Rosetti y Fumagalli, “Usos de La ciudad letrada…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 17-37 17 ISSN 2422-5932
USOS DE LA
CIUDAD LETRADA
EN LA LITERATURA
COLONIAL NOVOHISPANA: DE LA CIUDAD BARROCA AL
PANTANO
USES OF THE LETTERED CITY IN THE COLONIAL LITERATURE OF NEW SPAIN:
FROM THE BAROQUE CITY TO THE SWAMP
Mariana Rosetti
Instituto de Literatura Hispanoamericana-UBA/CONICET
Es doctora en Letras (Universidad de Buenos Aires) e investigadora adjunta de CONICET. Investigadora del
Instituto de Literatura Hispanoamericana (UBA) y del Centro de Historia Intelectual (Universidad Nacional de
Quilmes). Es Profesora Adjunta de la materia de Narrativa Latinoamericana II de la Universidad Nacional de
las Artes. Se especializa en letrados y discursividades de las ilustraciones e independencias hispanoamericanas.
Publicó Letrados de la independencia. Polémicas y discursos formadores por CLACSO en 2023.
Contacto: marurosetti@gmail.com
ORCID: 0000-0003-0164-1224
DOI: 10.5281/zenodo.23601920
Carla Fumagalli
Instituto de Literatura Hispanoamericana-UBA/CONICET
Es doctora en Letras (Universidad de Buenos Aires) e investigadora asistente del CONICET. Su tesis doctoral
ganó la mención especial del LASA Maureen Ahern Doctoral Dissertation Award (2023). Forma parte de la
cátedra de Fundamentos de los Estudios Literarios (A-Ruiz) de la UBA. Se especializa en los paratextos y las
ediciones antiguas de Sor Juana Inés de la Cruz e investiga la autoría como problema en el siglo XVII. Publicó
“Solamente lo que toco veo”: las ediciones antiguas de Sor Juana Inés de la Cruz (1689-1725), en
Iberoamericana/Vervuert (2025).
Contacto: carlaafumagalli@gmail.com
ORCID: 0000-0003-1336-0059
DOI: 10.5281/zenodo.23601920
DOSSIER
Ángel Rama (1926-2026):
literatura, crítica y utopía latinoamericana
Rosetti y Fumagalli, “Usos de La ciudad letrada…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 17-37 18 ISSN 2422-5932
Fecha de envío: 14/05/26 Fecha de aceptación: 29/06/26
Ángel Rama
Ciudad letrada
Literatura Colonial
Novohispana
Prácticas Discursivas
Ciudad Barroca
En este artículo analizamos cómo se pone en funcionamiento la máquina semiótica de la
ciudad letrada propuesta por Ángel Rama en los textos de Sor Juana Inés de la Cruz y de
José Joaquín Fernández de Lizardi, dos referentes de la literatura colonial novohispana. Las
producciones de estos dos escritores nos muestran recorridos urbanos, enunciaciones
problemáticas y tensadas sobre el posicionamiento letrado en el período colonial y lecturas
particulares sobre la fragilidad de este grupo, que no es para nada homogéneo ni sólido, sino
que se erige como un anillo de poder que presenta fisuras en sus cimientos.
RESUMEN
PALABRAS CLAVE
Ángel Rama
Lettered City
Colonial Literature of New
Spain
Discursive Practices
Baroque City
In this article, we analyze how the semiotic machine of the lettered city, as proposed by Ángel
Rama, is put into operation in the texts of Sor Juana Inés de la Cruz and José Joaquín
Fernández de Lizardi, two leading figures of colonial New Spain literature. The works of
these two writers reveal urban journeys, problematic and fraught pronouncements on the
positioning of the lettered group in the colonial period, and particular readings of the fragility
of this set, which is neither homogeneous nor solid, but rather stands as a ring of power with
fissures in its foundations.
KEYWORDS
Rosetti y Fumagalli, “Usos de La ciudad letrada…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 17-37 19 ISSN 2422-5932
Para Juan Pablo Dabove,
crítico agudo que pudo darle un sentido práctico
a la propuesta simbólica de Ángel Rama.
Introducción: la ciudad letrada como máquina semiótica
La ciudad letrada (1984) de Ángel Rama es un libro póstumo, cuya
primera versión fue una conferencia dictada en la Universidad de Harvard en
octubre de 1980 con el título “Funcionamiento del sistema literario en
América Latina”. En 1982, se convirtió en un trabajo para un simposio sobre
urbanización en Stanford, organizado por Richard Morse. Pocos días antes
de su muerte, Rama envió “La ciudad ordenada” a la Revista de la Universidad
de México, que lo publicó en enero de 1983 con algunas imágenes y mapas que
no aparecerían en el libro póstumo.
Las actas del simposio, incluyendo el primigenio ensayo de 26 páginas,
“La ciudad letrada”, fueron publicadas por el Consejo Latinoamericano de
Ciencias Sociales, en 1985, un año después de que Ediciones del Norte
publicara La ciudad letrada. Tanto en el libro póstumo y la revista como en el
simposio, Rama despliega muchas de las tesis que la crítica latinoamericana
continúa desarrollando en la actualidad. Nos referimos a la relación entre los
intelectuales, el poder, la circulación del conocimiento y su vínculo con el
público en América Latina.
En el año 2006, la revista Prismas publicó un productivo dossier de
lecturas interdisciplinarias sobre este ensayo, cuyas contribuciones lo
pusieron en diálogo con otras de Rama, entre las que se destacaba
Transculturación narrativa en América Latina, de 1982. Muchos de los
colaboradores del dossier se preguntaban cómo Rama había pasado por alto
las voces populares y las problemáticas de los bordes del poder que invadían
o cuestionaban el modelo que el investigador uruguayo presentaba en su
escrito póstumo de 1984. Sobre todo, muchas de esas contribuciones
justificaban la cerrazón y propuesta maniquea de Rama entre sociabilidad
escrituraria y sociedad analfabeta y oral-popular a la incompletitud del ensayo.
Sin embargo, gracias a las investigaciones de Facundo Gómez (en especial,
su artículo publicado en 2024 en Prismas) sobre el archivo de Rama sabemos
que el autor no planificaba continuarlo y que la versión con la que contamos
es la definitiva.
