital de la
ciudad y sus múltiples itinerarios? Efectivamente, como en muchos de los
escritores que ella misma analiza, la idea de París, precedía por mucho en
mi mente, como lugar de deseo e incertidumbre, a mi experiencia directa de
la ciudad.”
21
Por supuesto, esa imaginación se fue poblando de lecturas de
literatura francesa y lecturas en francés: “El amor por los libros, el amor a
través de los libros, se dio en francés, mi tercera lengua.”
22
Un imaginario
mediado por la pasión que despertaba Madame X,
(la profesora de francés “de quien yo, sin saberlo del todo, estaba
perdidamente enamorada”
23
) pero que no aparece relacionado
específicamente con la ciudad, que tampoco es la ciudad natal de su madre.
Hay sin duda un imaginario forjado a través del cine, (¿quizás Molloy vio
Funny Face antes de viajar?) porque como ella escribe: “mi conocimiento de
París previo a mi llegada fue más cinematográfico que literario.”
24
Aparecen
en sus textos dos imágenes ligadas específicamente a la ciudad y a Francia
que alimentaron su imaginación de adolescente, una ligada a su padre, y la
otra a su madre. En su imaginación, París era una mujer.
25
Curiosamente París era un lugar que asociaba con mi padre, que no era
francés: había hecho sí, viajes a París por negocios, uno de ellos justo
después de la guerra y regresó con cuentos de penurias, racionamientos,
alivios, rencores. También con un programa, o acaso un menú, de la una
20
“El París de Molloy,” p. 18
21
Op. Cit. p. 22
22
Citas de lectura, p. 17.
23
Op.cit, p.17
24
“El París de Molloy,” p. 38
25
Paris was a Woman es el título del ya celebrado documental de Greta Schiller (Zeitgeist Films, 1996)
que reconstruye el ambiente de artistas, fotógrafas, escritoras, diseñadoras, coleccionistas mujeres,
muchas de ellas queer, en el Paris de entreguerras. Gertrude Stein, Alice Toklas, Adrienne Monnier,
Sylvia Beach, Gisèle Freund, Natalie Clifford Barney, Djuna Barnes, Berenice Abott, Janet Flanner, son
creadoras de una comunidad creativa alternativa de expatriadas.
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 198 ISSN 2422-5932
boîte de la Avenida Franklin Roosevelt llamada, creo recordar, Le Cabaret,
que lucía en la tapa una mujer vestida de verde, con gran escote y un
cigarrillo a medio fumar en la mano. El título de la ilustración, que hizo
enmarcar y colgó en un pasillo, era Petit chou. Retrospectivamente creo que
se parecía a Barbie
26
.
Jean Gabriel Domergue, Chou, ca. 1950
La écfrasis precisa confirma no sólo la nitidez visual del recuerdo, quizás
sustentado en una continua exposición en el pasillo de su casa, así como la
mirada retrospectiva que intenta distanciarse de él, de acusar su fetichismo.
Esa mujer seductora, medio cocotte medio bailarina de can-can, imagen de la
demi- monde, que supo atraer la mirada de su padre para volverse souvenir y
sinécdoque de una ciudad que se levantaba de las ruinas de la guerra y la
ocupación, ocultándolas bajo el signo del París hedónico del fin-de-siglo.
Molloy agrega un detalle que, en su exceso, resignifica. La mano enguantada
en raso negro no tiene cigarrillo, y el rojo dibujado de los labios se ve nítido
e inalterado; la mano con sus dedos largos y entreabierta sostiene mas bien
un pequeño objeto rojizo. Aquello que Molloy sustituye y agrega es el acto
26
Op. Cit p. 23
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 199 ISSN 2422-5932
transgresivo, su mujer parisina es la mujer que fuma, en público y así desafía
esa iconografía que bordea el kitsch. Redime esa imagen atribuyendo
agencia a esa imagen femenina. Molloy hace de la pose pin-up de
Domergue
27
que bien confirma la asociación retrospectiva con Barbie
quien sino Molloy es la gran observadora crítica de la pose! un gesto
irónico e irreverente, desarmando su masculina objetivación. Chou, una
bomba de crema, metáfora gastronómica que subraya el erotismo reductivo
de Domergue que liga el menú de Le Cabaret a la satisfacción del visitante
comensal masculino. Petit chou en el recuerdo de Molloy, cosita, ternurita,
infantilización propia del régimen patriarcal que ese París -mujer habilitará
no sólo a dejar atrás sino a desafiar, en definitiva deconstruir.
