Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 38-51 38 ISSN 2422-5932
LA MUJER EN EL CASTILLO. CIUDAD LETRADA:
CRÍTICA – CIENCIA – FICCIÓN
THE WOMAN IN THE HIGH CASTLE. LETTERED CITY:
CRITICISM – SCIENCE – FICTION
Facundo Ruiz
Instituto de Literatura Hispanoamericana-UBA/CONICET
Doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires e Investigador Independiente de CONICET y del Instituto
de Literatura Hispanoamericana (UBA), donde dirige el grupo Estudios Barrocos Americanos. Se desempeña como
profesor a cargo de Fundamentos de los Estudios Literarios y docente de Literatura Latinoamericana I en la
Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Preparó la Antología temática de la poesía argentina (2017, con L.
Del Gizzo); editó y anotó parte de la obra de Carlos de Sigüenza y Góngora (Mínimas multitudes.
Infortunios, motines y polémicas, 2018) y todas las cartas y varia poesía de sor Juana Inés de la Cruz
(Nocturna, mas no funesta, 2014); dirigió Archivo animado (2024) y coordinó los volúmenes críticos
Barroco americano: mapas para uma literatura crítica (2022, con S. Anderson Lima) y Figuras y
figuraciones críticas en América Latina (2012, con P. Martínez Gramuglia). Es co-editor de Rapallo.
Contacto: nofacundosi@gmail.com
ORCID: 0000-0001-6118-8500
DOI: 10.5281/zenodo.23602002
DOSSIER
Ángel Rama (1926-2026):
literatura, crítica y utopía latinoamericana
Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 38-51 39 ISSN 2422-5932
Fecha de envío: 14/05/26 Fecha de aceptación: 29/06/26
Ángel Rama
Ciudad letrada
Ciencia Ficción
Colonialidad
Crítica Latinoamericana
El advenimiento o la inscripción de la ciudad letrada en América es descripta por Ángel
Rama de una forma tan singular que su escritura crítica, sin perder laconismo, se extraña
notablemente hasta dar con el principio de un crítico relato de ciencia ficción: “Al cruzar el
Atlántico no sólo habían pasado de un continente viejo a uno presuntamente nuevo, sino que
habían atravesado el muro del tiempo e ingresado al capitalismo expansivo y ecuménico,
todavía cargado de misionerismo medieval.” Esta conjunción de misionerismo medieval y
capitalismo expansivo crea de inmediato esa atmósfera ciberpunk de high tech, low life que,
efectivamente, La ciudad letrada nunca abandonará y que permite leer en ella, no el
tradicional interés por el pasado (europeo o indígena), más o menos transculturado, ni la
actualidad de esa infame cruzada contada como historia intelectual, sino –insoslayable– una
preocupación inclaudicable y matriz por –leemos– “el futuro que aún no existe”, de donde
emergen diálogos menos usuales a la hora de abordar dicha obra así como la posibilidad de
vislumbrar la elocuencia formal de su arte de pensar.
RESUMEN
PALABRAS CLAVE
Ángel Rama
Lettered City
Science Fiction
Colonialism
Latin American Criticism
The advent or inscription of the lettered city in America is described by Ángel Rama in such
a unique way that his critical writing, without relinquishing its laconic tone, becomes
remarkably strange, to the point of resembling the beginning of a critical science fiction story:
“Upon crossing the Atlantic ocean, they had passed from an old continent to a “new” one
and had also entered a different era, animated by an expansive and ecumenical sort of
capitalism still charged with a medieval sense of mission.” This combination of medieval
sense of mission and expansive capitalism immediately creates that cyberpunk atmosphere of
high tech, low life that, indeed, The Lettered City will never abandon and that allows us to
read in it, not the traditional interest for a past (European or indigenous), more or less
transcultural, nor the present relevance of that infamous crusade recounted as intellectual
history, but rather—unavoidably—an unyielding and fundamental concern for—we read—
“the future that still is not” . It is from this concern that less common dialogues emerge when
addressing this work, as well as the possibility of glimpsing the formal eloquence of his art of
thinking.
