Podlubne, “Un diario biográfico…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 16 / Julio 2024 / pp. 197-224 197 ISSN 2422-5932
UN DIARIO BIOGRÁFICO.
SOBRE EL
BORGES
DE BIOY
A BIOGRAPHICAL DIARY.
ABOUT
BORGES
BY BIOY
Judith Podlubne
Universidad Nacional de Rosario CONICET
Profesora Titular regular de “Análisis de Texto” en la Facultad de Humanidades y Artes de la
Universidad Nacional de Rosario e investigadora independiente de CONICET. Publicó Escritores de Sur.
Los inicios literarios de Silvina Ocampo y José Bianco (Beatriz Viterbo, 2010). Compiló Maa Te-
resa Gramuglio. La exigencia ctica, junto a Martín Prieto (Beatriz Viterbo, 2015); Veinte ensayos
sobre literatura y vida en el siglo xxi, junto a Julieta Yelin (Editorial Municipal de Rosario, 2021) y
Barthes en cuestión (Bulk editores, 2021). Dirige el Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria de
la Universidad Nacional de Rosario.
Contacto: judithpodlubne@gmail.com
ORCID: 0000-0002-2200-6679
DOI: 10.5281/zenodo.12795860
ARTÍCULOS
Podlubne, “Un diario biográfico…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 16 / Julio 2024 / pp. 197-224 198 ISSN 2422-5932
Fecha de envío: 28/09/23 Fecha de aceptación: 10/12/23
Borges
Bioy Casares
Vida del Dr. Johnson
Diario
Biografía
El artículo propone una lectura de Borges de Adolfo Bioy Casares a partir de las reflexiones sobre
el diario personal y la biografía que el autor realiza en el ensayo “El diario de Léautaud”, publicado
en La Nación en 1956 e incluido luego con variantes en La otra aventura de 1968. Estas obser-
vaciones suscitan un corrimiento de las convenciones de ambos géneros. Bioy retoma una sugerencia de
Oscar Wilde, en la que se libera lo biográfico de sus pautas formales al inscribirlo en el diario, y hace
luego lo propio con lo diarístico al leerlo en la textura de la Vida del Dr. Johnson de James Boswell.
La idea medular del artículo sostiene que es solo a condición de estos desplazamientos que la biografía
de Johnson puede contarse como antecedente del diario sobre Borges. Mientras el libro de Boswell es
una biografía conversada, el antecedente maestro del llamado “giro relacional de la biografía contem-
poránea (Renders, De Haan, Harmsma, 2016: 6), el Borges de Bioy es un diario biográfico, cen-
trado en el registro de las conversaciones que mantuvo con el amigo durante el extenso período de vida
compartido por ambos. La conversación se transforma en materia y escenario de la amistad entre ellos.
Como Boswell con Johnson, a menudo Bioy recrea estos intercambios en estilo directo: la voz de Borges
es también obra suya. A partir de esta convicción, el artículo examina entonces cómo dramatiza el
diario estas conversaciones y la deriva que asumen con la decadencia de Borges.
RESUMEN
PALABRAS CLAVE
Borges
Bioy Casares
Vida del Dr. Johnson
Diary
Biography
ABSTRACT
KEYWORDS
Podlubne, “Un diario biográfico…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
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“Vitalidad póstuma
Desde comienzos del siglo XXI, la literatura argentina asiste a la publi-
cación torrencial de una serie de escrituras de vida (diarios íntimos, co-
rrespondencias, cuadernos de notas, entrevistas) compuestas a partir de
la edición póstuma de los papeles privados de autores pertenecientes o
allegados al grupo Sur. El conjunto ofrece vestigios de una dimensn
personal, doméstica, de la vida de escritores que hicieron del pudor, la
cortesía o el secreto tópicos predilectos de sus obras, pero también más-
caras afiladas de sus actuaciones públicas. Descanso de caminantes. Diarios
íntimos y Borges, de Adolfo Bioy Casares, aparecieron en 2001 y 2006 res-
pectivamente, al cuidado de su albacea y editor, Daniel Martino. Entre
uno y otro, en 2003, la editorial Lumen publi una selección de los Dia-
rios de Alejandra Pizarnik, a cargo de Ana Becciú; doce años más tarde,
por encargo del mismo sello, Becciú dio a conocer una versn corregida
y aumentada, pero todavía expurgada.
1
Ernesto Montequín, curador del
archivo de Silvina Ocampo y editor de su obra, publicó en Sudamericana,
en 2006, Invenciones del recuerdo, una extensa autobiografía en verso y, en
2008, Ercitos de la oscuridad, libro misceláneo que reun recuerdos de
infancia, epigramas, relatos de suos, notas y argumentos de cuentos.
Al cumplirse el vigésimo aniversario de la muerte de Ocampo, en 2014,
aparec en Lumen El dibujo del tiempo, otra antología de textos autobio-
gráficos y ensayísticos, en su mayoría inéditos: evocaciones de escritores
amigos, entrevistas, prólogos y notas inclasificables. En 2007, retomando
un impulso de la cada anterior, comenzaron a publicarse los intercam-
bios epistolares de Victoria Ocampo con distintos escritores locales y
extranjeros, un corpus abundante y diverso, a la espera de una lectura de
conjunto que apreciara sus cualidades como corresponsal.
2
B y Borges, de
1
En 1998, un lustro antes de la primera edición, Ivonne Bordelois había reunido parte del epistolario en
Correspondencia Pizarnik para Seix Barral Editores. En 2011, aparece Dos letras, volumen que reúne las
cartas entre Pizarnik y el escritor y artista español, Antonio Beneyto, para March Editor. En 2012, Andrea
Ostrov compiló y prologó Cartas, la correspondencia entre la poeta y León Ostrov, su psicoanalista, para
la Editorial de la Universidad Nacional de Villa María (Eduvim). En 2017, Bordelois y Cristina Piña
ampliaron la primera compilación al publicar Nueva correspondencia (1955-1972) en la editorial Lumen.
2
Las primeras cartas que se publicaron fueron las intercambiadas con Arturo Jauretche entre 1971 y
1973. Noberto Galasso las incluyó en el libro Dos Argentinas. Arturo Jauretche-Victoria Ocampo. Correspon-
dencia inédita. Sus vidas-sus ideas, aparecido en 1996, en la editorial Homo Sapiens de la ciudad de Rosario,
y reeditado por el Fondo Nacional de las Artes en 2006. En 1997 apareció Cartas a Angélica y otros, el
volumen compilado por Eduardo Paz Leston para Sudamericana. Y un par de años después, el mismo
sello editó una selección de la Correspondence con Roger Caillois, aparecida originalmente en francés en
Éditions Stock en 1997. La edición se intensifi y aceleró, de manera notable, a partir de la primera
década del siglo XXI (Ocampo, 2007, 2009, 2009a, 2010, 2013, 2019, 2019a, 2020, 2021, 2022, 2023;
Dyson, 2019 y Stephenson, 2023).
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Carlos Mastronardi, se dieron a conocer en 2007 y 2010, respectiva-
mente, y compilaron las más de ciento treintaginas de anotaciones que
el escritor les había dejado, en el primer caso, a Jorge Calvetti y, en el
segundo, a Eise Osman, sus albaceas.
3
En 2011, aparec la Corresponden-
cia (1960-1970) entre María Rosa Oliver y Eugenio Guasta, al cuidado de
Montequín, en la Editorial Sur. En Espistolario, de 2018, Daniel Balders-
ton y María Julia Rossi compilaron y prologaron las cartas de José Bianco
a distintos destinatarios y sumaron un apéndice final con una selección
de fragmentos de sus diarios, que se conservan en el archivo de la Uni-
versidad de Princeton. Las últimas entregas fueron, por el momento, el
Wilcock, de Bioy, a mediados de 2021, y la Correspondencia de Enrique Pez-
zoni y Raimundo Lida que la Editorial de la Universidad Nacional de
Tres de Febrero (Eduntref) publi en 2022.
4
Inspirado en este despliegue editorial, entre cuyas motivaciones ha-
bría que contar, además del atractivo que despiertan los autores canicos
del siglo XX, el intes actual por los archivos personales y las escrituras
de vida, Maas Serra Bradford anota que “las sorpresas en la literatura
argentina las sigue deparando el pasado(2023: 12). Si bien todos los li-
bros mencionados iluminaron facetas o matices inéditos de la vida y la
obra de los implicados, tanto en calidad de autores como de temas, en
ningún caso la sorpresa tuvo la magnitud y el vigor del Borges de Bioy.