Y es que, si se compara al Rama de Ciudad letrada con el que se perfila
en otros estudios (sobre todo, Transculturación narrativa y Las máscaras
democráticas del modernismo, publicado póstumamente en 1985), encontramos
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un modelo culturalista cuyo proceder metodológico y crítico recurre
arbitrariamente a estudios urbanísticos, filosóficos y políticos (con las
propuestas de Michel Foucault como faro) para construir un modelo de
sociabilidad y poder urbanos detentados por un sector formado y criollo de
las grandes ciudades virreinales hispanoamericanas.
Otra crítica se centra en la frugalidad de los ejemplos a los que recurre,
ya que considera ciertos escritos puntuales de letrados o figuras
hispanoamericanas desdeñando tanto los contextos de producción
particulares, como el carácter polémico de los textos. Al elidir las
construcciones de la enunciación y, sobre todo, las tensiones de estos letrados
con el poder metropolitano, Rama desatiende matices fundamentales. A su
vez, como lo señalaron anteriormente estudios como los de Rolena Adorno
(1987), John Beverley (1999) Alejandra Mailhe (2006), Álvaro Fernández
Bravo (2006), entre otros, este ensayo oblitera las voces populares, no les da
agencia ni visibilidad: “numerosos textos indígenas y mestizos que
contestaban la hegemonía letrada desde los bordes de la ciudad habían sido
ignorados en el ensayo” (Fernández Bravo, 2006: 188).
Y, sin embargo, la propuesta de Rama, sobre todo para el período
colonial, persiste y sigue siendo referencia obligada para acercarnos a la
producción y posicionamiento incómodo de cierto sector de la población en
las ciudades virreinales. Sector que, si bien detenta el poder de la escritura,
construye su accionar alrededor del ejercicio de interpretar el contexto (ciudad
real) e intermediar entre la praxis escrituraria (ciudad letrada) y los diversos
proyectos utópicos (tanto urbanos, como políticos, económicos y
administrativos) que se gestaron dentro de las colonias y, en muchos casos,
en diálogo o con imposiciones del afuera metropolitano (ciudad ideal).
La insistencia de Rama sobre el proceder incómodo del letrado
hispanoamericano se asimila a la propuesta que realizó Tulio Halperin
Donghi en sus artículos de 1982: “Intelectuales, sociedad y vida pública en
Hispanoamérica a través de la literatura autobiográfica” y “El letrado colonial
como inventor de mitos revolucionarios: Fray Servando Teresa de Mier a
través de sus escritos autobiográficos”. En estos dos artículos, Halperin se
concentra en los escritos autobiográficos de letrados coloniales devenidos en
artífices-precursores de revoluciones y de órdenes nuevos, extraños y
dolorosos para ellos. El autor recurre, para ello, a la metáfora del parto
doloroso para indicar la transición que implicó para estos hombres el avizorar
y prefigurar modelos políticos nuevos. Tanto Rama como Halperin utilizan
la imagen del parto para pensar la praxis letrada en el espacio urbano en
diálogo con la sobreimposición de la letra en los cuerpos y calles: Halperin
habla del parto doloroso del cambio de rumbo de un modelo a otro de
letrado; Rama enmarca el proyecto de conquista y dominio de la Monarquía
española en tierras americanas a través de la metáfora del parto de la
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inteligencia. Ambos pensadores conciben el orden como el equilibrio forzado
y ambiguo entre un sistema de poder político-cultural, la práctica letrada y
sus visos de autonomía. En otras palabras, en los estudios de Halperin y de
Rama, el orden conlleva tensiones con los guardianes de la letra. Si miramos
de cerca a través de los ladrillos que configuran los muros de la ciudad letrada
colonial, no encontramos más que fragilidad: “su posición misma en la
sociedad colonial, basada en su influjo y prestigio, antes que en la posesión
segura de poderío social y económico, los hacía particularmente sensibles a
los aspectos negativos del nexo político con la metrópoli y la corona, de cuyo
arbitrio estaban poco protegidos por una preeminencia de bases muy
frágiles” (Halperin Donghi, 1982b: 113).
Esta fragilidad del letrado dialoga en el ensayo de Rama con la
vacilación categorial del concepto “ciudad letrada” (entre un significado
espacial y una metáfora) que señala Claudia Gilman (2006). Para Gilman esta
categoría vacilante no hace más que trabar el texto, que no permite ni
caracterizar o conocer los espacios de poder escriturario, ni los miembros de
estas repúblicas de las letras: “¿Quiénes son, cuando no se los nombra
individualmente, miembros de ese conjunto evasivo e indiferenciado?” (2006:
159). Al respecto, Clara María Parra Triana concibe la propuesta de Rama
con un “concepto metáfora” que asocia los componentes de la “ciudad” y de
lo “letrado”, “entendidos en su carácter historizante y localizado […] (que)
no puede comprenderse sin su obligado correlato en la dinámica política que
sustenta las prácticas de la letra” (2021: 83-84).
Consideramos que la salida de este laberinto crítico sobre el aporte
concreto del ensayo de Rama la otorga Juan Pablo Dabove en su entrada
sobre el término “ciudad letrada” para el Diccionario de estudios culturales
latinoamericanos que coordinaron Mónica Szurmuk y Robert Mckee en 2008.
Dabove considera esta categoría como una “noción híbrida, ya que conjuga
a la Foucault diversos niveles de análisis a una totalidad dinámica” (2008: 56).
Los niveles que incluye esta noción tienen que ver con el conjunto de
instituciones que “hacen de la propiedad y administración de la tecnología de
la letra la condición de su existencia y de su funcionamiento (2008: 56), el
grupo de individuos (los “letrados”) “que obtienen una identidad social
diferenciada por su pertenencia a las instituciones” (2008: 56) y las prácticas
discursivas “que sostienen el predominio de las instituciones e individuos
antes mencionados” (2008: 56). Esta conjunción de instituciones, individuos
y prácticas discursivas, según Dabove, actúa como una gran máquina
semiótica que “tiene una localización precisa: la ciudad latinoamericana, de la
que es a la vez criatura y origen” (2008: 57). Y este aporte nos abre un camino
nuevo de interpretación sobre la propuesta de Rama ya que hace visible los
esfuerzos del sector letrado por “actuar” cotidianamente el imperio “desde el
despacho, el púlpito o la cátedra” (2008: 57). No se trata solamente de la
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identificación de figuras letradas en del espacio urbano, sino de su
posicionamiento específico dentro de instituciones de poder, de su
performatividad para sostener un engranaje político, militar y religioso cuyo
centro se encontraba distante y que requería prácticas discursivas que
permitieran “actuarlo”, acercarlo y hacerlo carne viva a través de ceremonias,
discursos, escritos, informes, enseñanza.