La otra imagen que precede el encuentro con la ciudad francesa apela a
Francia como nación, condensa un gesto político, un gesto asociado en la
familia materna a la resistencia, al rechazo fundamental de toda asociación
con Alemania, país opresor. En la narrativa de Molloy hay un par de
variantes de esta imagen-recuerdo, pero cito aquella que aparece ligada a su
madre:
“Cuando cayó París en 1940 dicen que una prima de mi madre se quitó
unos aros que usaba a diario y declaró que no se los volvería a poner hasta
que la ciudad no fuera liberada. Y cuando entraron los aliados en París no
solo Germaine recurrió al acto simbólico de volver a ponerse los aros:
también mi madre, que a su vez se prendió un broche en la solapa y que no
se lo quitó hasta no cuando, un gallo tricolor con la cruz de Lorena en el
centro.”
28
27
Jean Gabriel Domergue (1889- 1962) pintor e ilustrador francés, conocido como el inventor del estilo
pin-up por sus retratos femeninos de mujeres parisinas de 1920s. Fue también retratista de círculos
aristocráticos y trabajó como diseñador para couturiers como Paul Poiret.
28
“El París de Molloy”, p.22-23
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 200 ISSN 2422-5932
Pablo Picasso, Coq Tricolore à la Croix de Lorraine, 1945. Musée national Picasso-
Paris, donación de Pablo Picasso, 1979.
Como vemos, las imágenes que preceden al encuentro con la ciudad,
con la cultura francesa y su marcado nacionalismo, aparecen asociadas a
gestos y poses de autonomía femenina. El acto de resistencia de la prima
Germaine, sustraerse toda forma de vanidad, de posible embellecimiento es
como un acto-promesa, una pequeña diaria confirmación, de que el
sufrimiento y la humillación sufrida por la nación tendría final, que la
austeridad se acabaría y que el recato daría lugar a la fiesta y la celebración.
Como bien afirma Molloy, “el imaginario de las guerras es misterioso, sus
invenciones imprevisibles,”
29
y ese imaginario de la guerra que entra en la
casa natal de la autora por su lado materno, ese linaje de mujeres dignas y
estoicas ante las privaciones bien puede contrastarse con otras mujeres
francesas que Molloy describe, en particular durante su investigación
doctoral a los archivos de Valery Larbaud en, nada menos que el corazón
colaboracionista de la ciudad de Vichy. El estoicismo de Germaine se
contrapone al silencio cómplice de la bibliotecaria Madame Vignac, que no
puede recordar nada. O con la tendencia a la delación de las porteras
francesas.
La euforia por la liberación de París tiene vívidos testimonios en la
literatura argentina, en los testimonios de Victoria Ocampo, por ejemplo, y
en la de varios franceses refugiados en Buenos Aires, en las cartas de Roger
Caillois, en las memorias de Gisèle Freund, y el conmovedor relato de
Jeannine Worms en su Album de -bas. Molloy suma la imagen del gallo
tricolor que su madre viste orgullosa en su solapa. La imagen la acuña
Picasso, exiliado entonces de la España de Franco en París, quien a
29
Varia imaginación, p. 51
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comienzos de la segunda guerra, en 1940, solicita su naturalización como
francés y permanecerá en Francia hasta la liberación. La imagen condensa
tres símbolos ligados a Francia: el gallo, desde la antigüedad, el gallo es la
palabra latina que identifica al habitante de las Galias, fue utilizado como
insignia por Luis XIV y después de la revolución de 1789 el gallo es el
emblema protector de la república e incorporado a partir de 1848 como
símbolo oficial. La banda tricolor son los colores de la bandera nacional,
oficializada en 1830. Y finalmente, la cruz de Lorena aunque de larga
tradición, fue adoptada como emblema de la Francia libre por De Gaulle en
1940.
Así como Picasso se volcará a la representación de un símbolo más
universal, la paloma de la paz, y dejará de lado el nacionalismo Gaulliste,
Molloy será testigo de la transformación del régimen de postguerra
instalado por De Gaulle, y como todos los veranos desde su graduación, el
verano de 1968 la encontrará llegando a París en medio de las protestas. Allí
se ve frente al “azoramiento de ciertos franceses cuando se les decía que las
revueltas universitarias no eran nada nuevo para los latinoamericanos, que
por lo menos era eso algo que no teníamos que importar de Europa.”
30
Aunque se siente nuevamente dislocada, ya no es la joven estudiante
universitaria sino una profesora de literatura latinoamericana en los Estados
Unidos; ya no vive allí, sino que se hospeda en un hotel, el Deux
Continents, pero ese París sin duda también es suyo, De haber ocurrido
todo esto hace seis años, cuando aún era estudiante de la Sorbona, sin duda
estaría en las barricadas. La historia me había jugado una mala pasada.”
31
Pero ese acontecimiento también deja su recuerdo cristalizado en una
imagen.
30
“El París de Molloy,” p. 47
31
Op.cit p. 48
Uslenghi, “El París de…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 202 ISSN 2422-5932
Pierre Alechinksy, “L’imagination prend le pouvoir,” afiche de Mayo, 1968.