Borges no solo most aspectos recónditos del biografiado e iluminó, con
una lente privada, debates medulares de la cultura argentina su fuerza
documental es enorme sino que, además, puso en evidencia que, con la
muerte de Bioy, naa el máximo exponente de la escritura diastica y bio-
gráfica en la Argentina contemporánea. Las s de 1600 páginas del vo-
lumen se distanciaban con nitidez tanto del camino de austeridad que su
produccn narrativa había emprendido en 1954 con El sueño de los héroes,
ciclo que coincidió con la escritura de los momentos más fervientes del
Borges, como de las banalidades e impudores de la extensa obra memoria-
stica y diarística que Bioy comena publicar en el último tramo de su
vida, cuando ya era un narrador consagrado. La aparicn del Borges le
3
En 2001, la Universidad Nacional del Litoral anuncia la publicación de las Obras completas de Mastro-
nardi, a cargo de Claudia Rosa. Rosa transcribe y ordena los originales de B y Borges, atendiendo a distintos
indicios materiales (tipo de papel, tipo de letra) y referencias circunstanciales. Si bien las diferencias entre
un volumen y otro permiten pensarlos con relativa autonomía los de Borges son fragmentos más exten-
sos y en apariencia más corregidos que los de B, ambos reúnen comentarios críticos sobre su literatura,
registros de sus ideas, a veces comentadas, observaciones sobre rasgos de su personalidad, anécdotas de
momentos compartidos. La publicación de B en 2007 la anticipa la Academia Argentina de Letras, gracias
a la donación de los originales, realizada por Calvet
4
Este listado no es exhaustivo, solo busca dar cuenta de un corpus representativo que fundamente las
afirmaciones iniciales, atendiendo a algunos de los escritores más destacados del grupo.
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otor al escritor una “vitalidad póstuma” que con derecho hubiera dispu-
tado los primeros puestos del ranking de autores muertos con que él y su
amigo se divertían la noche del 3 de noviembre de 1966. En la entrada
correspondiente a ese día Bioy anota:
Hice un ranking de autores muertos, según la vitalidad póstuma. Se lo leo:
Hernández, Quiroga, Arlt, Sarmiento, Florencio Sánchez, Macedonio Fer-
nández, iraldes, Lugones. Le divierte mucho la idea de que para algún
momento de la posteridad Quiroga, Arlt, Florencio Sánchez tengan im-
portancia y estén en la misma frase, en una ocasn siquiera, con Lugones.
Opina que solo la gloria de Güiraldes está en baja; no a la de Quiroga, la
de Lynch, la de Arlt, ni la de Florencio Sánchez (2006: 1141).
En “The making of Borges”, un texto breve y cauto, aparecido en 2011 en
el sitio web de la editorial Planeta, cuando se publi la Edición Minor,
Martino cuenta el origen postergado del libro que Bioy había venido anun-
ciado en distintas ocasiones durante sus últimos os.
5
El relato compone
un mito de origen providencial que, al tiempo que transmite el ánimo for-
tuito de la conversación, identifica al sesgo los roles de los implicados con
nombres célebres de la tradición literaria.
Una tarde recuerdo con exactitud la fecha: el viernes 22 de noviembre de
1996, en la que presuntamente organizaríamos su Descanso de caminantes,
comenzamos en cambio a conversar sobre bgrafos y biografías, y a dis-
cutir un tema que lo obsesionaba desde siempre: la figura de Johnson, el
carácter de Boswell y aun el papel de Malone, el erudito irlandés que había
ayudado a Boswell a editar su Vida de Johnson. Esa tarde, a diferencia de
otras, sentí que Bioy ponía énfasis casi melancólico en cada una de sus
observaciones. Por fin mencio la vida de Borges que alguna vez había
planeado, para la que había reunido tantas anotaciones y que nunca se
había resuelto escribir. Amargamente repitió una frase que solía invocar al
leer un texto sobre algún asunto que él podría haber escrito mejor: shame
5
Un ejemplo: en Bioy en privado, el libro de entrevistas de Silvia Reneé Arias publicado en 1998 en Guía
de Estudio Ediciones, se lee lo siguiente:
¿Cuándo va a escribir esas conversaciones con Borges de las que me habló más de una vez?
No sé, cuando convenza a María Kodama, porque parece que todo lo que se publica sobre Borges es
propiedad exclusiva de Kodama, ¿no? Parece una barbaridad pero es así.
¿Usted se lo ha preguntado?
Ella no quiere hablar conmigo. Yo he tratado de hacerme amigo, pero no hay caso. Tal vez sienta
temor de lo que se pueda llegar a decir de ese libro” (1998: 68). Y más adelante, la entrevistadora insiste:
Usted tiene que escribir sobre Borges, Bioy; no puede impedírselo María Kodama. Tiene que publicar
esas conversaciones.
No te preocupes por mis Diarios. Ya los vas a poder leer cuando yo me muera y los publiquen (1998:
77).
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to be mute and let barbarians speak, una cita, sen supe desps, de un drama
perdido de Eurípides. Me dijo que, con su silencio, había permitido que
otros tomaran la palabra para hablar de Borges. En ese momento algo me
impulsó a explicarle que ese libro ya existía; que estaba, como la estatua
en el mármol, contenido en sus Diarios: solo faltaba aislar ese material,
ordenarlo, revisarlo y agregar notas, donde fuera necesario para aclarar las
alusiones literarias y las referencias a la vida cotidiana de cuarenta os
atrás. Me confe que había intentado hacerlo yo conoa esas breves
selecciones, aparecidas en la prensa pero que haa desistido ante las di-
ficultades de la empresa. (2011: s/p)
Unos meses antes de esta charla, en junio de 1996, se había cumplido una
cada de la muerte de Borges, y el aniversario había multiplicado los tes-
timonios y escritos sobre su figura y su obra.
6
La fecha contribuiría a la
melancoa y la amargura de Bioy, y su edad, 82 años en ese momento, lo
estimularía a difundir los manuscritos que había mantenido en reserva
hasta entonces. El número Homenaje a Borges que la revista La Maga
había publicado en febrero recogía el capítulo veinte de sus Memorias, edi-
tadas en 1994, encabezado con esta declaración: “No quiero morirme sin
escribir algo sobre Borges. El impulso y la intervención de Martino re-
sultaron fundamentales para que Bioy pudiera cumplir su deseo.
Al día siguiente de esta charla, los planes de ambos se modificaron y
el trabajo sobre el Borges se antepuso a la edición de Descanso de caminantes,
que quedó finalmente a cargo exclusivo de Martino. Manuela Barral exa-
minó el papel decisivo que Martino tuvo en la publicacn de la obra s-
tuma de Bioy y advirtió la centralidad que Bioy le había atribuido a este
libro. Barral situó e interpretó la serie de decisiones conjuntas que, en el
marco de ese plan general de publicacn de los papeles privados men-
cionado por Martino en el “Posfacio de Descanso de caminantes, él y Bioy
debieron tomar entre el armado de ese libro y el Borges. Primero, que la
revisn y el diso del Borges fuera una prioridad; segundo, que la presen-
cia de Borges resultara entonces una “elipsis deliberada” (2019: 46) en Des-
canso de caminantes y tercero, que este se publicara antes que aquel. Si bien
estas medidas contribuyeron a una difusión ordenada y gradual de los ma-
nuscritos de Bioy, en modo alguno pudieron prever la metamorfosis que
el Borges operaría sobre la imagen de su autor ni la “sobrevida que le otor-
garía a su obra. En Escribir después de morir (2022: 9), Javier Guerrero señala
que el archivo de un escritor puede exceder su condicn funeraria para
otorgarles a sus textos una supervivencia particular, que pone en cuestión
la coincidencia entre el fin material del autor y el cese de su escritura. La
6
Alcanza con decir que ese año se publicaron cinco biografías de Borges: las de Alicia Jurado, Volodia
Teitelboim, Alejandro Vaccaro, María Esther Vázquez y James Woodall.
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publicacn del Borges no solo reve en Bioy un escritor desconocido, la-
borioso y excesivo, dedicado a una tarea fragmentaria que el paso del
tiempo volvió descomunal, sino que además dio a conocer una obra ex-
traordinaria, de forma impar, una forma hologa a la de esa amistad co-
tidiana que Bioy y Borges mantuvieron durante décadas.
En “El diario de Léautaud”, el ensayo que escribió para La Nación en
noviembre de 1956 y que incluyó luego con variantes en La otra aventura,
de 1968, Bioy cita una sugerencia de Oscar Wilde que, medio siglo des-
ps, el Borges convierte en divisa: “Cada cual debe llevar el diario de aln
otro, porque nada es tan difícil como juzgar los hechos que nos conciernen
directamente” (1983: 121). La idea se completa, a línea seguida, con un
agregado del propio Bioy: la más famosa de las biografías, la Vida del Dr.
Johnson, por Boswell, puede describirse como el diario de un escritor, lle-
vado por otro(121). Los desos que proponen estas observaciones sus-
citan un corrimiento de las convenciones de ambos neros: Wilde libera
lo biográfico de sus pautas formales al inscribirlo en el diario y Bioy hace
lo propio con lo diarístico al leerlo en la textura de Boswell. Es a condición
de estos desplazamientos que la biografía de Johnson puede contarse como
antecedente del diario sobre Borges. Se señala a menudo que, además del
primer bgrafo moderno, Boswell fue un diarista prolífico y adelantado.