La noción de ciudad letrada como máquina semiótica nos otorga una
llave para analizar tanto la enunciación de los letrados, como, y, sobre todo,
reconstruir y acercarnos a los posicionamientos que ellos asumieron en el
período colonial, los géneros narrativos a los que recurrieron, el tipo de
polémicas que armaron, a qué máscaras o travestismos discursivos apelaron
y qué objetivos persiguieron. Consideramos que este concepto que elabora
Rama solo puede ser útil si se lo pone en funcionamiento como máquina
semiótica a la hora de analizar textos y autofiguraciones letradas, más que si
se lo analiza como aporte descriptivo o plano de categorías monolíticas entre
la oralidad y la escritura, lo popular y lo culto, lo marginal y lo burocrático.
Por este motivo, nos aproximaremos al caso México como caso testigo de la
literatura colonial (siguiendo la línea de análisis de Rama en su ensayo, según
lo ha observado Beatriz Colombi en 2006) para analizar la producción de dos
letrados que rescata el investigador uruguayo en su escrito: Sor Juana Inés de
la Cruz y José Joaquín Fernández de Lizardi. Nos interesa ver cómo se pone
en funcionamiento la máquina semiótica de la ciudad letrada en sus textos,
sobre todo en las tensiones entre instituciones, en la pertenencia de estos
letrados a los circuitos de poder y en su expresión a través de determinadas
prácticas discursivas. Las producciones de estos dos escritores nos muestran
recorridos urbanos, enunciaciones problemáticas y tensadas sobre el
posicionamiento letrado en el período colonial y lecturas particulares sobre
la fragilidad de este grupo, que no es para nada homogéneo ni sólido, sino
que se erige como un anillo de poder que presenta fisuras en sus cimientos.
La
ciudad letrada
en la ciudad barroca: entre planos, arcos y poesías
En seis capítulos que adjetivan la ciudad, Ángel Rama ensaya la
historización de un vínculo: aquel entre el orden social y el orden de la forma.
En el capítulo I, “La ciudad ordenada”, recupera una reflexión de Lewis
Mumford respecto de Hippodamos “padre griego de la ciudad ideal”. Para
Mumford, el arquitecto y planificador griego que le otorga el nombre al “plan
hipodámico”, es decir al plano urbano reticular, tenía plena confianza en que
el proceso racional podría imponer medida y orden en cualquier actividad
humana, pero más aún, en su concepción de que la forma de la ciudad era la
forma de su orden social (Rama, 1998: 18). Esta idea en la que la jerarquía
social se impone e imprime en el plano hipodámico es, para Rama, la noción
regente de la ciudad barroca. Pero el crítico aclara: “No es la sociedad, sino
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su forma organizada la que es traspuesta; y no a la ciudad, sino a su forma
distributiva” (Rama, 1998: 19). Y la mejor forma distributiva que la
matemática fue capaz de brindar en América (aquella forma con presente y
futuro) fue la del damero. Pero, nuevamente aclara el crítico: no es el damero
en sí, como no es la sociedad en sí ni la ciudad en sí: es “el principio rector
que tras ella funciona y asegura un régimen de transmisiones. [...] Pero aún
más importante es el principio postulado en las palabras del Rey: con
anterioridad a toda realización, se debe pensar la ciudad” (Rama, 1998: 21).
Rama había recuperado las palabras del Rey respecto del establecimiento de
los pueblos en tierra continental en sus instrucciones a Pedrarias Dávila de
1513. En ellas, el Rey pretendía corregir los malos resultados de la experiencia
insular de la Conquista de América: insistía, por ejemplo, en que se escogieran
con cuidado los puertos para evitar costas anegadizas que dificultaran el
cargamento de riquezas, y que solo se les hiciera guerra a los indios si ellos
iniciaban las agresiones. El orden debía planearse para evitar futuros
desórdenes. La operación se repite en las crónicas: los españoles fundan
pueblos o ciudades o nombran cabildos sobre la tierra suelta y vacía (o
vaciada). En este escenario es que Rama confiere un valor predominante a
la palabra escrita:
las ordenanzas reclamaron la participación de un script (en cualquiera de
sus divergentes expresiones: un escribano, un escribiente o incluso un
escritor) para redactar una escritura. A ésta se confería la alta misión que
se reservó siempre a los escribanos: dar fe, una fe que sólo podía proceder
de la palabra escrita, que inició su esplendorosa carrera imperial en el
continente. Esta palabra escrita viviría en América como la única
valedera, en oposición a la palabra hablada que pertenecía al reino de lo
inseguro y lo precario. (Rama, 1998: 22).
Este punto, la jerarquía entre oralidad y escritura en la que la primera
es subsidiaria e inferior a la segunda, ha sido muy criticado en el ensayo de
Rama como ya se mencionó. Tzvetan Todorov en La conquista de América, por
ejemplo, también hace uso del binomio oralidad-escritura para justificar y
comprender la conquista del espacio americano. Pero mientras Todorov
sugiere que la Conquista significó un éxito para los españoles por su dominio
de la escritura, de acuerdo con Ángel Rama, la superioridad de la escritura se
vincula con su poder para fijar una idea que luego se convertirá en realidad.
Para afirmarlo, vuelve sobre la figura del plano:
El plano ha sido desde siempre el mejor ejemplo de modelo cultural
operativo. Tras su aparencial registro neutro de lo real, inserta el marco
ideológico que valora y organiza esa realidad y autoriza toda suerte de
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operaciones intelectuales a partir de sus proposiciones, propias del
modelo reducido. (1998: 22).
Pero entre la ordenanza y el plano, hay que decirlo, hay otro acto
primero de oralidad y luego de escritura —y luego de re-escritura— que es el
acto de fundar y poblar. En la Carta de Veracruz dice de Hernán Cortés el
Cabildo de la Rica Villa de la Veracruz:
Y luego comenzó con gran diligencia a poblar y fundar una villa, a la
cual puso nombre la Rica Villa de la Vera Cruz, y nombronos a los que
la presente suscribimos, por alcaldes y regidores de la dicha villa, y en
nombre de vuestras reales altezas recibió de nosotros el juramento y
solemnidad que en tal caso se acostumbra y suele hacer. (en Cortés,
2010: 285).