KEYWORDS
Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 38-51 40 ISSN 2422-5932
El imperio nunca dejó de existir
Philip K. Dick
El advenimiento o la inscripción de la ciudad letrada en América es descripta
por Ángel Rama de una forma tan singular que su escritura crítica, sin perder
laconismo, se extraña notablemente hasta dar con el principio de un crítico
relato de ciencia ficción: “Al cruzar el Atlántico no sólo habían pasado de un
continente viejo a uno presuntamente nuevo, sino que habían atravesado el
muro del tiempo e ingresado al capitalismo expansivo y ecuménico, todavía
cargado de misionerismo medieval.” (2024: 60)
1
Si bien más tarde
descubrimos que en el carácter “presunto” de lo nuevo estaba la clave, la
conjunción de misionerismo medieval y capitalismo expansivo, apenas
comenzado el libro, crea de inmediato esa atmósfera ciberpunk de high tech,
low life que, efectivamente, La ciudad letrada nunca abandonará. En cualquier
caso, si no es claro en el primer párrafo, llegados al tercero ya es ciertamente
difícil decir dónde se encuentra quien habla, de qué lado del “muro del
tiempo” y, más aún, cuál es su tiempo, el tiempo desde el que narra esa space
opera colonial. El extrañamiento, de todos modos, es compartido por los
personajes: “Los propios conquistadores que las fundaron percibieron
progresivamente a lo largo del XVI que se habían apartado de la ciudad orgánica
medieval (…) para entrar en una nueva distribución que encuadraba un
nuevo modo de vida” (59). Así, concluye rápidamente La ciudad letrada, “los
conquistadores no reprodujeron el modelo de las ciudades de la metrópoli de
que habían partido” (61); y aunque al principio vacilaron, demorándose en
soluciones del pasado: “Gradualmente, inexpertamente, fueron descubriendo
la pantalla reductora que filtraba las experiencias viejas ya conocidas (…)
respondiendo ya no a modelos reales, conocidos y vividos, sino a modelos
ideales concebidos por la inteligencia, los cuales concluyeron imponiéndose
pareja y rutinariamente a la medida de la vastedad de la empresa” (61-2). Este
otro descubrimiento, el de una “pantalla reductora”, ese extraño filtro que
torna el pasado conocido en un futuro definitivo pero aún incierto, y que
parece colocar el quid de La cuidad letrada en diálogo con La invención de Morel
de Bioy Casares, es introducido poco antes para explicar que “lo que se pensó
1
Todas las citas siguen la misma edición de La ciudad letrada, detallada en la Bibliografía. Por eso,
para evitar la reiteración y distinguir sus citas, en su caso consignaré solo el número página de ahora
en adelante.
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era mera transposición del pasado (…) en verdad fue la realización del sueño
que comenzaba a soñar una nueva época del mundo” (61). Esa pantalla,
sabemos entonces, es la clave de la verdad; pero, advierte La ciudad letrada, es
al mismo tiempo lo que la produce e impone, la enmascara y reduce. Sin
Prósperos ni Calibanes, el paradigma de la pantalla reductora —impersonal y
proyectivo, onírico y real juntamente— inaugura no una historia letrada
distinta de América sino la discusión de su verdad.
Pocas páginas después, encontramos que en el centro de La ciudad
letrada se halla el barroco. Y como la ciudad letrada, el barroco es lo que se
desplaza a lo largo de los siglos otorgando coherencia a ese sueño o nueva
época del mundo: “El resultado en América Latina fue el diseño en damero
que reprodujeron (con o sin plano a la vista) las ciudades barrocas y que se
prolongó hasta nuestros días” (65). Las ciudades barrocas reproducen así,
hasta nuestros días, ese sueño (una idea que, con 29 años y vía Picón Salas,
ya había sostenido en el que quizá sea su mejor texto sobre el barroco, cf.