El diario íntimo llegará a convertirse en un género literario, concebido y
ejercitado como tal por los escritores, recién entre mediados del siglo XIX
y principios del siglo XX. Boswell cuenta que Johnson le había sugerido
que escribiese uno:
Me recomendó que llevase un diario en el que recogiera los pormenores de
mi vida, que escribiera abundantemente y sin reservas. Afirmó que sería un
muy buen ejercicio, que me daría una gran satisfacción cuando los particu-
lares se me hubieran borrado de mi memoria. Fue singularmente afortunado
haber tenido con él previa coincidencia de opinión sobre esa materia, pues
ya llevaba yo esa clase de diario desde algún tiempo atrás, y me causó no
poca alegría poder comunicárselo y recibir aprobación. Gracias a este hábito
me he visto en condiciones de dar al mundo tantísimas anécdotas que de lo
contrario se habrían perdido para la posteridad. (2007: 401-402)
Por razones hisricas s que personales, el diario resultó en su caso el
principal insumo de la biograa. Sus notas tomaron forma y se expandie-
ron en parlamentos o escenas de la Vida de Johnson. La idea de Bioy parece
haber sido en un comienzo la misma de Boswell: reunir una cantidad de
notas que le permitieran escribir la vida del amigo, pero el impulso de
anotar sobrepasó en su caso las intenciones y transfigu el objetivo. La
cantidad de ginas reunidas, de anécdotas y reflexiones acumuladas,
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conspiraron contra la selección y la generalización propias del relato bio-
gráfico. Consecuente con la sugerencia de Wilde, pero librado sobre todo
a este ímpetu de escritura renovado cada noche a lo largo de las décadas,
la forma diarística que asume el Borges lo distingue de la Vida de Johnson. A
diferencia de esta última, que es una biografía conversada, el antecedente
maestro del llamado “giro relacional de la biograa contemporánea (Ren-
ders, De Haan, Harmsma, 2016: 6), el libro de Bioy es un diario biogfico,
centrado en el registro de sus encuentros con Borges durante el extenso
período de vida compartido por ambos.
El vínculo con la Vida de Johnson se anuncia en la contratapa del Borges
y aparece también en elPrefacio: allí Martino sala que Bioy comienza
a escribir las “interminables y exaltadas conversaciones” con el escritor en
1947, pocos meses desps de haber terminado la edición prologada y
anotada de una Suma de Johnson que Emecé no lle a publicar. El Borges
abunda en los intercambios que mantuvieron sobre la Vida de Johnson, so-
bre los lectores de Boswell y de Johnson, sobre la obra, el estilo, las cuali-
dades y defectos de ambos autores. Una sutil especulación ad hoc en torno
a los problemas de la escritura biogfica se esparce a lo largo de sus pági-
nas y pone en evidencia que el Borges es antes un producto macerado du-
rante décadas en estas (y otras) reflexiones comunes que el resultado de
una decisión editorial precipitada en el final de la vida de su autor. A co-
mienzos del siglo XXI, tras décadas de releer y comentar la obra del prin-
cipal bgrafo ings del siglo XVIII, narrada, sen su intuicn (la de
Bioy), por un escritor que parece del siglo XIX, Bioy pone al día las escri-
turas diarística y biogfica contemporáneas con un libro elaborado a lo
largo de la segunda mitad del siglo XX y dedicado al máximo narrador de
vidas de la literatura argentina. La intuición de Bioy queda registrada en la
entrada del 28 de agosto de 1960:
BORGES: Tengo dificultades para conseguir colaboradores que escriban
sobre literatura inglesa del siglo xviii. Nuestros amigos no se aventuran a
largos viajes por el pasado. En verdad sus viajes son estrictamente autour
de leur chambre. Leen los libros que se publican hoy y nada más. Dice que
para quienes no están muy metidos en literatura inglesa, Johnson no existe y
el mismo Boswell es de entrada difícil: Conozco a mucha gente que fra-
casó con la Vida de Johnson. Le pregunto si esta idea le parece falsa: que
Johnson pertenece al siglo XVIII y Boswell al XIX. Me asegura que no le
parece falsa. Quizá yo escriba sobre esto (2006: 679).
El paralelismo entre Johnson y Borges se acentúa a lo largo del libro y
hace de ellos, además de sujetos biografiados, los maestros y modelos del
diarista: el Borges cataliza la maestría de los tres, incluida la de Boswell
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sobre todo la de Boswell, y los transforma en sus precursores. La encru-
cijada temporal no solo ilumina en retroactivo el fondo diastico de la
biografía de Johnson, sino que, además, explora la catadura biogfica de
un género propio de la primera persona.
Muchos de los lectores especializados del Borges, Daniel Balderston
(2010), Mariano Gara (2010), Nora Catelli (2012), Álvaro Monge Aríste-
gui (2015), Carlos Surghi (2016), atienden a la relación que este establece
con la Vida de Johnson. A menudo parten de la equivalencia entre las parejas
protanicas para contrastar los roles que cada uno ejerc en las distintas
circunstancias. ¿Fue Bioy el Boswell de Borges? ¿Sabría Borges que su
amigo anotaba los encuentros entre ambos? ¿Lo imaginaría? ¿Podría no
imaginarlo? El propio Bioy enuncia estas preguntas y promueve la ambi-
edad de sus respuestas, en la entrada del 18 de mayo de 1960, al retomar
los interrogantes que Borges plantea sobre Johnson:
Borges: “[...] ¿Sabría Johnson que Boswell estaba escribiendo la Vida? ¿En
el libro se dice? [...] Habría que investigar eso… Yo creo que sí. Explicaría
la inactividad de Johnson en los últimos años: no sólo por pereza no escri-
biría, sino por la seguridad de que nada de lo que decía iba a perderse. ¿Ten-
dría curiosidad de ver lo que Boswell estaba haciendo, de ver cómo lo mos-
traba en el libro? Tal vez no. En todo caso no creo que Johnson haya co-
rregido nada: darse el trabajo de corregir ese libro no se parece a Johnson
(por haraganería, por generosidad de alma, por indiferencia) [...]”. Yo me
preguntaba mientras tanto si él sospecharía la existencia de este libro: si
tendría curiosidad de leerlo; si lo corregiría; si la circunstancia de que últi-
mamente escribía tan poco se debería no solo a la deficiencia de la vista y a
la haraganería, sino también al conocimiento de este libro. (2006: 646)
La escena resulta tan oportuna y fecunda que parece intercalada a posteriori.
Ante todo, porque Bioy identifica, de manera explícita, su empresa con la de
Boswell, pero también porque aparece en la mitad del volumen, cuando han
transcurrido los años suficientes como para que, por un lado, pueda designar
como “libro” al conjunto de sus anotaciones (¿habrá existido entonces, a co-
mienzos de los años 60, el proyecto de editar el diario sobre Borges?, ¿habría
desistido ya en ese momento de la idea de escribir el relato de su vida?) y, por
otro, para que el misterio planteado por sus preguntas alcance proyección
novelesca en las entradas de las décadas siguientes. Pero también por otra
razón, fundamental: porque da cuenta del grado de conciencia que Bioy tiene
del valor de su empresa, de la importancia que le atribuye al creer que Borges
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podría considerarla parte de su propia obra, la que dejaba “por deficiencia en
la vista o haraganería” en manos de su amigo.
7
Con el paso de los os, más de quince desde la publicación, y ante
la carencia de reediciones, el Borges se fue convirtiendo en un libro de culto
y adquir un precio inaccesible, a la espera de lecturas que multipliquen
las pioneras. La expectativa que suscitó su anuncio en 1999 estaba pre-
visto que apareciera para el centenario del nacimiento de Borges se acre-
centó en 2006 con el disgusto que su salida provoen Maa Kodama,
heredera y albacea del escritor. Una nota sin firma, aparecida el 14 de abril
de 1999 en el diario La Nacn, presenta al Borges como “un tesoro literario
y cuenta que, al terminar de leerlo, el directivo de una importante editorial
comen a sus colaboradores: “¡Este material es dinamita!.
8
El estallido
no se hizo esperar; apenas editado, Kodama imputó a Bioy de ser el “Sa-
lieri de Borges (cfr. Gómez Bravo, 2007). Lo culpaba no de haberlo pla-
giado, sino de dar a conocer e incluso, de inventar, una vez muerto
Borges, los aspectos privados de la relación, movido por la rivalidad. In-
cluso varios os después nuevas declaraciones de Kodama, viralizadas al
ritmo maníaco de los TikTok, siguieron acusando a Bioy de traición, co-
bardía, egoísmo, mendacidad y falta de lealtad.
9
En el melodrama de la
viuda, Bioy deja de ser el amigo íntimo con el que Borges había compar-
tido sus noches durante décadas para transfigurarse en el rival que usu-
fructúa post mortem de esa situacn. El antagonismo soslaya la ambiedad
propia del lazo amistoso, esa mezcla de proximidad entrañable y descono-
cimiento mutuo, de admiración profunda y recelo ocasional, que el Borges
dramatiza con un calibre único, pero sobre todo prescinde de la lectura de
la obra, insta incluso a no leerla, por reducirla a un acto de revancha.
7
Podría encontrarse el reverso paródico de esta escena tan elaborada en la discreta circunstancia apun-
tada el 18 de febrero de 1964, cuando Borges repone al pasar una anécdota nimia que Bioy había olvidado
y remata diciendo: “Soy tu Boswell” (2006: 1002).