Hacia el final de la carta, el Cabildo describe la necesidad de “hacer de
todo esto relación a vuestras reales altezas” (en Cortés, 2010: 287), es decir,
poner por escrito lo que pertenecía al reino de lo precario, para volver sobre
Rama. Hacer escritura de la oralidad es el marco general de la cultura barroca
que Rama entiende infiltró la totalidad de la vida social y tradujo la conquista
a la oposición entre la polis civilizada y la barbarie de los no urbanizados (1998:
25).
A su vez, ese nuevo signo, “ciudad barroca”, encontrará un referente
más preciso de la realidad americana en la Ciudad de México, ya que
representa una morfología no de actividades (mercantiles, de ocio,
profesionales, etc.) sino de estatus determinados y es, en el ensayo de Rama,
tanto el archivo de una jerarquía como su modo de operar. Por eso, la forma
del damero, en su infinitud sin límites, puede superponerse a los círculos
concéntricos de la ciudad letrada, a los anillos en los que Rama ordena la
urbe: “Tanto uno como otro modelo [el damero o los círculos concéntricos]
no eran sino variaciones de una misma concepción de la razón ordenadora”
(1998: 21).
La retícula ortogonal trazada por Alonso García Braco y supervisada
por el propio Cortés sirve de modelo para imaginar la ciudad que Rama tenía
en mente mientras articulaba planes y planos con la realidad americana.
Literalmente, sus edificios, solares, calles y canales fueron resignificados por
Cortés. Muchas veces ese procedimiento implicaba la total o parcial
destrucción de lo que antes ocupaba su lugar:
Siguiendo las huellas, cenizas y ruinas que quedaran de la vieja
Tenochtitlan, el alarife [García Bravo] fue diseñando el nuevo plano a
partir del centro que ocupara el Templo Mayor y la residencia de
Moctezuma, lugares que renacerán como plaza, con la sede del nuevo
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poder, la casa del cabildo y la nueva residencia de Cortés, […]. A partir
de la plaza se trazaban las calles paralelas y perpendiculares y se
parcelaban los terrenos. […] Así, el centro se fue conformando por las
residencias de los ciudadanos más ricos, los capitanes de Cortés en
primer lugar, y un poco más alejados, otros conquistadores menos
poderosos. (Rodilla, 2014: 60).
La periferia de esta nueva ciudad estaba ocupada por los indios, aunque
su separación no era tajante. Las cédulas reales demuestran una gran
movilidad de españoles en los barrios de los indios y viceversa (Rodilla, 2014:
55) ya que, en ellas, se solicitaba que la división entre ambos fuera más
consistente.
La ex-Tenochtitlan con la que comienza el libro, ese caso testigo de
Nueva España, se convierte en el capítulo dos en el centro del virreinato
desde el que se irradia el poder y las decisiones, por eso identifica “ciudad
barroca” con “ciudad sede administrativa”. En su interior fue regida y
conducida por la ciudad letrada, “agresiva y redentorista” (1998: 32).
Protectores y ejecutores de órdenes de los poderosos —“todos esos que
manejaban la pluma”— constituían una “frondosa burocracia” que, en el
caso de la literatura, funcionaba como productora y consumidora de sus
propias creaciones ya que nacía del poder virreinal “y volvía laudatoriamente
a él” (1998: 32-33). De forma aún más oscura y pesimista, aunque no por ello
menos posible, Rama describe las grandes obras del barroco —su “épica
culta”— como el resultado de las condiciones de posibilidad brindadas por
la apropiación de riquezas, el trabajo de indios y esclavos y su eufemística
“catástrofe demográfica”. La clase letrada (literaria y no) hace su entrada
triunfal al libro manchada de la sangre de la Conquista. Esta clase estuvo
ocupada en la burocracia, la evangelización de los indios, la ideologización de
muchedumbres y la formación de la élite dirigente hasta el siglo XIX pues su
extraordinaria longevidad, dice Rama, es su potencia.
Con los poetas, Rama no es menos derrotista, ya que ellos también
cumplieron con esta labor hasta el siglo XIX; incluso, dice, el hacer versos
era patrimonio de cualquier letrado, y cuesta no imaginarse a Carlos de
Sigüenza y Góngora en la mente del crítico. Además de Balbuena, la otra
poeta del siglo XVII que Rama menciona, y en la que se detiene apenas un
poco más, es la mexicana sor Juana Inés de la Cruz, a quien llama una de las
mayores intelectuales de Nueva España. Si la potencia de la ciudad letrada
fue su longevidad, su supremacía es deudora de su urbanidad, pero más aún
del manejo de la comunicación social. Los ejemplos son los casos de los
Arcos Triunfales compuestos por Sigüenza y sor Juana en 1680 para la
entrada de los nuevos virreyes, los marqueses de la Laguna en el que hacen
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un “uso político del mensaje artístico” (1998: 37). El de Sigüenza se tituló
Teatro de virtudes políticas y el de sor Juana, Neptuno alegórico.
Pero los Arcos, en tanto textos escritos, pero también y principalmente
como espectáculos representados, configuran el discurso barroco
privilegiado de la ciudad letrada ya que componen un sistema simbólico
independiente que otorga significado a la realidad. La singularidad sorjuanina,
de acuerdo con el ensayo de Rama, descansa en haber enfocado su poética
en la desconexión entre un sistema de signos referencial, como el de los
afectos, y el discurso literario. Esta desconexión es lo que Rama encuentra
más “letrado” en sor Juana, ya que su condición de monja no la ubica
consistentemente en el círculo de educadores de la plebe ni de los
gobernantes, ni como burócrata. Escribe Rama: “la operación original (y
genial) de sor Juana consiste en haber hecho de esa desconexión entre el
discurso literario y la urdimbre de los afectos, el tema central de su poética”
(1998: 38).