Rama 1955). O, insiste más preciso en La ciudad letrada, reproducen no ese
sueño sino el diseño de ese futuro (colonial), que no es exactamente un sueño
sino su representación realizada: “El sueño de un orden servía para perpetuar el
poder y para conservar la estructura socio-económica y cultural que ese poder
garantizaba” (71). El barroco, que había fungido las décadas anteriores como
el arquetipo de contraconquista, asomaba —siempre jánico, había dicho
Picón Salas en 1944, a quien sigue y cita Rama— su otro rostro. De todos
modos, la ciudad barroca es apenas parte de una nueva cultura, la cultura
barroca, a la que Rama llama —nada menos— “primer y esplendoroso
modelo cultural operativo de la modernidad” (72). Y, aun así, la ciudad
barroca no es cualquier parte de la nueva cultura, sino “[l]a primera aplicación
sistemática del saber barroco” (73). Así nos enteramos, unas páginas más
tarde, que, si la norma de la ciudad barroca es fijada por la ciudad sede
administrativa, a diferencia de esta y, puntualmente, a diferencia de todas las
ciudades (la ciudad puerto, la ciudad bastión, la ciudad frontera) que
constituyen “la parte material, visible y sensible” (85) del orden colonial, la
ciudad barroca no sólo se encuentra siempre dentro de ellas, sino que viene
a ser su parte inmaterial, invisible (su parte eterna). Más que acercarnos a Las
ciudades invisibles de Calvino, que son muchas, fantásticas y diversas, a medida
que nos adentramos en el relato de Rama la sensación pareciera tornarse
bastante menos fantasiosa, algo más asfixiante y, sobre todo, mucho menos
múltiple y variada, a tal punto que podríamos estar leyendo el plot de La ciudad
y la ciudad que casi treinta años más tarde escribirá China Miéville. En
cualquier caso, esta característica singular de la ciudad barroca, su presencia
invisible, ubicua e imperecedera, de algún modo explica que Rama las
presente como “ciudades irreales”, y las describa a continuación —
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sorprendente pero no inesperado— como “verdaderos batiscafos, sino
extraterrestres al menos extracontinentales” (76).
Naturalmente, esa condición si no extraterrestre al menos
extracontinental de las ciudades barrocas, no puede sino aumentar la
extrañeza del relato. Más aún cuando, leemos, en ellas habita y actúa,
concretamente, “un grupo social especializado (…) el equipo intelectual” (83)
que, para más datos, es distinguido como “una clase codiciosa” pero, frente
al poder, “la clase más leal” (110). Este letrado grupo de tareas es,
lógicamente, el que opera aquel “primer y esplendoroso” modelo cultural. Y,
como precisa Rama, no lo opera de cualquier modo, sino —plástica y
meticulosamente— estableciendo el Imperio como su “campo de
experimentación” (73). Llegados a este punto, en el cual el sueño de un orden
se conjuga con un campo de experimentación de dimensiones e intereses
imperiales administrado por una minoría concentrada, elitista y jerárquica
(pues, explica Rama, el poder no sólo rige la ciudad letrada sino que le inspira
“sus principios de concentración, elitismo, jerarquización”, 101), y tras haber
atravesado “el muro del tiempo” y descubierto la “pantalla reductora” que
enmascara para los protagonistas —pero descubre al lector— la verdad, casi
no sorprende la “irrupción onírica” del Sueño (o Primero sueño) de sor Juana.