8
Disponible en https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-legado-de-un-maestro-nid214857/
9
Afirma Kodama: “Si uno es amigo de una persona, yo creo, desde mi punto de vista, japonés, no va a
escribir, después de que el amigo se va, qué es lo que el amigo le dijo y va a pedir que se publique después
de su muerte y de la del amigo. Ahí hay algo raro. Y lo que él escribió ¿es lo que realmente Borges le
dijo? ¿O él tenía unos celos impresionantes de la fama de Borges? Y de lo que Borges decía respecto de
su obra. Cuando le preguntaban por la obra de Bioy Casares ¿qué es lo que Borges decía? La invención de
Morel es el mejor libro. La invención de Morel fue corregida por Borges de principio a fin. A Bioy, eso, le
quedó atragantado. Por eso yo creo, desde mi punto de vista, que eso es una traición. Primero, porque
no hay nada que pruebe que Borges realmente dijo eso. Segundo, que se publique después de su muerte”
(Sirvén, 2019). Disponible en https://www.tiktok.com/@psirven/video/6952662363371752710
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Con excepcn de Ricardo Piglia, cuyas opiniones sintonizaron sor-
presivamente con las de Kodama, muchos escritores manifestaron un des-
lumbramiento inmediato ante el Borges.
10
En mayo de 2007, a pocos meses
de publicado, Radar Libros, el suplemento literario del diario Página 12,
reunió, a instancias de su director Rodrigo Fresán, alguna de esas opinio-
nes en su sección central, bajo el tulo Caro diario.
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Escribieron Alan
Pauls, Rodolfo Rabanal, Luis Chitarroni, Juan Villoro y Paula Pérez
Alonso. El conjunto advirt temprano y en caliente sobre la trama de
pasiones e intereses que había activado la salida del Borges, pero también,
y en particular, sobre el gesto moralizador, todaa vigente, que perturba
su lectura. El libro es, además pero no solo, un vademécum de opiniones
desafortunadas, maledicencias, sectarismos, aberraciones ideológicas e in-
correcciones de todo tipo: la fiesta de los monstruos. Escribe Chitarroni:
Hay maneras de leer este libro, dándose un gusto y sacándole provecho,
para hablar claramente, y maneras de no leerlo. Pero hay una de leerlo que
es casi peor que las de no leerlo: la que acata el aviso sombrío de una
colonia de opiniones sin vuelo. En algún momento, los dos que fueron
Bustos Domecq se refieren a las creencias de Guillermo de Torre, a me-
nudo inmodificables. El buen hombre cra, por ejemplo, que Conrad era
un narrador de aventuras como Salgari. Hasta que la crítica francesa no lo
exaltó, no hubo caso. Y “lo que menos hubiera alterado su opinn”, dice
Borges, hubiera sido leerlo”. (2007: s/p)
Unos os desps, Piglia, el otro gran diarista del siglo XXI argentino,
incurr en el riesgo que advertía Chitarroni y leyó el Borges sin leerlo. La
sofisticacn de los argumentos con que lo reprend disimulaba mal el
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No parece haber sucedido lo mismo entre los críticos especializados, no solo porque, previsiblemente,
las lecturas demoraron unos años en aparecer, sino también porque una vez publicadas las de Balderston
(2010), García (2010), Catelli (2011), Monge Aristegui (2015) y Surghi (2016) no siguieron apareciendo
otras. Sumada a la judicialización que Kodama le impuso a la publicación del libro, una suerte de cance-
lación off the record, consecuencia de la estrechez propia de la corrección académica, parece haber obturado
el acercamiento a una obra excepcional, y no solo para la literatura argentina.
En 2019, Martín Kohan advirtió sobre parte del problema: Cuando se escriba por fin un libro, que
presiento voluminoso, sobre el daño que María Kodama le ha hecho a la literatura de Borges, habrá de
reservarse seguramente un capítulo entero a su decisión de trabar judicialmente la reedición y la circula-
ción de esa verdadera maravilla literaria que es el Borges de Adolfo Bioy Casares. Y no sólo por lo que ese
libro significa para la propia figuración de Borges. Porque excepto que se quiera hacer de él una especie
de momia sagrada ofrecida a veneraciones vacuas, en ceremonias no menos vacuas, excepto que se lo
quiera embalsamar para entregarlo a los ritos solemnes de los falsos letrados de ocasión, la imagen vital
que ofrece Bioy Casares de Borges y de su amistad con Borges constituye un aporte fundamental” (2019,
546).
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Disponible en https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3806-2007-05-13.html
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acuerdo involuntario que mantenía con las razones de Kodama y, para-
jicamente, dejaba al descubierto sus dificultades para apreciar los aciertos
del libro. En una entrevista publicada en 2012 en la revista Papel Máquina,
Piglia respondió lo siguiente a la pregunta que Monge Aristegui le hizo
sobre el Borges:
No me gus. Hubiera sido un excelente libro de 150 páginas. No encon-
tramos ninguna de las opiniones que Borges vierte ahí en ninguna de las
múltiples entrevistas que ha dado a distintos entrevistadores en distintas
circunstancias a lo largo de su vida. Solo Bioy Casares dice que tenía esas
opiniones. Me parece que hay cierto rencor en Bioy, el libro se puede leer
como una venganza, una especie de versión ampliada de esos relatos de
Henry James que narran la tensn, la competencia, la envidia entre dos
escritores, uno de ellos absolutamente extraordinario y el otro más o me-
nos mediocre o en todo caso, un escritor a quien el otro lo hace sentir
mediocre. [] Es obvio para cualquiera que Bioy no hubiera escrito La
invencn de Morel si no hubiera estado Borges cerca de él. El gran momento
de Bioy es ese, La invencn de Morel, La trama celeste y Plan de evasn, ese es
Bioy, pero obviamente son libros que están en la estela de Borges. Luego
Bioy trató de separarse de Borges y empezó a escribir esos libros medio
costumbristas, medio irónicos, que no son muy interesantes, la verdad.
Entonces me parece que hay una relación un poco rencorosa por parte de
Bioy ante la obra de Borges. Me parece una relación llena de tensión, y eso
es lo que ese Bioy expresa. ¡La crónica de una venganza! (Monge Aristegui,
2012: 195)
Una vez más el acento recae sobre las faltas morales del autor: mendaci-
dad, rencor y epigonismo. La ceguera de Piglia, un lector perspicaz de la
narrativa de Bioy, es llamativa. La referencia a los cuentos de James aparta
el Borges de la tradición de “dúos de escritores amigos parlantes(Pauls,
2007: s/p), a la que lo adscribía su vínculo con el Johnson de Boswell, para
situarlo en otra, igualmente reconocida, la de los escritores rivales, la de
los celos y el resentimiento entre ellos. Una tradición afín a las preferencias
literarias de Piglia, pero en modo alguno a las de Bioy, de cuya prescin-
dencia hacia sus pares el Borges da testimonios flagrantes. El 2 de enero de
1969, Bioy anota: “BORGES: ¿Querés creer que en [la revista] Siete as
imaginan que para mí sería una pesadilla que Sábato ganara el Premio No-
bel? Bueno, qué manera de no conocerme.’ Desps comenta sobre nues-
tro desinterés (o como quiera llamárselo): Es lo mejor que tenemos. Quizá
lo único bueno” (2006: 1260).
Si bien el recelo y la rivalidad hacia Borges son motivos manifiestos
en el diario (¿cómo no lo sean? cuánto se resentiría la autenticidad de ese
nculo si no aparecieran), en modo alguno resultan humores dominantes
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ni privilegiados; de allí que blandirlos como vía predilecta de lectura solo
garantiza un enfoque distorsionado y publicitario del volumen: “¡la crónica
de la venganza!”, a la que Piglia necesitó sumar la exclamación para ilumi-
nar la ocurrencia. Una interpretacn que atendiera a la rivalidad entre es-
critores no pasaría por alto, sin embargo, el hecho de que César Aira re-
conociera al Borges como “el libro de la cada”, de la primera del siglo
XXI. Aira con más de una vez que un amigo suyo decía que el Borges le
sera para juzgar a su interlocutor: “Si desaprueba el libro, inmediata-
mente lo descarta (En Yupi, 2016: s/p). En caso de existir, ese amigo
debe ser Monteqn. El “Postfacio que Michel Lafon, traductor de Bioy
al francés y amigo personal de Aira, compuso para Unos días en el Brasil,
reeditado en 2010, da cuenta de los intercambios animosos de Aira y Mon-
tequín sobre el Borges. “¿Y si Bioy fuera el mayor diarista del continente?,
se pregunta Lafon (2010: 80). En la nota de despedida que le dedica en
2015, cuando Lafon muere en forma prematura, Aira escribe: Una vez,
ya viejos los dos, Borges le dijo a Bioy (en cuyo diario esla frase): ‘¿Te
das cuenta de que hace cuarenta os que mantenemos la misma conver-
sacn?’. No hay mejor definicn de una amistad prolongada. Y la amistad
de verdad dura toda la vida. (Es la vida la que, tristemente, no dura toda
la vida)(2015: s/p).
“Una larga conversación
Certera y conmovedora, la pregunta que Aira recuerda –“¿Te das cuenta
de que hace cuarenta años que mantenemos la misma conversación? no
aparece en las páginas del Borges, pero su sentido resuena y se amplifica en
muchos apuntes del libro. Entre ellos, el que Bioy anota el 31 de octubre
de 1963 cuando termina de escribir “Libros y amistad, el testimonio que
al año siguiente se publica en el número de L’ Herne dedicado a Borges:
“Pensando en los ogenes de mi amistad con Borges, he recordado, con
alguna sorpresa, que no fue admiración por sus escritos lo que me atrajo;
fue admiración por su pensamiento expresado en las conversaciones
(2006: 969).