Sin embargo, el mismo Arco Triunfal que Ángel Rama aprovecha
para evidenciar las redes de poder colonial entre poderosos y letrados
tiene también su costado subalterno. No sólo participaban en el
espectáculo sor Juana Inés, Carlos de Siguenza y Góngora, o la clase
noble, sino que, además, otros sectores de la ciudad por fuera del anillo
letrado también participaban. Algunos de ellos eran los indios y
mestizos en las corridas de toros, una parte de la celebración por la
llegada de los nuevos virreyes. En palabras de Judith Farré:
El pasatiempo taurino con el que las clases populares acaparan
puntualmente el protagonismo de la fiesta forma parte de una risa
entendida como patrimonio popular, que permite percibir la realidad
celebrativa desde una perspectiva jocosa [...] y transforma a los
principales actores del poder político y económico en ocasionales
testigos de otras vías de exhibición festiva, en la que los protagonistas,
invirtiendo sus papeles, pasan a ser los últimos sectores de la pirámide
social y donde los valores que necesariamente imperan son los de la
cultura y la fiesta popular. (2006: 80-81).
De este modo, la fiesta es un espectáculo público donde cada clase
desempeña un papel, incluso las subalternas. Además, como apunta Beatriz
Mariscal Hay, en la misma “Explicación del Arco”, sor Juana es consciente
de que su mensaje debía llegar a un público diverso: “por un lado a ‘los
entendidos’ y por otro a ‘los vulgares’; los primeros podrían descifrar las
inscripciones y establecer las relaciones por analogía entre las figuras
mitológicas y el homenajeado, mientras que serían ‘los colores’ los que
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atraerían los ojos de los segundos” (1993: 93). Esta participación de otros
sectores externos al anillo letrado otorga al ejemplo de Rama, que a primera
vista parecía absoluto y evidente, el matiz de inclusión que la crítica reclama.
De este modo, cuando el uruguayo define el discurso barroco y escribe: “Su
mejor exposición no está en los textos literarios y mudos que hemos
conservado, sino en la fiesta que ellos significaban, por lo cual su expresión
más ilustrativa son los arcos triunfales con que se conmemoraban los grandes
acontecimientos” (1998: 38), admite la posibilidad de interponer espacios,
individuos y oportunidades de la subalternidad —con sus condiciones de
posibilidad— entre las palabras que los olvidaron. Sin embargo, también es
cierto que el entorno analfabeto de la ciudad letrada que se escribe y lee a sí
misma también está representado por estos otros sujetos a quienes los
letrados y sus arcos, en palabras de Rama, buscaban educar. Facundo Ruiz
recupera el doble uso del emblema en el Neptuno Alegórico respecto de la
imagen del dios Neptuno como uno de los elementos de la alegoría para
referirse al Marqués de la Laguna:
Dos elementos, característicos del uso de emblemas, no deberían
pasarse por alto en esta concepción: en primer lugar, el carácter
ideal que en cierta medida tiene la «deidad» (o cosa a expresar), ya
que carecer de forma visible no le impide ser inteligible, todo lo
cual reformula el problema en términos de cómo hacer visible lo
inteligible; en segundo lugar, el funcionamiento de coincidentia
oppositorum (o discordia concors) que adquiere la expresión: lo
infinito puede ser limitado; lo limitado puede expresar lo infinito
(cfr. Deleuze, 2002: 170-182). En la perspectiva de Bouzy, ambos
elementos estarían subrayando no sólo el «conceptismo didáctico
del emblema» (1993: 39) sino la intención publicitaria o
propagandística subyacente (2012: 21).
El Arco, entonces, al mismo tiempo que incluye, instruye y jerarquiza,
señala y destaca los límites entre la ciudad letrada y los anillos exteriores. Parte
de la productividad inagotable del término “ciudad letrada” está en la
imposibilidad de establecer una sola lectura del término: la condena total de
esta clase de características sacerdotales también tiene fisuras que habilitan
alternativas algo más indulgentes.
Respecto de sor Juana y su lugar en el libro, la astucia de Rama está en
citar el Neptuno alegórico como el mejor ejemplo de la articulación entre
letrados y el poder debido a la laudatio del nuevo gobernante que auspicia una
relación de intercambios. Es una astucia crítica, ya que ubica a sor Juana en
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el centro de la atención política en 1680, pero además proyecta la operación
simbólica propuesta para el Arco, al resto de su poesía, aun cuando ésta
coloque a la poeta en otras zonas de la ciudad letrada, permeables más a
discutir con el poder o, por lo menos, con cierto poder –como en la Respuesta
a sor Filotea, o la Carta de Monterrey– que a protegerlo.
La otra cita, sin referencia, que Rama toma de sor Juana es de un
romance de tema de enredo amoroso llamado “Supuesto discurso mío”. La
cita dice: “¡Oh vil arte, cuyas reglas / tanto a la razón se oponen, / que para
que se ejecuten / es menester que se ignoren!”. Margo Glantz (1999) usa la
misma cita como epígrafe de un artículo sobre la correspondencia entre el
corazón como órgano del amor y la boca como órgano de la expresión.
Nuevamente, al igual que en el Neptuno Alegórico, el problema sorjuanino es la
expresión de aquello que no se puede ver. Y donde Rama ve desconexión,
Glantz ve correspondencia. La idea de que el discurso literario de la poesía
de sor Juana no alude a un sistema referencial recuerda a otro libro de la
década de los ochenta, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, de Octavio
Paz. Allí, Paz sugiere, de un modo inverso al de Rama, que sor Juana no
necesita la prueba del amor para escribir sobre él, cuando analiza “Detente,
sombra de mi bien esquivo”, sino que son las fantasías de un amor –
cualquiera– las que pueblan sus horas (1992: 381). Ambos, Paz y Rama, ven
en sor Juana una escritora que no escribe acerca de una realidad concreta,
sino que la explica. Sin embargo, mientras Rama concibe una operación a
contrapelo de la ciudad letrada —pero desde ella— cuando sostiene esta
desconexión o, mejor dicho, un sistema de signos independiente que “como
una red se ajusta sobre la realidad para otorgarle significación; por momentos
se diría que hasta simple existencia” (1998: 38), Paz no la tolera y necesita
darle un referente, aunque no sea más que fantasioso. Este tipo de análisis
que intentan divorciar vida y obra o discurso y referencia —así como aquellos
que hermanan irreflexivamente ambas zonas— obliteran la posibilidad de
considerar la poesía de sor Juana como el espacio donde encontrar una autora
estratega, consciente de su posición, además de leer esa poética en otros
textos ya menos políticos, ya menos ligados a los afectos.