Aunque sí sorprende —o desorienta, llamando la atención— el modo en que
aparece en la escritura de La ciudad letrada, pues mientras la frase comienza,
rematando la anterior, con la constatación —algo capciosa— de la
efectividad del sistema abstracto y racionalizado del discurso que la cultura
barroca pone en marcha para capturar, e inventar, la realidad, tras un punto
y coma escuchamos: “y la operación original (y genial) de sor Juana consiste
en haber hecho de esa desconexión entre el discurso literario y la urdiembre
de los afectos, el tema central de su poética”, tras lo cual —y sin cambiar de
oración— todo ocurre muy rápido: menciona el Sueño (o Primero sueño),
calificándolo como “irrupción onírica”, y enseguida cita pero no sus versos,
sino de un romance, también de sor Juana, que tampoco comenta, y entonces
salta a otro párrafo y a otro tema. Como si de pronto esa voz que se cuela en
el punto y coma, sin arrepentirse de haberse mostrado quizá excesivamente,
de haber señalado incluso una salida de la ciudad letrada, quisiera borrar el
rastro de sus pasos, despistar y hundirse, nuevamente perderse, en el
laconismo atemporal de la escritura, leemos a continuación de la “irrupción
onírica” de sor Juana: “La evolución del sistema simbólico siguió siendo
impetuosa a través del tiempo” (95). Algo, pero qué, pasó. Llama, cuando
menos, la atención. Y esto no tanto porque, pocas líneas después, ya estemos
inmersos en el menudo análisis del nomenclátor urbano de las ciudades
americanas que pasa de simples motes particulares para sus calles, nacidos de
la contigüidad, a nombres honoríficos, de acontecimientos o personas, que
buscan notar una memoria común o nacional, hasta llegar a los llanos
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números y series que sólo atienden a ubicar, con quirúrgica y sistemática
precisión, una aguja en un pajar. No: esa metódica vertiginosidad
caleidoscópica, esa ilación de polímata y no de archivista, es propia de La
ciudad letrada, del ritmo urgente de su arte de pensar. No es el salto ni el
cambio de tema lo que llama la atención, sino —y al mismo tiempo— la
emergencia de esa voz y el que, por primera y única vez, nos indique con
nombre, obra y apellido, una salida, de la que luego —apenas, y muchas
páginas después— dará lateral y vagamente sus señas genéricas.
Podría pensarse que, muy siglo XVII y muy barroco, Rama planta —
abre o menta— un sueño letrado en otro, como cajas chinas en burbujas,
para romper el intrincado tejido del discurso barroco, el sortilegio de ciudad
letrada, que —dice— “[c]omo una red se ajusta sobre la realidad para
otorgarle significación; por momentos, se diría que hasta simple existencia”
(95). Pero no, lo ha leído en Las palabras y las cosas de Foucault: en el centro
de la ciudad letrada no está Velázquez, sino Borges. Y por eso, la estrategia
de Rama tiene —tal cual encomia en Simón Rodríguez— menos que ver con
el arte de escribir que con el arte de pensar. A fin de cuentas, para salir del
laberinto letrado, como de todo laberinto, no se puede seguir ninguno de sus
pasillos abecedarios, ni confiar en el nomenclátor de su ortografía ni, mucho
menos, arriesgarse al orden de su —fatigada— gramática metropolitana.
Otro arte es necesario. Porque el sueño de un orden impone, sabe Rama, “a
cualquier discurso opositor de ese poder” la obligación de “transitar,
previamente, por el sueño de otro orden.” (71) He ahí la trampa, o el acertijo.
Que es lo que resuelve sor Juana, o el tema central de su poética, susurra
Rama. Como también, extrañamente lindero, Philip K. Dick en El hombre del
castillo.
El asunto es más o menos conocido: en 1962 Dick publica la novela
cuya historia se desarrolla en un mundo, el nuestro, en el cual en 1947 han
triunfado no los Aliados sino el Eje y fundamentalmente la Alemania nazi,
aunque también el Japón imperial (y ninguna Italia), ordenan la vida, o lo que
queda —y hacen— de ella. Como en otras novelas de Dick, y como suele
ocurrir con los personajes en la ciencia ficción, la trama cruza distintas
historias sin dejar el acento (y el centro) rigurosamente en un solo lugar o,
como decía Rama que decía Goethe, sin proporcionar a través de ellos de
una vez y para siempre el hilo rojo que fija la significación en la diversidad.
Sin embargo, y más o menos subterráneamente, la aparición esporádica pero
frecuente de un libro —prohibido por los nazis, pero cuya circulación es,
quizá por eso, amplia y conocida— va urdiendo, o exponiendo, no otra trama
sino otra matriz para la misma, como si de una parábola de La figura en el tapiz
de Henry James se tratara. Ese libro prohibido se llama La plaga de la langosta
(The Grasshopper Lies Heavy) y narra, distópicamente, una historia en un mundo
en el cual en 1945 han triunfado los Aliados y no el Eje, y donde
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fundamentalmente EEUU lo administra todo. Quien lo ha escrito es,
naturalmente, el hombre en el castillo. Por qué lo ha escrito es, de golpe, lo
que una de las protagonistas de la novela quiere saber y se dispone a averiguar.