“Me queda de Mayo del 68 un afiche de Pierre Alechinksy que hice
enmarcar hace años. Encuentro allí más frases que sin duda gritar (y
acaso también yo grité) en esos días, me divierto leyéndolas. Me dicen que el
afiche probablemente valga bastante si me decido a venderlo. No creo que
lo haga.”
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Efectivamente, la reificación y romantización de los resabios de la protesta
llevaron, en años recientes, a que esos afiches parisinos alcancen cifras
considerables. Para Molloy, su posesión como obra de arte, siguiendo a
Benjamin, rescata esas frases impresas sustrayéndolas de su puro valor de
intercambio, para preservar aquellos deseos utópicos incumplidos o
traicionados, esperando que nuevas formas de la crítica y de la política
logren actualizarlos.
El París de Molloy pone en constelación algunas otras imágenes,
entre las que se encuentra el primer lugar donde residió, integrando
nuevamente en una larga lista de jóvenes intelectuales, la Maison Argentine de
la ciudad universitaria, donde sin saberlo entonces y descubriéndolo al leer
su correspondencia familiar, coincidió con Manuel Puig.
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Los paseos por
Montparnasse donde encuentra en el atelier de Stanley Hayter a Delia del
Carril, la primera mujer de Pablo Neruda y los paseos por el parque
Bagatelle siguiendo los pasos de Vita Sackville West. Las películas-escándalo
como Les amants de Louis Malle (1958) en el cine Champollion del
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Op.cit. p, 48
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En 1955 Sara Facio y Alicia D’Amico iniciándose como reporteras publican una nota sobre la vida en
la Maison Argentine para la revista El Hogar de Buenos Aires.
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Barrio Latino; las grandes tiendas, y la primera colección de Ives Saint-
Laurent con su famoso vestido trapecio.
En el itinerario que Molloy diseña siguiendo el dictado de su memoria
y constituye el texto titulado “Inscripciones,” se describe su flânerie Parisina
por la rive gauche, de Saint-Germain-des Près hacia el Barrio Latino. Se van
asociando en el recorrido, calles y personajes. En el centro del 7ème
arrondissement se detiene tanto en la tienda del Bon Marché como la casa de
Gide; más allá, el bar de Pont Royal, donde vió a James Baldwin, como el
petit hotel donde murió Wilde. El recorrido también recupera el recuerdo
de figuras femenina como Consuelo Suncín, viuda de Enrique Gómez
Carrillo y de Antoine Saint Exupéry, y Elena de la Souchère. Salvadoreña y
española, ambas escritoras y periodistas, viajeras cosmopolitas; tanto la
extravagante Consuelo como Elena, la viejita dandy, ambas encontraron en
París un espacio donde hacerse oír. Molloy también recupera los recorridos
cotidianos de otro grupo de mujeres que se asocian con su París de los ‘60s,
Olga Orozco, Marta Minujín y Alejandra Pizarnik. Se detiene y describe una
imagen, una fotografía que condensa nuevamente otro aspecto del París de
Molloy, que pasará luego a ser materia de recuerdo-imaginación, germen de
ficción:
“Podría seguir, pienso, bajar hasta Saint Michel y el museo de Cluny, ver el
patio donde Olga Orozco nos sacó una foto, a Alejandra y a mí, sentadas
como dos niñitas juiciosas en el borde del aljibe, luego subir por la rue
Racine hasta la plaza de l”Odéon …”
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Número especial / Mayo 2021 / pp. 190-204 204 ISSN 2422-5932
Sylvia Molloy y Alejandra Pizarnik, 1962, fotografía tomada por Olga Orozco, publicada
en Susana Haydu, Alejandra Pizarnik. Evolución de un lenguaje poético, OEA, 1996.
Dos niñitas juiciosas, una crítica académica y futura novelista, trabaja
rastreando las huellas de la recepción de la literatura hispanoamericana en
Francia, la otra poeta en proceso de escritura del poemario Árbol de Diana
(1962). Leen, escriben poemas a cuatro manos, hacen de París su lugar.
Ambas con el look gamine tapados gamulán cruzados, cabellos pixie,
zapatos chatos una pose espejada, sentadas al borde del aljibe, con aire
inocente, dóciles, reservadas, reflexivas y donde también se adivina el
artificio, algo juguetón e inquietante subyace.
El París de Molloy entra en la ficción en 1972, año en que coincide
con una visita de Victoria Ocampo y juntas recorren el París elegante, van al
cine, cenan con el hijo de Malraux, con la viuda de Camus, con Graham
Greene. Molloy llega con el propósito de terminar un ensayo sobre Borges,
pero buscando alquilar un apartamento, “el destino me deparó lo
inimaginable: un lugar que no me era extraño…
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Nuevamente caminando
por Saint-Germain-des-Près, llega hasta la rue de Villersexel donde
reencuentra su pequeño departamento. Molloy hace de ese exiguo espacio,
su cuarto propio. El resto es literatura.
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Op.Cit, p.49