De hecho, si leyéramos solamente un divorcio entre sistemas de sentido
—simbólico y referencial— en la poesía sorjuanina, ignoraríamos una
cartografía de los vínculos que la misma ciudad letrada plantea. En el diálogo
entre el soneto-dedicatoria “El hijo que la esclava ha concebido” impreso en
1689 y el romance-prólogo “Esos versos, lector mío” impreso en 1690, se
ilustra la ambivalencia entre la autoría y la autoridad, como una alternativa a
la desconexión entre un sistema referencial y el discurso literario. En tanto
paratextos, ambos poemas explican distintas “realidades”: el vínculo con la
mecenas a quien se dedica la producción, y aquel con el libro que anteceden,
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sin desconectarse completamente del centro de la ciudad letrada, pero
tampoco en dependencia exclusiva de él para tener u otorgar sentido.
El texto sugiere un vínculo entre mecenas, obra y autora que descansa
sobre dos disciplinas: el derecho y la biología. Así, la obra de sor Juana es
tratada como “el hijo”, “opimo fruto”, “borrones”, “hijos del alma”, “partos
del pecho” y “conceptos” que, aún manu propria sorjuanina, son propiedad
por derecho de la mecenas. La dedicatoria salvaguarda el lugar del mecenas,
quien, aun cuando fija su nombre en la portada, se consolida en la dedicatoria
como verdadero/a dueño/a de los textos. El epígrafe de la dedicatoria
sorjuanina se hace eco de esta estrategia y propone también una narración de
la inocencia sorjuanina que se repite en otras zonas de su obra a partir del
motivo del “descuido de la obra” cuando se refiere a los papeles “que su
Excelencia la pidió y pudo recoger Sóror Juana de muchas manos, que no
estaban menos divididos que escondidos” (1689: f. 1).
Son estrategias de legitimación (el descuido, la inocencia, la ausencia de
voluntad creadora y publicadora) que no solo sor Juana sostiene sobre su
propia figura, sino que otros letrados que la avalan en distintos preliminares
en el libro reproducen y amplían, como una estrategia para que futuros
lectores ingresen al texto bajo la advertencia de que esos poemas y prosas son
producto de un sujeto legitimado. La dedicatoria funciona como garantía y
prueba de una amistad totalmente fundamental para la existencia de la obra
sorjuanina y, a la vez, es una estrategia contrastada en el prólogo por un relato
de autora que oscila entre la referencia absoluta a un poder fuera de sí que
permite su existencia, y una ausencia total de un otro/a que garantice nada,
más allá de la autora y el lector.
Así el poema que reemplaza en la reedición de Inundación castálida de
1690 (ahora llamada sencillamente Poemas...) un anónimo prólogo en prosa, y
que se antepone al soneto “El hijo que la esclava ha concebido”, es
puramente referencial, en tanto se concibe a sí mismo como un prólogo
desde sus primeros versos y a partir de la confirmación de su epígrafe, que
así lo nomina. Su naturaleza paratextual, reafirmada por el hecho de no estar
foliado y de reemplazar al prólogo en prosa, presenta el libro y sugiere que
quien “habla” en el poema no es un yo lírico ideal, sino la misma autora que
ofrece los versos a sus lectores, no a través de la mecenas sino, ahora, sin
intermediarios. El prólogo como género cobra una importancia relevante en
el libro impreso por constituir una “zona de transacción” (Genette, 2001: 8)
estratégica porque establece el primer contacto entre lector y autor, mientras
éste, desde el texto, pretende regular la lectura. Constituye un horizonte de
espera y una guía de instrucciones en cuanto a la percepción de la obra. Al
mismo tiempo, el autor del prólogo se afirma y se posiciona a través de lo
que dice y anticipa las reacciones del lector.
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El poema se establece en una ambivalencia muy clara entre una
escritura encargada sin voluntad ejecutora y un discurso altamente persuasivo
dirigido a sus lectores y, específicamente, a su libertad interpretativa. Mientras
sor Juana avanza por el romance con “la pluma trotando” (v. 48) —
prosopopeya que expone una escritura planteada como fruto del tiempo
ocioso—, al mismo tiempo desea controlar la interpretación del lector, a
quien, en su libertad, pueden o no gustarle los poemas: “Y siempre te sirvo,
pues / o te agrado, o no te agrado: / si te agrado, te diviertes; / murmuras, si
no te cuadro” (v. 29-32).
Si bien sor Juana no asume la autoridad sobre su libro de poesía, bajo
el argumento de que el lector no debe estimar lo que ella nunca pensó que
fuera a sus manos (v. 11-12) y, en un mismo movimiento, revela que, si no
fue su voluntad, tiene que haber sido de quien fomentó su impresión —la
condesa de Paredes—, el reverso de esa actitud es la responsabilidad autoral
de quien persuade al lector para que aprecie su trabajo. En este sentido, la
ambivalencia entre la función de autoridad —quien autoriza y legitima la
escritura— y la de autoría —quien se responsabiliza por ella y da fe de su
propiedad— da cuenta de una poeta que se mueve entre un sistema de signos
referencial, como los vínculos coloniales entre mecenas y letrados, y el
discurso literario que disfraza de libertad los pactos de poder.
Fernández de Lizardi: la ciudad pantano y la muerte del letrado
colonial
En su capítulo tercero, “la ciudad escrituraria”, Rama sostiene un
desacople o desencuentro sistemático de la escritura en relación con el
contexto social, esta vez aplicado al fin de la colonia y el proceso de
independencias hispanoamericanas. Al respecto, nos acerca el caso de
autoconciencia y desolación que experimenta Simón Bolívar: “Era otra vez,
la función escrituraria, que comenzó a construir, despegada de la realidad, la
que Bolívar estigmatizó como una “república aérea”, prolongando en la
independencia el mismo desencuentro que había conocido en la Colonia
entre el corpus legal y la vida social” (Rama, 1998: 53).