La respuesta la da el I Ching, que ha guiado (si no ordenado) su escritura:
Chung Fu, la verdad interior. La novela se ha escrito porque es verdad.
Entonces termina la novela.
¿Por qué escribe Rama La ciudad letrada? ¿De qué trata? En algún punto,
eso es lo primero que nos cuenta, cuando presenta la “pantalla reductora”:
“lo que se pensó era mera transposición del pasado (…) en verdad —cursivas
mías— fue la realización del sueño que comenzaba a soñar una nueva época
del mundo”. La ciudad letrada no narra ninguna transposición, ninguna
transformación del pasado, europeo o indígena. Y lo dice: “nuestro asunto es
la cultura urbana en América Latina” (79). Ni los restos de misionerismo
medieval, ni la heredada red de agujeros indígena. La ciudad letrada no discute
ni negocia con ellos, no está interesado en eso: no está en el pasado lo que
busca o lo inquieta, no es el pasado lo que le importa. Y, también, lo dice:
2
“El futuro que aún no existe, que no es sino sueño de la razón, es la
perspectiva genética del proyecto” (65). Del proyecto colonial, del proyecto
de La ciudad letrada, pero, lógicamente, del proyecto de esa entidad conceptual
casi lovecraftiana, llamada “ciudad letrada”, tan abstracta y matemática como
“amurallada (…) agresiva y redentorista” (85) que —dentro de toda ciudad,
en el centro de toda cultura urbana, y dirigiendo tanto la urbanización de las
zonas rurales como la simbolización de la naturaleza—, invisible, todavía nos
rige. O, como dice Rama, todavía encuadra “la vida de la comunidad” (85).
Evidentemente, La ciudad letrada no es Transculturación narrativa en América
Latina, cuya matriz —por el contrario— (per)sigue “el deseo [de las letras
latinoamericanas] de independizarse de las fuentes primeras” (2007: 15).
Nada hay en La ciudad letrada de tales fuentes o tales deseos. De hecho, en La
ciudad letrada apenas dos veces se habla de “transculturación” y su sentido es
definido, sin vacilación, como sinónimo de “educar” y, sobre todo, de
“evangelizar” (88), lejos de contrapunteo alguno: “lo que se llamó primero
‘evangelizar’ y después ‘educar’. Aunque el primer verbo fue conjugado por
el espíritu religioso y el segundo por el laico y agnóstico, se trataba del mismo
esfuerzo de transculturación a partir de la lección europea” (78). En este
sentido, casi podría pensarse que La ciudad letrada es a Transculturación narrativa,
lo que La plaga de la langosta a El hombre en el castillo.
Y entonces aparece sor Juana. No son muchos, y más bien son
poquísimos, los nombres, y muchas menos las obras, que Rama elige para
señalar posibles instancias donde “el sueño de otro orden” irrumpe, o intenta
2
Aunque no en inglés, pues curiosa y quizá no casualmente, esto no figura en la traducción de John
Charles Chasteen, cf. Rama 1996: 4-5.