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Para ese momento, llevaba más de treintaos conversando
con él y alrededor de quince registrando esas charlas en las páginas de su
diario. La conversación se había transformado en materia y escenario de
la amistad entre ambos. Como Boswell con Johnson, a menudo Bioy re-
crea estos intercambios en estilo directo. Es el uso de este procedimiento
dramático, dispuesto a narrar los entresijos de una amistad masculina, el
que refrenda con mayor conviccn el parentesco de estas obras. Antes
que los paralelos y las diferencias entre sus protagonistas, la relevancia
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Este texto se incluye luego en La otra aventura, de 1968, y fragmentariamente en el comienzo del Borges.
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otorgada a la voz de los sujetos narrados constituye el rasgo que las em-
parienta de modo entrañable. Una década antes de la primera edicn en
1791, Boswell ya había decidido que la Vida de Johnson fuese una biograa
“en escenas”. Había advertido temprano que pocas situaciones eran tan
teatrales como dos personas hablando y aspiraba a que el lector asistiese
al ímpetu de la conversación de Johnson sin mediación evidente. Distrda
de ese anhelo, a menudo, su escritura interfería el relato con comentarios
sobre las decisiones y los esfuerzos implicados en el ejercicio biográfico.
La modernidad de Boswell se hacía evidente en estas tensiones. Avanzado
el primer volumen, el bgrafo aclara:
Permítaseme en este punto disculparme por la imperfeccn con la que me
veo obligado a plasmar las conversaciones de Johnson durante esta época.
En la primera etapa de mi trato con él estaba yo tan obnubilado por la
admiración de su extraordinario talento coloquial, y tan poco acostum-
brado a su peculiarísima forma de expresarse, que me resultaba extrema-
damente difícil rememorar y recoger por escrito su conversacn con todo
su genuino vigor y vivacidad. Con el paso del tiempo, cuando el entendi-
miento, por a decir, se me imbuyó del éter johnsoniano, pude con mucha
facilidad y exactitud conservar en la memoria y plasmar sobre el papel la
exuberante variedad de su sabiduría y su ingenio. (2007: 389)
A poco de iniciada su empresa, Boswell experimentaba que el principal
desao al que lo enfrentaban sus ambiciones era el de modelar la voz de
Johnson en la escritura. Lo resola sobre la marcha: no la transcribía, no
la imitaba, había intuido que ambas alternativas habrían garantizado el fra-
caso material y estético de la iniciativa. Se dejaba capturar, en cambio, por
la atmósfera de esa voz, la escribía a partir de las resonancias en el re-
cuerdo, como si recién una vez aprehendida la melodía, sus tonos e infle-
xiones, pudiera recuperar el contenido de lo dicho. Era la música de esa
voz la que daba lugar a las ideas de Johnson y no a la inversa.
Dos siglos después, Borges elogiaba los resultados de Boswell con
entusiasmo; comparaba la Vida de Johnson con las Conversaciones de Ecker-
mann con Goethe y le atribuía a la primera un carácter dramático, ausente
en la segunda. La comparacn sala un contraste donde antes se habían
leído solo afinidades: con insistencia a lo largo de losos, Borges hizo de
la crítica a Eckermann el expediente privilegiado para exaltar las cualidades
de un adversario que él mismo le había impuesto.
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El contraste se repite en varias entradas del Borges (las del 23/4/1958, 24/5/1959, 13/7/1959,
25/7/1961, 29/5/1962, 15/9/1962 y 24/7/1963) y se retoma y desarrolla en la Introducción a Literatura
Inglesa, publicada en 1965, y en la clase dedicada a Samuel Johnson, en el curso de literatura inglesa que
dicta en la Universidad de Buenos Aires, al año siguiente. En la Introducción a Literatura Inglesa, Borges señala:
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Pudo leer a Boswell. Sin embargo, no se le ocurrdramatizar las conver-
saciones (no se le ocurría nada). Hasta un periodista, para volverlas más
vívidas, las hubiera dramatizado un poco; pero mirá que él se iba a atrever
a ridiculizar un poco a Goethe y a ridiculizarse a mismo []. Goethe y
Eckermann son dos señores cultos, a los que no se les ocurre nada. (Bioy
Casares, 2006: 528)
Su inquina convierte a Goethe en un declamador que solo habla de temas
relevantes, para enunciar opiniones significativas. El libro dirá tiene algo
de catecismo. El reconocimiento que Eckermann experimentaba hacia su
interlocutor infundía a las conversaciones una solemnidad imperdonable.
“Eckermann pregunta, Goethe habla, el otro registra lo que Goethe ha
dicho(Arias y Hadis, 2000: 151). La falta de elaboración hace que sus
charlas se asemejen a las de esos actores, ensados por el propio Goethe
y a los que nadie quiere, porque “hablan mirando al público, sin mirarse
entre ellos” (Bioy Casares, 2006: 426). Las impresiones de Borges retoman
en parte las de Paul Groussac, quien había advertido “que no cabía esperar
mucho de las opiniones de Goethe recogidas por un imbécil” (Bioy Casa-
res, 2006: 931). Sus juicios sobre Boswell siguen, en cambio, a los de Ber-
nard Shaw contra los de Thomas Macaulay. Macaulay sostenía que Boswell
era un tonto que había tenido la suerte de conocer a Johnson y de escribir
su biograa; contrariamente, Shaw afirmaba que Johnson había sido, al
margen de sus méritos literarios, un personaje dramático creado por Bos-
well.
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“La Vida de Samuel Johnson de Boswell ha sido comparada muchas veces a los Diálogos con Goethe de Ecker-
mann. Hay una diferencia fundamental. Eckermann es un discípulo respetuoso que anota las opiniones del
maestro; Boswell crea una especie de comedia con dos personajes centrales: Johnson, siempre querible y
no muchas veces ridículo y maltratado, Boswell, casi siempre ridículo y maltratado (1965: 43).
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Tal como lo advierten Martín Arias y Martín Hadis, editores de Borges profesor. Curso de literatura inglesa
en la Universidad de Buenos Aires, el texto de Macaulay es una referencia exacta. Salió publicado en septiem-
bre de 1831 en la Edinburgh Review y posteriormente fue recopilado en distintas ediciones de sus ensayos.
El propio Macaulay escribió luego, en 1856, la entrada sobre Johnson para la Enciclopaedia Britannica.
Ambos textos fueron reunidos por Huber Gray Buehler en Macauly’s Life of Samuel Johnson. Togheter with
his essay on Johnson (Longsman, Green and Co., 1986). La cita de Shaw es más problemática; tal vez por
eso mismo los editores de las clases no la referencian. Hasta donde se pudo constatar, no existe ese
“largo y agudo prólogo” al que alude Borges, sino más bien una constelación de ideas que él espiga de
aquí y de allí, en distintos prólogos, para componer su argumento. La mención a Johnson como un
personaje de Boswell solo se encuentra al final del prólogo a Man and Superman (1903). En el estudio
preliminar que escribe para el volumen Ensayistas ingleses, e incluye luego en La otra aventura, Bioy cita ese
momento del prólogo: “Bernard Shaw resume: Platón y Boswell, esos dramaturgos que inventaron a
Sócrates y a Johnson” (1983, 44).
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Balderston acierta al señalar que, a través de estas discusiones, Borges
le está dando a su joven amigo lecciones sobre cómo escribir sus diálogos
(2010: 53). El mayor logro que Borges le atribuye a Boswell es el de “haber
resuelto el problema de mostrar manías, rasgos absurdos y hasta desagrada-
bles de Johnson, y, al mismo tiempo, haber logrado persuadir a los lectores
de que era un hombre admirable y querible(Bioy Casares, 2006: 499). Su
reconocimiento alude a la premisa que había guiado la tarea del bgrafo
desde el comienzo. En la sección Liminar” de la Vida de Johnson, se lee:
“Declaro mi intención de escribir, no su panegírico, que habría de ser un
cúmulo de elogios, sino su vida, pues por bueno y grande que haya sido no
debe suponerse que fuera un dechado de perfección en toda imagen ha de
haber sombras, amén de luz” (2013: 24). La escritura de Boswell aspira a la
autenticidad que solo el claroscuro puede otorgarle al personaje. Integral y
selectivo a la vez, su propósito cumple con las enseñanzas de Plutarco y del
propio Johnson, al sopesar el apego a los datos con la vitalidad que se des-
prende de ellos. Retomando una idea de Joseph Wood Krutch, biógrafo
norteamericano de Johnson en el siglo XX, Borges afirma: no hay dudas
de que Boswell no reprodujo exactamente las conversaciones de su prota-
gonista, al modo de un taquígrafo o una cinta, pero dio el efecto de esas con-
versaciones(Arias y Hadis, 2000: 155). Y agrega que, si bien es muy posible
que Johnson no fuera siempre tan epigramático ni tan ingenioso como lo
presenta la obra, sin duda, después de las reuniones del club, el recuerdo
que los interlocutores conservaban era ese.