Dentro de este espectro de desencuentro entre escritura de corte
político-legal y la vida social, Rama inserta la propuesta de José Joaquín
Fernández de Lizardi. Y no toda su escritura (que fue por demás variada y
que se destacó, sobre todo, en la prensa periódica como uno de los primeros
periodistas en Nueva España), sino principalmente su primera novela, El
Periquillo Sarniento, que Lizardi publica en 1816 y que fue considerada por la
crítica literaria como la primera novela hispanoamericana. Rama caracteriza
esta obra como un efecto del contexto revolucionario y la clasifica de
innovadora porque, por un lado, rompe con la circulación secreta de la ciudad
letrada y su lengua latina y, por otro, porque “irrumpe el habla de la calle con
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un repertorio lexical que hasta ese momento no había llegado a la escritura
pública […] y lo hace con un regodeo revanchista que no llegan a simular las
prevenciones morales con que se protege Lizardi” (1998: 54). De hecho,
Rama sostiene que las críticas hacia las figuras letradas en la novela (médicos,
maestros, escribanos, boticarios, abogados, jueces, entre otros) aluden a toda
la obra del Pensador Mexicano y su “cartel de desafío a la ciudad letrada, mucho
más que a España, a la Monarquía o a la Iglesia, y que su singularidad estriba
en la existencia de un pequeño sector ya educado y alfabetizado que no había
logrado introducirse en la corona letrada del Poder aunque ardientemente la
codiciaba” (1998:54). Para ello, Rama compara la escritura de Lizardi y de
gaceteros del período independentista con una nueva versión del graffiti que
trabajó para distintos casos de denuncias al poder burocrático dentro de la
Colonia en el capítulo segundo:
[Lizardi] tiene que dar la batalla dentro del mismo campo que limita la
escritura, por lo tanto dirigiéndola a un público alfabeto recién
incorporado al circuito de la letra […] las gacetas empiezan a funcionar
dentro de una precaria legalidad, cuya base es ya implícitamente
burguesa; deriva del dinero con que pueden ser compradas […]. (1998:
54).
Son varios los temas que imbrica Rama como un todo inescindible para
este momento de derrumbe colonial y de luchas intestinas y que necesitamos
desmalezar para comprender los aportes de la novela de Lizardi, las tensiones
que tuvo con la sociabilidad letrada novohispana y, sobre todo, las críticas de
este escritor sobre la nocividad del letrado colonial y de su necesaria “muerte”
para una renovación de la sociedad que exceden motivos personales de este
publicista. En primer lugar, Rama toma por caso testigo a México y, sin
embargo, engloba la escritura de Lizardi como revolucionaria. No obstante,
este escritor se caracterizó por ser un liberal que buscó, desde 1812, la forma
de instaurar la Constitución de Cádiz en Nueva España por considerar que
la insurgencia implicaba una guerra interna que no llevaría a buen puerto a la
patria. Es decir, el modelo de ciudad letrada presentaría fisuras en sus
cimientos entre los letrados novohispanos que defendieron la independencia
absoluta de España (como el caso de Servando Teresa de Mier) y aquellos
que se posicionaron en posturas intermedias o fidelistas (siendo los casos de
Mariano Beristáin para el caso fidelista o de Lizardi en el caso liberal).
En segundo lugar, Rama considera que la apertura de la ciudad letrada
solo puede darse por ataques de criollos marginales que buscan criticarla,
pero desean en su fuero interno formar parte de ella. Tenemos bien en claro
que la producción de Lizardi fue liminar de la Arcadia Mexicana (formada
entre otros letrados, por el mismo Carlos María de Bustamante quien fue el
redactor del Diario de México en 1805). Los casos de Lizardi y de Bustamante
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nos enseñan que la Arcadia Mexicana o círculo de letrados prestigiosos de
México, no accionó según los parámetros fijos de la ciudad letrada como la
entiende Rama para el período específicamente barroco, sino que contó con
varios letrados que criticaron la burocracia virreinal y que, en el caso de
Bustamante, no dudaron en sumarse a la insurgencia luego de la prohibición
de la libertad de imprenta (sancionada por las Cortes de Cádiz e impedida a
fines de 1812 por el virrey Venegas).
En tercer lugar, Rama oblitera una primera parte sumamente valiosa del
discurso emancipador de muchos letrados hispanoamericanos, como fueron
los casos de Bolívar, Nariño, Miranda y hasta de Simón Rodríguez, para los
que el discurso político tenía un peso performativo fundamental. El Bolívar
que recupera Rama se encuentra más cerca del de la “Carta de Jamaica” de
1816, de la mano del fracaso del primer intento de construcción de repúblicas
en América con modelos ingleses o franceses. El proceso independentista
llevó entre diez y catorce años y tuvo consigo momentos de euforia, así como
también de desolación. Rama solo destaca las “ilusiones perdidas” de un
momento determinado de ese proceso, sin verlo en su totalidad y en sus
vericuetos.
En cuarto lugar, Rama analiza los desencuentros entre la escritura legal-
política y las necesidades sociales, para los que rescata las figuras de políticos
y educadores como referentes, con Lizardi y Rodríguez como representantes
de este modelo. Si bien destaca la apertura y visibilidad que ambos le han
dado a la lengua popular, sostiene que su producción se perdió en el olvido.
Para ello, recurre a la figura y aportes de los “gaceteros”, quienes juegan con
los límites permitidos de la escritura y se desentienden de los mecenas para
buscar suscriptores. Según Rama, los gaceteros serían los continuadores de
los escritores anónimos de los graffitis ilegales de la Colonia. Esta lectura está
en sintonía con la que presenta Rafael Rojas en La escritura de la independencia
(2003) para los panfletistas —entre los que se destaca Lizardi— que
construyen su discurso y accionar en la ciudad de México y su apariencia física
según el tipo de escrito político que venden, como una suerte de grupo de
poetas malditos. Sin embargo, en esta observación Rama deja de lado lo que
verdaderamente testifica la escritura de las gacetas, panfletos o periódicos en
lengua “canalla”: la fuga o avería de la escritura “sagrada” o “secreta” del
anillo concéntrico de la ciudad letrada, apertura causada no por un mero
desafío a este espacio sacrosanto burocrático, sino por el desmoronamiento
o ineficacia de las labores de los letrados coloniales. En otras palabras, la
producción de Lizardi en todas sus variantes (prensa, narrativa ficcional,
poesía y teatro) si en algo es referente es de atestiguar la ineficacia de la
conjunción entre cultura y burocracia administrativa. Según los escritos de
Lizardi —tomando como ejemplos los diálogos y personajes de su periódico
El Pensador Mexicano (1812-1814) y sus novelas El Periquillo Sarniento (1816) y
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Don Catrín de la Fachenda (1832)— de la gloriosa ciudad barroca del siglo XVII
no queda más que un pantano constituido por espacios de perdición en los
que se hunden y echan a perder las almas ingenuas de jóvenes. Estos espacios
van desde lugares de juegos o “arrastraderitos”, hasta las escuelas primarias
donde los maestros simulan enseñar preceptos de un latín que desconocen.
