Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 38-51 42 ISSN 2422-5932
sorprendente pero no inesperado— como “verdaderos batiscafos, sino
extraterrestres al menos extracontinentales” (76).
Naturalmente, esa condición si no extraterrestre al menos
extracontinental de las ciudades barrocas, no puede sino aumentar la
extrañeza del relato. Más aún cuando, leemos, en ellas habita y actúa,
concretamente, “un grupo social especializado (…) el equipo intelectual” (83)
que, para más datos, es distinguido como “una clase codiciosa” pero, frente
al poder, “la clase más leal” (110). Este letrado grupo de tareas es,
lógicamente, el que opera aquel “primer y esplendoroso” modelo cultural. Y,
como precisa Rama, no lo opera de cualquier modo, sino —plástica y
meticulosamente— estableciendo el Imperio como su “campo de
experimentación” (73). Llegados a este punto, en el cual el sueño de un orden
se conjuga con un campo de experimentación de dimensiones e intereses
imperiales administrado por una minoría concentrada, elitista y jerárquica
(pues, explica Rama, el poder no sólo rige la ciudad letrada sino que le inspira
“sus principios de concentración, elitismo, jerarquización”, 101), y tras haber
atravesado “el muro del tiempo” y descubierto la “pantalla reductora” que
enmascara para los protagonistas —pero descubre al lector— la verdad, casi
no sorprende la “irrupción onírica” del Sueño (o Primero sueño) de sor Juana.
Aunque sí sorprende —o desorienta, llamando la atención— el modo en que
aparece en la escritura de La ciudad letrada, pues mientras la frase comienza,
rematando la anterior, con la constatación —algo capciosa— de la
efectividad del sistema abstracto y racionalizado del discurso que la cultura
barroca pone en marcha para capturar, e inventar, la realidad, tras un punto
y coma escuchamos: “y la operación original (y genial) de sor Juana consiste
en haber hecho de esa desconexión entre el discurso literario y la urdiembre
de los afectos, el tema central de su poética”, tras lo cual —y sin cambiar de
oración— todo ocurre muy rápido: menciona el Sueño (o Primero sueño),
calificándolo como “irrupción onírica”, y enseguida cita pero no sus versos,
sino de un romance, también de sor Juana, que tampoco comenta, y entonces
salta a otro párrafo y a otro tema. Como si de pronto esa voz que se cuela en
el punto y coma, sin arrepentirse de haberse mostrado quizá excesivamente,
de haber señalado incluso una salida de la ciudad letrada, quisiera borrar el
rastro de sus pasos, despistar y hundirse, nuevamente perderse, en el
laconismo atemporal de la escritura, leemos a continuación de la “irrupción
onírica” de sor Juana: “La evolución del sistema simbólico siguió siendo
impetuosa a través del tiempo” (95). Algo, pero qué, pasó. Llama, cuando
menos, la atención. Y esto no tanto porque, pocas líneas después, ya estemos
inmersos en el menudo análisis del nomenclátor urbano de las ciudades
americanas que pasa de simples motes particulares para sus calles, nacidos de
la contigüidad, a nombres honoríficos, de acontecimientos o personas, que
buscan notar una memoria común o nacional, hasta llegar a los llanos