La conclusn se extiende en pleno al Borges de Bioy; la voz de Borges
es también obra suya. Es oportuno recordar el interés por la narración de
diálogos que la literatura de Bioy manifiesta desde los años cincuenta. Los
críticos coinciden en salar que, a partir de la publicación de El suo de
los roes en 1954, Bioy se aleja de los rigores de la trama para abocarse a la
composición de personajes. El dlogo, y no la descripcn minuciosa que
a su criterio termina brindando una imagen fragmentaria e ineficaz de lo
que busca retratar, es el procedimiento elegido para conferirles vigor.
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15
En una entrada del Borges, fechada en julio de 1949, Bioy apunta: “Escribiendo los cuentos de Bustos
Domecq, creímos descubrir que los personajes se definen por la manera de hablar: si el autor imagina
cómo hablan, los conoce, no se equivoca sobre su psicología, Borges opina que una prueba de esto se
encuentra en el Martín Fierro: a pesar de que en todo libro los episodios son como adjetivos, a pesar de
que los episodios del Martín Fierro describen al héroe como un hombre pendenciero y sanguinario, si
dijésemos que Martín Fierro es un simple Juan Moreira u Hormiga Negra cualquier argentino nos des-
mentiría. Hay una nobleza estoica en el tono del libro, o de lo mejor del libro, que ha creado el personaje;
y las circunstancias de su biografía o las intenciones del autor se dejan de lado o se olvidan(2006:
37). El Borges abunda en comentarios de este tipo; a su modo, y no solo por esto, el libro es también un
manual de instrucciones acerca de cómo debe narrarse una voz. Consultar, por ejemplo, las entradas del
20/6/1966 y 12/10/1966.
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“Mis personajes viven cuando los hago conversar” (Cross y della Paolera,
1988: 78). Como en ningún otro momento de su obra publicada (sus dia-
rios conservan todaa miles de folios inéditos), en el Borges, esta premisa,
indisociable de la borgeana “saber cómo habla un personaje es saber quién
es, alcanza consecuencias inesperadas, incluso para el propio autor. El 8
de enero de 1982, cuando mengua la frecuencia de sus encuentros con
Borges, Bioy anota: “Pensé que su vida había sido una larga conversación
(2006: 1558). El comentario quizás el que el recuerdo de Aira reescribe a
su manera refiere, en efecto, a la charla que Bioy había mantenido con
Borges a lo largo de los años, pero también, y en lo fundamental, a la que
había estado escribiendo en los últimos cuarenta: si la vida de Borges se le
aparece de este modo, es porque la forma que le ha dado su escritura se le
ha impuesto. A partir de cierto momento, tal vez pronto, si se atiende a la
entrada del 18 de mayo de 1960 citada arriba, Bioy orienta las condiciones
y técnicas del diario íntimo, un género concebido para dar cuenta de la
propia experiencia mientras está sucediendo, al registro de la voz del otro:
la voz de Borges, una voz omnipresente en la cultura argentina de la se-
gunda mitad del siglo XX, lo que le agrega a su tarea una dificultad de la
que Boswell había permanecido exento. Durante sus últimas décadas,
avanzada la ceguera, Borges había desplegado una oralidad pública infati-
gable, en conferencias y reportajes gráficos, radiales y televisivos. “¿Antes
de perder la vista daba conferencias?, le pregunta Bioy a Silvina, en la
entrada del 9 de febrero de 1963. “No. Cuando vino aquí todaa no se
había largado a hablar(2006: 860). Sardónica y ocurrente, esa oralidad,
estereotipada hasta la caricatura (pocos escritores se ganaron tantos me-
mes en las redes sociales), encuentra en el Borges su reverso privado y su-
plementario. Al tiempo que exhibe con desparpajo los rasgoss inescru-
pulosos de la lengua familiar, tramada en la feroz complicidad de los ami-
gos, ilumina también los pliegues inanes, vulnerables y patéticos, hasta en-
tonces menos conocidos. “Casi diría que la posteridad, si la hay, sabrá
mo hablaba Borges, at his best”, anota Bioy el 29 de junio de 1980, al leer
una entrevista sobre Macedonio que le hacen en el diario La Nación (2006:
1539). Sin proponérselo, el comentario alude a los resultados del trabajo
que celosamente viene haciendo desde hace décadas.
“La vida como mecanismo
Es difícil establecer con certeza el momento exacto en el que Bioy advirtió
que las entradas sobre Borges podían desprenderse del resto para armar
un volumen aparte. Lo cierto es que, más alde las circunstancias en que
esta decisn tuvo lugar, importan los efectos que se derivan de ella, en
tanto no solo modifican el estatuto de esas páginas, desplazando la priori-
dad de la primera persona hacia la centralidad del interlocutor, sino que
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además transforman en acto las convenciones y los modos de la escritura
biográfica. A diferencia de la biograa tradicional, que recoge los sucesos
de una vida desde una visn retrospectiva y globalizante, en el diario toda
existencia se va configurando de manera perdica y fragmentaria, sin sen-
tidos preexistentes. El diario avanza en estado de recomienzo, es una
suerte de work in progress sin término que puede, no obstante, interrumpirse
en cualquier momento. De esa sucesn sin plan, un movimiento que
acompa de cerca el transcurrir ordinario, reiterativo y azaroso a la vez,
procede en parte la sensacn de vida que el nero transmite. En el ensayo
sobre Léautaud, Bioy afirma que la primera perplejidad del diarista con-
cierne a lo que debe registrar y lo que debe omitir; la segunda, al descubri-
miento de que la vida está hecha de repeticiones.
Con algunas variantes, la escena central del Borges es siempre la
misma: a lo largo de cuarenta os, en el comedor de los Bioy, los amigos
conversan sobre un repertorio diverso de temas y autores que apenas am-
pa el que Bioy había establecido en “Libros y amistad”. Charlan, escriben
juntos, traducen, se divierten: el humor, la maledicencia y el desdén defi-
nen los climas habituales. Tanto s asombrosa que la regularidad de las
visitas de Borges es la perdurable disposición de Bioy a registrarlas. Como
Boswell, que inventa una novela biogfica y encarna el personaje deslu-
cido (Bioy Casares, 2006: 1225), el diarista se reserva un rol lateral en ese
teatro. Con excepción de los temas relativos a la política nacional (el en-
tusiasmo ante la autodenominada Revolución Libertadora que derroca a
Perón en 1955) y a la potica literaria y cultural (las escaramuzas en la
SADE y las deliberaciones en torno a las entregas de premios literarios de
los que son jurados), con excepcn de estos temas, que se apartan de ese
repertorio exclusivo de asuntos estéticos, los tópicos que frecuentan pres-
cinden de toda actualidad. Se diría que la rehúyen de no ser que transmiten
una incuria superior al rechazo. “Borges y Bioy se muestran afirma Catelli
(2012: 308) como dos hombres que hablan, indiferentes, y a la vez hos-
tigados por la historia argentina y de la vida literaria, obsesiva e institucio-
nal, de la que son partícipes”. El libro resulta, en este sentido, una prueba
de lo que Aira obser en 1999, antes de que se publicara:
Sea como fuera, Borges no supo ni quiso saber nada de su tiempo: ni las
ciencias, ni las artes, ni las humanidades, ni la sociedad, ni siquiera la
historia. Ni Marx ni Freud tenían nada que decirle, pero tampoco
Schönberg o Picasso o Eisenstein (bajo su óptica el cine parece un arte
del siglo xix) o Brecht, para no hablar de Wittgenstein o Levi-Strauss o
Jakobson o Duchamp. (1999: s/p)
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El aislamiento, el encierro, la falta de curiosidad de ambos, la redundancia
de los asuntos y las anécdotas amenazan con detener el tiempo del diario,
poblado de incidentes y circunstancias. Vos y yo ironiza Borges nos
estamos pareciendo a Bouvard y Pécuchet. Podríamos acabar en la lectura
de Bouvard y Pécuchet (Bioy Casares, 2006: 848).
