Rosetti y Fumagalli, “Usos de La ciudad letrada…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 17-37 28 ISSN 2422-5932
el centro de la atención política en 1680, pero además proyecta la operación
simbólica propuesta para el Arco, al resto de su poesía, aun cuando ésta
coloque a la poeta en otras zonas de la ciudad letrada, permeables más a
discutir con el poder o, por lo menos, con cierto poder –como en la Respuesta
a sor Filotea, o la Carta de Monterrey– que a protegerlo.
La otra cita, sin referencia, que Rama toma de sor Juana es de un
romance de tema de enredo amoroso llamado “Supuesto discurso mío”. La
cita dice: “¡Oh vil arte, cuyas reglas / tanto a la razón se oponen, / que para
que se ejecuten / es menester que se ignoren!”. Margo Glantz (1999) usa la
misma cita como epígrafe de un artículo sobre la correspondencia entre el
corazón como órgano del amor y la boca como órgano de la expresión.
Nuevamente, al igual que en el Neptuno Alegórico, el problema sorjuanino es la
expresión de aquello que no se puede ver. Y donde Rama ve desconexión,
Glantz ve correspondencia. La idea de que el discurso literario de la poesía
de sor Juana no alude a un sistema referencial recuerda a otro libro de la
década de los ochenta, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, de Octavio
Paz. Allí, Paz sugiere, de un modo inverso al de Rama, que sor Juana no
necesita la prueba del amor para escribir sobre él, cuando analiza “Detente,
sombra de mi bien esquivo”, sino que son las fantasías de un amor –
cualquiera– las que pueblan sus horas (1992: 381). Ambos, Paz y Rama, ven
en sor Juana una escritora que no escribe acerca de una realidad concreta,
sino que la explica. Sin embargo, mientras Rama concibe una operación a
contrapelo de la ciudad letrada —pero desde ella— cuando sostiene esta
desconexión o, mejor dicho, un sistema de signos independiente que “como
una red se ajusta sobre la realidad para otorgarle significación; por momentos
se diría que hasta simple existencia” (1998: 38), Paz no la tolera y necesita
darle un referente, aunque no sea más que fantasioso. Este tipo de análisis
que intentan divorciar vida y obra o discurso y referencia —así como aquellos
que hermanan irreflexivamente ambas zonas— obliteran la posibilidad de
considerar la poesía de sor Juana como el espacio donde encontrar una autora
estratega, consciente de su posición, además de leer esa poética en otros
textos ya menos políticos, ya menos ligados a los afectos.
De hecho, si leyéramos solamente un divorcio entre sistemas de sentido
—simbólico y referencial— en la poesía sorjuanina, ignoraríamos una
cartografía de los vínculos que la misma ciudad letrada plantea. En el diálogo
entre el soneto-dedicatoria “El hijo que la esclava ha concebido” impreso en
1689 y el romance-prólogo “Esos versos, lector mío” impreso en 1690, se
ilustra la ambivalencia entre la autoría y la autoridad, como una alternativa a
la desconexión entre un sistema referencial y el discurso literario. En tanto
paratextos, ambos poemas explican distintas “realidades”: el vínculo con la
mecenas a quien se dedica la producción, y aquel con el libro que anteceden,