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interrumpir, el letargo onírico persistente —la hibernoterapia, diría Fanon
(1974: 59)— impuesto por la ciudad letrada y su letrado grupo de tareas. Sor
Juana, Lizardi y Simón Rodríguez: ningún otro. A los últimos dedica algunos
párrafos (varios, en el caso de Rodríguez, con una cautela y una atención
elocuentes) y, también, se detiene a explicar por qué o cómo fracasaron. A
sor Juana, en cambio, la menciona al pasar: primero, y junto a Carlos de
Sigüenza y Góngora, como ideóloga del poder, pues ejemplo son los arcos
de ambos (el Neptuno alegórico y Teatro de virtudes políticas, respectivamente) “de
la tarea social y política que correspondía a los intelectuales y de la
conjugación que procuraban sus obras de las diversas fuerzas dominantes en
la sociedad para obtener mercedes, al tiempo que exaltaban la omnipotencia
de la figura carismática del Virrey.” (94) Y luego sola: mientras va cerrando
un párrafo, subraya —pero entre paréntesis— el Sueño (o Primero sueño) y cita
cuatro versos sin referir la fuente, que no es el poema mentado. Y no dice
que fracasa. Tampoco dice que triunfa (si bien la adjetivación, “original”,
“genial”, más que marcar que lo ha logrado anuncia, en el cambio de registro,
que algo pasa). Dice, en cambio, que sor Juana, al volver el tema central de
su poética la desconexión entre discurso literario y la urdiembre de los
afectos, ha llegado “a sospechar (y de ahí la irrupción onírica del Primero sueño)
que sólo en el hemisferio oculto se producía la verdad —cursivas mías—,
rigiendo y desbaratando el discurso racional que creyendo ser autónomo y
autosuficiente no hacía más que recoger los impulsos oscuros.” (95) Y eso es
todo. Dos párrafos más tarde nos descubrimos inmersos en la forma de
llamar las calles en América. Y dos o tres después termina el capítulo. Y
cuatro capítulos más tarde, termina el libro. Y sor Juana no vuelve a aparecer.
La colonia continuó viviendo en la república
José Martí
“Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su
misión, cumplirla o traicionarla”, comienza el capítulo IV de Los condenados de
la tierra de Frantz Fanon (1974: 188), “Sobre la cultura nacional”, que Ángel
Rama lee en francés y refiere, no en La ciudad letrada, donde descubre —
¿cumple o traiciona? — su misión, sino en el célebre “Diez problemas para
el novelista latinoamericano” de 1964 (Casa de las Américas n°26) que,
incorporado a La novela en América latina de 1982, vuelve a publicarse mientras
avanza la escritura de La ciudad letrada y Rama retoma su colaboración con la
revista cubana. Y sin embargo, de punta a punta, en la lúcida, inclaudicable e
incisiva beligerancia antiletrada de La ciudad letrada se escucha Los condenados
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de la tierra:
3
“El argumento que escoge el colonizado se lo ha indicado el
colono” (Fanon 1974: 75). Eso es la ciudad letrada, el argumento de La ciudad
letrada. “La condenación del colonialismo es continental. (…) Los esfuerzos
del colonizado por rehabilitarse y escapar de la mordedura colonial, se
inscriben lógicamente en la misma perspectiva que los del colonialismo”
(1974: 193). Eso también es, de punta a punta, la ciudad letrada: mordedura
y perspectiva del colonialismo; y donde se inscribe el esfuerzo —y el
tradicional “largo aliento” del latinoamericanismo— de La ciudad letrada. Y
esa es asimismo la exacta dimensión del esfuerzo de La ciudad letrada:
continental. Y continental en un sentido, puntualmente, colonial: el mapa que
hizo, y donde continuó viviendo, la colonia. Martianamente: de Norte a Sur,
y del norte (EEUU) al sur (Uruguay, Chile, Argentina). Un continente que,
no por eso, La ciudad letrada contempla enteramente (elocuente es el olvido
de Haití) ni concibe uniforme, sino ya según el criterio o “marco general, la
cultura barroca” que rige “el segmento que mucho más tarde terminaría
llamándose Latino”, ya según el criterio de “una frontier progresiva, la cual
regiría la colonización de los Estados Unidos y de la primera época de la
conquista del Brasil” (73 y 74), tal como recomendaba el capítulo IV de Los
condenados de la tierra y, antes, había leído en Martí, cuyas múltiples
coincidencias no podían pasar desapercibidas a Rama, menos aun cuando
acababa de citar su preciso enlace (con palabras de Ureña: “El hombre
universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será decantado:
sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra” Rama
1982: 162):
Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene más
cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno, y más
fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor, y
más naturalmente, en aquello que conoce, y de donde le viene
inmediata pena o gusto: y ese repartimiento de la labor humana, y no
más, es el verdadero e inexpugnable concepto de la patria. Levantando
a la vez las partes todas, mejor, y al fin, quedará en alto todo: y no es
manera de alzar el conjunto el negarse a ir alzando una de las partes.
Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos
más de cerca, y en que nos tocó nacer; —y ni se ha de permitir que con
el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles,
religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas, ni porque a
estos pecados se dé a menudo el nombre de patria, ha de negarse el
3
Del conocimiento preciso de la obra de Fanon (y, especialmente, de su lectura de Los condenados de
la tierra), así como de su contexto cultural y político, da cuenta la polémica de Rama con Oswaldo
Barreto, sostenida en noviembre y diciembre de 1977, en el periódico venezolano El Nacional, cf.
Rama y Barreto (1984).
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hombre a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que
tiene más cerca. (Martí 1895, 2003: 325)
Y ha llegado el momento de denunciar el fariseísmo de algunos. La
reivindicación nacional, se dice aquí y allá, es una fase que la humanidad
ha superado. Ha llegado la hora de los grandes conjuntos y los
anticuados del nacionalismo deben corregir en consecuencia, sus
errores. (…) La conciencia nacional, que no es el nacionalismo, es la
única que nos da dimensión internacional. (…) Si el hombre es su obra,
afirmaremos que lo más urgente actualmente para el intelectual africano
es la construcción de su nación. (…) Lejos de alejarse, pues, de otras
naciones, es la liberación nacional la que hace presente a la nación en
el escenario de su historia. Es en el corazón de la conciencia nacional
donde se eleva y se aviva la conciencia internacional. Y ese doble
nacimiento no es, en definitiva, sino el núcleo de toda cultura.” (Fanon
1959, 1974: 226-227)
Y en el núcleo de toda cultura americana La ciudad letrada encuentra —
halla o inventa— la ciudad letrada. En cuyo núcleo vive —o mejor dicho, he
ahí el problema: pervive— “el anillo protector del poder y el ejecutor de sus
órdenes”, esto es: “todos esos que manejaban la pluma”: “una estricta
minoría” (85 y 101); que Rama no llama en los 80 —como Fanon en los 60—
intelectuales colonizados, pero a quienes describe idénticamente, en tanto
encargados “de las tareas de transmisión entre la metrópoli y las sociedades
coloniales” (86, cursivas mías), esto es, aquellos que tienen “como misión
histórica servir de intermediario (…) [pues] no se trata de una vocación de
transformar a la nación, sino prosaicamente de servir de correa de transmisión
[courroie de transmission] a un capitalismo reducido al camuflaje y que se cubre
ahora con la máscara neocolonialista.” (Fanon 1974: 140, cursivas mías). Pues
si incluso “la era de las revoluciones” (199) en América, con sus reformas e
intensa ideologización democrática, finalmente “se trató de una sustitución
de equipos y doctrinas pero no de un asalto a los principios que estatuían la
ciudad letrada” (142-143), ¿cómo no convenir que “[l]o que reclama el
intelectual es la posibilidad de multiplicar los manumisos, la posibilidad de
organizar una auténtica clase de manumisos” (Fanon 1974: 53)? ¿Cómo no
ver en la especialización disciplinar que introduce la modernización (169), y
atraviesa la “era de las revoluciones”, sino ese “curioso culto por el detalle”
del intelectual colonizado, exactamente el mismo que “[i]ntroduce la noción
de disciplinas, especialidades, campos, en esa terrible máquina de mezclar y
triturar que es una revolución popular?” (Fanon 1974: 43 y 44) ¿Cómo no
caracterizar, entonces, a ese “equipo intelectual” como “una clase codiciosa”
pero, frente al poder, “la clase más leal” (83 y 110)? Y no por esto Rama
reduce a los letrados a meros “ejecutantes de los mandatos de las
Instituciones”, ni desconoce su “peculiar función de productores (…),
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diseñadores de modelos culturales, destinados a la conformación de
ideologías públicas”, es decir, que “[n]o sólo sirven a un poder, sino que
también son dueños de un poder”, como ocurre –subraya Rama–, con
“demasiada frecuencia, en los análisis marxistas” (91 y 92). Sino que entiende,
como Fanon, que “los análisis marxistas deben modificarse ligeramente
siempre que se aborda el sistema colonial”, en tanto en él “la infraestructura
es igualmente una superestructura” (1974: 34), como lo prueba —
inmarcesible— la “doble vida” (71) de la ciudad letrada.