La insistencia de la rmula Come en casa Borges”, un agregado
editorial posterior a la elaboración de las entradas, sen descubr Barral
(2015), enfatiza ese carácter recursivo de la existencia que el diarista des-
cubre perplejo. El uso de la rmula resulta un procedimiento eficaz para
acentuar el isomorfismo entre el ritmo reiterativo y monótono de la vida
cotidiana y el continuo de recomienzos e interrupciones propio de la es-
critura del diario. Leída como llave de acceso a la ceremonia privada de la
amistad, a las rutinas domésticas de un círculo cerrado, con pocas apari-
ciones de otros interlocutores más allá de los protagonistas, cada ocurren-
cia de la fórmula anuncia una variacn de esa escena compartida, creada
por Bioy. El 24 de septiembre de 1959, al mes exacto de que Borges cum-
pliera sesenta años, el diarista anota:
Estuvo leyendo Los últimos días de Kant de De Quincey. Borges: ¿Sas
qué me recor? Bouvard et Pécuchet. En ambos libros ves la vida como
mecanismo. Esto es más patético en De Quincey, porque no describe la
vida de dos idiotas, sino de un hombre inteligente. Las vidas de los que
viven mucho se convierten en mecanismos”. (2006: 555)
La cita pone en boca de Borges la conclusión que el diario propone como
clave de lectura. Valndose de las convenciones del género, el libro tema-
tiza y explora el tenor repetitivo de la existencia, a partir de los avatares
propios del vínculo amistoso. La prosecucn de ese vínculo vendría a de-
velar una dinámica constitutiva de la vida humana, su núcleo más enérgico
y, a la vez, funesto. En la entrada del 3 de julio de 1962, luego de una cena
en el London Grill, Bioy sintetiza, de manera indirecta, al sentido de esa
dinámica:
La conversación de Borges, de Peyrou y la mía está hecha de retazos de
conversaciones que tuvimos muchas veces entre nosotros. Cada uno, al
empezar a hablar uno de los otros dos, mentalmente ha de decirse: Ahora
va a contar el episodio B1, ahora va a hacer la descripción B2, ahora va a
hacer la broma B99. (2006: 795)
Sin disimular el tedio que la situación le provoca, la observación equipara
la amistad al “mecanismo: la charla entre amigos vive del gusto compul-
sivo por los hábitos que confirman el nculo mientras lo realizan. Es esta
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condición performativa de la amistad que promueve las repeticiones y las
vuelve indispensables. La complicidad y simpatía mutuas se ratifican y cre-
cen en las mismas costumbres que las cristalizan y desgastan. Se explica
entonces no solo por qlos interlocutores no pueden abandonarlas, sino
también por qué se entregan a ellas con júbilo. A este aspecto dichoso del
“mecanismoapunta el comentario de Borges, que reescribe el de Bioy
con otro signo:
Borges: No sé qun obser que sentimos rubor de repetir un aserto o
anécdota ante alguien que nos o formular lo mismo. ¿Y un viejo amigo
entonces? Cien veces nos oyó decir las mismas cosas: las prepuntual-
mente. Vos y yo con alguna curiosidad nos preguntamos en el curso de la
conversacn, ¿y ahora cuál de nosotros dirá lo de…? En esos momentos
no parece uno un hombre, sino un autómata que a unas palabras responde
con otras”. Bioy: “Responde enticamente, eso es lo raro, con alegría y
buen ánimo. (Bioy Casares, 2006: 1015)
Por vocacn de amistad, por el regocijo de sentirse tales, los amigos in-
sisten en los rituales compartidos y hablan y son hablados por sus lugares
comunes. ¿Cuántas veces Borges y Bioy, divertidos, y con el único afán de
entretenerse, comentan el uso de expresiones coloquiales, inventan argu-
mentos de relatos que no escriben o cuentan anécdotas injuriosas y mor-
daces? ¿En cuántas se burlan de Eduardo Mallea, de Guillermo de Torre,
de Ernesto Sábato, por mencionar solo algunos de los más denostados?
¿Y en cuántas otras desuellan a la señora Bibiloni de Bullrich?
Alberto Giordano advierte que, al presentar la vida como un proceso
in medias res, pautado por la dimica del recomienzo incesante (la insis-
tencia de lo que no tiene causa ni fin), los diarios absorben el interés del
lector hacia una experiencia en la que importan tanto las continuidades
significativas, como lo que se deshace, se pierde o se olvida, a veces porque
sí, sin trascendencia (2024: 56). Una y otra vez, confiado en la recomen-
dacn de Boswell, Bioy registra sus rutinas con Borges para salvarlas del
olvido; paradójicamente, por el hecho de haberlas anotado, las borra de su
memoria y oportunamente vuelve a registrarlas. A las redundancias pro-
pias de la conversación amistosa, se aden las que el ejercicio diarístico
promueve. La relación inmediata con el presente cotidiano decide que el
diarista se atenga una y otra vez a la curiosidad que le despierta la contin-
gencia y experimente la necesidad de capturarlo. Cada repetición, comenta
Bioy, equivale a un nudo en el puelo; le recuerda algo, secreto para los
lectores (Bioy Casares, 1983: 122). Conforme a estas convicciones, que
Bioy debtransmitirle a Martino, la edicn del Borges elige no suprimir
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las reiteraciones ostensibles. El libro se edita con un criterio eminente-
mente diarístico, sin falsear los requisitos del género, haciendo que prime
sobre ellos una voluntad autobiográfica o documental retroactiva. La de-
cisión va creando un efecto novelesco, ralentizado, sostenido en el retorno
de un conjunto de gestos y anécdotas circunstanciales en las que los mis-
mos personajes actúan las mismas obsesiones. Fragmentos de existencia
compartida que la escritura de Bioy prodiga con generosidad, pero admi-
nistra con cautela. Su oficio de diarista y su condición de lector de diarios
le advierten que, así como la presencia de lo anecdótico intensifica el re-
lato, su acopio irreflexivo suele abrumarlo. “Un poco de Tallemant, un
poco de Léautaud, anima; mucho, entristece” (Bioy Casares, 2006: 206).
“Latero y repetidor
Con el paso del tiempo y el avance de las páginas, el diario pone en escena
el modo en el que un nuevo avatar de lo mecánico, desprendido de los há-
bitos que traman la amistad, se apodera de las conductas de Borges. Sin
retroceder ante las supersticiones del pudor, Bioy hace del recurso contro-
lado de la anécdota ocasional el principio privilegiado para narrar el declive
del amigo. La noche del 10 de mayo de 1958, mientras ambos conversan
sobre autómatas literarios, Borges recuerda que, según la leyenda, Alberto
Magno había fabricado uno que no solo hablaba, sino que lo haa incansa-
blemente, hasta el punto de que una vez exasperó tanto con su charla in-
sustancial a Santo Tomás (discípulo de Alberto) que el santo lo destroa
golpes. Santo Tomás remata Borges estaba abstraído en problemas de la
Trinidad, y el autómata lo importunaba con sus chácharas (Bioy Casares,
2006: 436). Con diferencias evidentes, la inscripción de este recuerdo prefi-
gura una escena protagonizada por Borges que el diario presenta con pro-
yecciones ulteriores. En la entrada del 15 de junio de 1963, Borges cuenta
que en la casa están todos irritados con su pasión por el anglosajón y con
su placer en descubrir etimologías. Bioy ya había anotado ese entusiasmo
unos os antes: “Estos días está obsesionado por el anglosajón: continua-
mente dice frases y me pregunta si las entiendo; se maravilla por encontrar
palabras que imaginaba de otro origen(2006: 699). Si bien la irritación de
la familia no alcanza las alturas de la de Santo Tomás, la analogía entre su
conducta y la de un autómata es explicitada por el propio Borges y retomada
más adelante por Bioy. Vale la pena leer el fragmento en su extensión, sobre
todo para apreciar las habilidades compositivas del diarista.
Borges: “Uno de mis sobrinos me dijo que era perdonable que un estudioso
solitario se dedicara a leer esos textos horribles del anglosajón, pero que se
juntaran varias personas para leerlos le parecía monstruoso. Cuando le ex-
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pliqué a Madre que Drang (alemán) como en Sturm und Drang y throng (in-
glés) tenían la misma etimología, se enojó y me preguntó qué utilidad había
en descubrir la etimología de la palabra: que esta palabra, dispersa por esta
lengua, es aquélla, dispersa por aquella otra… Bueno, le respondí, tal vez
ver que hay cierta unidad en el cosmos… Te aseguro que pasamos un mo-
mento desagradable”. Bioy: “Los hobbies tienen algo de locura y la locura
tiene cara desagradable. La gente se enoja, no por la etimoloa ni por el
anglosajón, sino porque todo ha de volvérsete declive hacia la etimología y
el anglosajón”. Borges:Es claro, si yo pudiera trabajar solo las locuras me
durarían menos. Pero dependo de otros. Tengo que enloquecer a otros”.
Bioy: “A mí por momentos ha de sucederme con la fotografía. Lo que enoja
a la gente es nuestra infatuation. La verdad es que se requiere mucha filosofía
para alternar con alguien poseído por una de estas locuras. Por cierto, que
de estas manías o locuras tempranas, bastante imprevisibles, resulta la per-
sona. Quiero decir que en los años de juventud y de formación estas fortui-
tas manías determinaron el rumbo y hasta la esencia de cada uno. Segura-
mente no habrá que contradecirlas, habrá que correr para el mismo lado,
como los padrinos de una doma”. Borges: “Qtriste cuando el hombre
llega a ese momento de la vida en que se convierte en un autómata, en un
muñeco. Para los behavioristas nunca somos s que eso, pero el meca-
nismo no se nota porque es muy complejo”. (Bioy Casares, 2006: 905-906)
No hay dudas de que la decisión de registrar la escena cumple con las
lecciones de Boswell sobre la importancia de que el retrato manifieste los
contrastes del personaje para no sucumbir al encomio: lejos de resentir la
excepcionalidad de Borges, la descripcn de sus manías y limitaciones la
resaltan, humanizándolo. Como la de cualquiera, la vejez del genio, una
vejez prematura, si se atiende a que tiene 64 años en ese momento, es
recursiva y exasperante. Borges, ay, latero y repetidor”, se queja Bioy
(2006: 1266). Cuesta poco imaginar a Borges perturbando las conversacio-
nes domésticas posdopor sus propias extravagancias. El acierto prin-
cipal de Bioy, su máxima iroa, reside en la decisn de hacer de la idiotez
del amigo, no de su mentada inteligencia o ingenio, el rasgo s humano.