En todos los espacios urbanos se simula y el saber deviene grotesco: los
cuerpos se ocultan bajo ropajes importados o contrahechos, la luz ilumina
solo la porción de cuadras cercanas al Palacio Nacional y la Catedral para
dejar los márgenes de la ciudad a oscuras y plagados de delincuencia, los
mercados populares se ven invadidos por comerciantes egoístas que se
aprovechan de la necesidad del pueblo, los médicos y boticarios ensayan
brebajes en cuerpos humanos desvalidos.
Al respecto, Juan Pablo Dabove (1999) nos muestra la contaminación
del espacio sagrado en la novela El Periquillo Sarniento en la que Lizardi sitúa
el lugar de juegos al lado de la Iglesia. Sobre todo, los espacios de perdición
o de vicio cumplen, según Dabove, la misma lógica oficial que el espacio
sagrado y burocrático: “en el arrastraderito (y en la actividad excluyente
dentro de él, el juego de dados, naipes o billar) se resumen críticamente
muchas de las formas de la sociabilidad colonial: la educación, la circulación
de bienes simbólicos, el modo de “jugar” las relaciones sociales” (1999: 33).
Los accionares análogos, empastados, del lugar sagrado y del lugar de
perdición, le permiten a Dabove observar que Lizardi construye la metáfora
picaresca del arrastraderito como espejo de la ciudad letrada y, con ello, este
escritor novohispano se coloca en tensión dentro de las redes letradas a las
que pertenece: “es ese autocuestionamiento el que da al Periquillo su capacidad
de interpelación y su nota como novela moderna” (1999: 33). En otras
palabras, lo que hace moderna a la novela es su ambigüedad o tensión
autoconsciente tanto del autor-editor de la novela (Lizardi es un personaje
más, amigo íntimo del protagonista y hacedor de su biografía-novela), como
del propio Pedro Sarmiento quien cambia su vida de letrado pícaro a
hacendado-buen padre de sus hijos y de la comunidad.
La novela de Lizardi recurre al género picaresco para mostrarnos cómo
los cuerpos en la ciudad de México se ven cooptados, engañados o taimados
por letrados corruptos que han transformado la fiesta barroca en oscuridad.
El plano ordenado del cual se había configurado la ciudad conquistada devino
en pantano que obtura la libertad de los habitantes. Frente a la ciudad
escrituraria degradada, Lizardi propone la vida de un letrado reformado
letrado colonial devenido en hacendado. La salida del laberinto letrado
colonial viene de la mano de una novela-testamento en la que los yerros
conducen a la reforma y a la perspectiva ilustrada fisiocrática sobre la tierra:
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Es verdad que don Pedro escribió sus cuadernos con el designio de que
solo sus hijos los leyeran; pero por fortuna éstos son los que menos
necesitan su lectura […] En México, señora, y en todo el mundo hay
una porción de Periquillos a quienes puede ser más útil esta leyenda por
la doctrina y la moral que encierra […]. (Fernández de Lizardi, 1976:
944).
La efectividad de la vida reformada de Pedro Sarmiento ejerce su
epítome de utilidad en su propio entierro en el que sus amigos de todo el
espectro social, a la espera de que se coloque su lápida, ensayan —graffitean—
poesías en las paredes del camposanto. Así, el anteúltimo capítulo de la
novela despliega una escritura improvisada y comunitaria de los distintos
amigos cercanos del protagonista que han aprendido de su benevolencia. Esta
escritura en diálogo la inicia el propio padre Pelayo, quien “tomó un carbón
del incensario, y en la blanca pared del camposanto escribió […] el siguiente
soneto […] Como tenemos todos un poco de copleros a lo menos, fuimos
escribiendo en la humildísima pared los versuchos que nos venían a la
imaginación […]” (1976: 938-939). Escritura encadenada que se sella con los
versos del indio fiscal de San Agustín de las Cuevas: “La dicha copla, después
de muchos comentos que sobre ella hicimos a causa de que estaba
ininteligible por su maldita letra, sacamos en limpio lo que decía” (1976: 942).
Así, Lizardi plantea un desvío de la escritura del graffiti como se lo conocía en
el período colonial y que se alejaría de la forma semilegal de las gacetas o
panfletos como la entiende Rama para el período independentista. La novela
nos muestra la muerte del letrado colonial y el pasaje necesario a un hombre
útil cuyo legado revitaliza el trabajo con la tierra y recupera la comunidad de
los hombres que le rinden homenaje en las paredes blancas del cementerio.
Para Lizardi, la comunión de los hombres (del cura al indio) solo es posible
con el cese nocivo del cuerpo letrado colonial.
Conclusiones
En este artículo hemos realizado un análisis de la propuesta de ciudad
letrada de Ángel Rama a través de su uso como “máquina semiótica” como la
entendió y puso en práctica Juan Pablo Dabove en sus análisis (sobre todo,
de la obra de Fernández de Lizardi). A partir del caso mexicano y de dos
períodos clave como fueron los de la ciudad barroca y el declive de la
sociedad colonial con el advenimiento de los procesos independentistas en
las primeras dos décadas del siglo XIX, nos concentramos en la escritura de
Sor Juana Inés de la Cruz y de José Joaquín Fernández de Lizardi para poner
en evidencia la fragilidad del grupo letrado que conformaba y actuaba la
palabra burocrático-sagrada del poder. Sobre todo, buscamos dar a luz las
tensiones que implicó el ejercicio letrado, así como también las prácticas
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discursivas a las que apelaron los escritores seleccionados para dialogar con
ese malestar constituyente de su identidad cultural problemática.
Por otro lado, indagamos tanto los planos urbanos como los
mecanismos de poder que dieron luz tanto a la ciudad real como a su criatura,
la ciudad letrada, y que tuvieron sus epígonos en la escritura que comienza en
un arcos triunfales y culmina en un graffiti, ambos espejos deformantes de un
proyecto utópico de la autonomía escrituraria que a fines de la Colonia devino
en el testamento de la necesaria muerte del letrado colonial en busca de otro
tipo de modelo alternativo que incluyera la escritura en comunidad.
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