La idiocia define, para José Luis Pardo, el tipo de inhumanidad propiamente
humana, ese abismo de irracionalidad infraindividual, ese fondo oscuro de
abyeccn, sobre el que, merced a un esfuerzo sobrehumano, la humanidad
se constituye como tal (1996: 186). A su manera, Bioy lo entrevé, con sen-
sibilidad de moralista, al afirmar que “de estas manías o locuras tempranas,
bastante imprevisibles, resulta la persona”. La escena se compone de tal
modo que sus intervenciones no solo parecen inducir la conclusión final
de Borges sino que tambn preparan el despliegue de esa figura monote-
mática, presa de una verbosidad incontinente, en la que el diario lo va
convirtiendo. Un mes desps de esta entrada, la noche del 16 de julio,
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Bioy anota: “Borges: Parece que hacia el final de su vida a Coleridge solo
le importaba hablar. No le importaba el interlocutor ni nada. Silvina (mi-
rando a Borges): ‘Hay mucha gente así’ (2006: 925).
El talento para narrar los signos y estragos de la vejez, propia y ajena,
se cuenta entre las principales virtudes del Bioy diarista. Más que en Diario
de la guerra del cerdo, la novela que convierte el exterminio de los viejos en
tema, es en Descanso de caminantes y en Borges donde se aprecia este talento.
Los encuentros cotidianos con Borges y la diferencia de edad lo dotan de
una vista privilegiada al temprano deterioro físico del interlocutor y al pau-
latino acrecentamiento de sus tics y peculiaridades. Uno de los grandes
temas del nero diario, afirma Pauls (1996: 10), es el de la catástrofe o el
derrumbe personal. El Borges se escribe también para saber en qué se está
convirtiendo ese amigo íntimo y extraordinario, en qué dirección lo arras-
tra la catástrofe precoz, denegada en el Poema de los dones”. En la en-
trada del 31 de diciembre de 1964, Bioy describe una escena que profun-
diza las características de la anterior y le otorga todaas consistencia a
la figura decadente del Borges senil.
Cuando entro en la librería Rodríguez (Galerías Pacífico) oigo una voz
familiar. Es Borges, en lo que me parece una típica conversación con per-
sona de otro nivel: el discurso tiene algo de perorata, de botarateo, con
conciencia aquí y allá por el escaso seso del que oye, con evidente frais;
pronto todo eso se pone más alarmante. Borges recita en anglosajón y yo
tristemente me pregunto: ¿Será la vejez que llega con las manías (previsi-
bles, repetidas, majaderas), las rarezas? Borges, convertido en viejo profe-
sor idiosincrático. Ya se sabe: no tiene nada que hacer. Sus visitas son
temidas. Habla y habla Inofensivo, pero… Esperemos que no hayamos
alcanzado esa época. Entro, corto la perorata. (2006: 1052)
De la conversación elocuente a la perorata mecánica, la oralidad de Borges
declina en un sentido congruente con el de su deterioro sico. Habla sin
ton ni son a un interlocutor que no identifica ni puede comprenderlo: la
falta de control de su discurso y el debilitamiento del vínculo intersubje-
tivo lo acercan a una marioneta.
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En ninn otro momento del libro el
cuerpo de Borges adquiere la presencia que alcanza en las entradas sobre
su declinación. La ceguera lo precipita en lo obsceno. Con la misma
16
En la entrada del 18 de octubre de 1965, Bioy anota: BORGES: ‘Nunca reconozco a nadie. Mejor
dicho, mi nervio óptico no reconoce a nadie. Yo estoy acostumbrado a conversar con interlocutores
cuya identidad ignoro.’ ALDAO: ‘Pero, ¿no ve las caras?’ BORGES: ‘No. No las veo. Usted puede emitir
ahora una barba, o cuernos, o convertirse en un dragón o cambiar continuamente de identidad: no lo
sabré, ni me importará. Estoy acostumbrado a la ceguera, no a la descortesía’” (2006: 1083-1084).
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inocencia con que le habla des a alguien que no puede reconocer, tam-
bn le muestra más de lo conveniente a quien no sabe que lo está obser-
vando: sale del baño con el cierre del pantalón bajo y “todo afuera; orina
con la puerta abierta, come queso gruyere con las manos y se las mete en
el bolsillo; se quita la dentadura postiza y la sostiene un largo rato.Ciego
apunta Bioy, los demás no existen para Borges (2006: 1293). En varias
ocasiones, se describe la expresión desusada que asume esa cara sin dien-
tes: “ojos redondos, ligeramente sorprendidos, ancha y delgada y amarga
boca de bun” (2006: 1131). De las muchas situaciones similares, que el
Borges registra a partir de los os sesenta, la del 21 de febrero de 1964
adquiere tenor distintivo por el cuidado con que está contada:
En Mar del Plata. Cuando vuelvo del mar a la carpa, Silvina y Borges están
conversando; Silvina, detrás de la lona, en el compartimentito para ves-
tirse; Borges en el centro de la carpa, a la vista de toda la playa, con una
camisa rabona (de las llamadas remeras) y sin pantalones ni calzoncillos,
al aire el promontorio oscuro de testículos y pene. “Estás en bolas”, le
digo, arreándolo detrás de la lona. “Ah, caramba”, comenta sin perder la
ecuanimidad. “Como no ve –comenta desps Silvina está como con una
careta”. (2006: 1005-1006)
Una vez más el comentario de Silvina remata el sentido de la escena, cuya
cifra está, sin embargo, en la ecuanimidad, en la falta de emocn, que
Bioy reconoce en la actitud de Borges. Expuesto a la vista de todos, no se
avergüenza, no se sorprende, no pierde la compostura. Apenas si pronun-
cia, de manera automática, la muletilla, repetida en las ginas del diario,
que sus apariciones públicas ya habían vuelto célebre:Ah, caramba”. En-
simismado, anito, su cara no solo acusa las señas del aislamiento, su
plena exterioridad, sino que, convertida en careta, acena el talante me-
nico, inhumano, que Bioy le reconoce a su estado. Más que las evidentes
limitaciones de Borges, la escena exhibe en primer plano su idiocia, ese
excluido “fondo de abyección”, que retorna y desaa la imagen de escritor
irónico y ocurrente, consagrado a escala internacional por esos mismos
os, que el diario ha cimentado a lo largo de sus ginas.
Ciego, sordo, de una locuacidad intolerable (no deja hablar, inte-
rrumpe, no escucha a nadie), con limitaciones físicas pronunciadas (se
mueve lento y titubeante, pierde el equilibrio, trastabilla), Borges se va
transformado no solo en un viejo desaforado y frágil (Bioy Casares,
2006: 1565) sino también en alguien manipulable. Es lo que Bioy observa el
a del homenaje a Carlos Mastronardi en la ciudad de Baradero:
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A las cinco y media estamos al. Veo, frente a la municipalidad, a un grupo
de hombres con escarapelas. Llega el ómnibus. Lo bajan a Borges: un mu-
ñeco flaquísimo, cuya cuerda lo encamina para cualquier lado; si el rumbo
es erróneo, se lo cambian; él siempre avanza, con su mirada vaga. Está
visto que se nos va la vida, pienso. (2006: 1227)
Salvo por la ausencia del detalle impúdico, la escena es similar a la ante-
rior. También aquí aparece un Borges estupefacto, de mirada abstraída,
al que hay que arriar para que no se pierda. Despojado de sí mismo,
sometido al dominio de los demás, la imagen lo muestra débil, enclenque,
con sus capacidades básicas comprometidas. A la vista de Bioy, la vejez
del amigo deja de ser una edad literaria, la del sabio ciego o el anciano
venerable, creada por su mitología (la de Borges, en primer lugar), para
asumir la forma de un retorno siniestro a la idiocia originaria, a esa
inocencia primera, en la que, inerme, el gran escritor queda expuesto a
los límites subjetivos. La proximidad de este espectáculo aterrador con-
mueve al diarista, lo interpela y lo impulsa a anotar; en principio, para
aliviar el malestar y el dolor que la imagen le procura. Hay un sesgo filial
en la disposición ambivalente con que Bioy registra los declives de Bor-
ges: la incomodidad y el fastidio que le producen no disminuyen la piedad
y la entrega que le inspiran. Bioy apunta a menudo que lo lleva o lo trae
en auto de tal o cual lugar, que lo espera, lo acompaña, lo asiste, en dis-
tintas circunstancias. Asociada a ese sesgo filial, se advierte otra motiva-
ción para la escritura: el diarista anota también para conjurar un temor
privado. La decadencia de Borges le anticipa la propia, registrarla es un
modo de mitigar el estremecimiento que le suscita la cercanía del propio
fin. El comentario que cierra la escena, otra diferencia importante con la
escena marplatense, lo deja en claro: Está visto que se nos va la vida.
La implicacn del diarista en lo narrado se acrecienta en el último tramo
del libro. A partir de la segunda mitad de los años 70, cuando las visitas
de Borges disminuyen de manera sensible, el diario sufre dos mutaciones
significativas: la escritura de su voz cede lugar a las observaciones direc-
tas de Bioy y la melancolía se apodera de sus páginas.
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