Y sin embargo, si hay algo que acerca La ciudad letrada a Los condenados
de la tierra es la certeza —y preocupación— matriz de que la colonia continuó
viviendo en la república. Ese “mundo cortado en dos”, ese “mundo colonial
(…) [como] mundo maniqueo” (Fanon 1974: 32 y 33) o “[e]squema
dilemático” (239) al que La ciudad letrada distribuye en ciudad real y ciudad
letrada y “La señal de Jonás sobre el pueblo mexicano” (Rama, 1980) parece
describir como “habitado por especies diferentes” (Fanon 1974: 34), es de
todos modos apenas la cifra, pero no la clave, del problema. Pues si esa
continuidad, esa “perspectiva de eternidad” (Fanon 2024: 39) con la que se
instala el colonialismo como —dice Rama— sueño de un orden en el cual —
dice Fanon— “el colonizado se eterniza en un sueño siempre igual” (1974:
45), si esa “extraordinaria longevidad” o “larga persistencia” es —dice La
ciudad letrada— prueba de la potencia del grupo letrado (89, 77), “[e]l
problema capital, entonces, será el de la capacidad de adaptación de la ciudad
letrada” (116). Esta capacidad, esa adaptabilidad, es el problema: su
continuidad pese a toda república, su pervivencia más allá de todo “cambio
social profundo” (199). Y esto, que por un lado explica para ambos la fundada
“desconfianza [del imaginario popular] respecto a su solidaridad y
persistencia [la del intelectual]” (239), por otro —lógicamente— da cuenta
de la diferencia insoslayable entre un cambio social profundo y una “ruptura
violenta” (199), por la que aboga Fanon abiertamente en Los condenados de la
tierra y a la que Rama encuentra, en la ciudad letrada, imposible. Pero, quizá,
no necesariamente inviable: “debe convenirse que los miembros menos
asiduos de la ciudad letrada han sido y son los poetas y que aun incorporados
a la órbita del poder, siempre resultaron desubicados e incongruentes.” (165)
Y el Sueño de sor Juana otra vez, pero sin nombre, resuena. Y La ciudad letrada
avanza.
Y sin embargo, una vez más, la clave del problema es singularmente
compartida por ambos y se encuentra —dentro de la relativa opacidad que
ha cada generación toca (y a Fanon y a Rama toca la misma, nacido uno en
1925 y otro en 1926, pero no les toca igual)— en el futuro. Si el problema es
la capacidad de adaptación, esa sobrevivencia, la clave está en el futuro. Y por
eso, donde escribe Fanon, leemos a Rama —y mientras Rama lee “Sobre la
cultura nacional”, escribe La ciudad letrada: “El problema está en saber el sitio
Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
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que esos hombres piensan reservar a su pueblo, el tipo de relaciones sociales
que decidan instaurar, la concepción que tienen del futuro de la humanidad.
Eso es lo que cuenta. Todo lo demás es literatura y mixtificación.” (Fanon
1974: 215).
La utopía es filosóficamente análoga al vestigio,
sólo que desde el otro extremo del tiempo
Fredric Jameson
De un encuentro real y tristemente fortuito se trata el que La ciudad letrada de
Ángel Rama haya sido publicada por primera vez en 1984, coincidiendo con
el título de la novela de George Orwell. De ese magnetismo numérico
históricamente accidental tal vez pueda decirse tanto como del shakesperiano
cuento contado por un idiota, excepto que, en el compartido y sombrío
horizonte que destellan, o gracias a él, aparezca la novela de Philip K. Dick,
El hombre en el castillo, que no sólo comparte algo más que el género con la de
Orwell sino que fue publicada en 1962, cuyos dos números finales invertidos
—igual que ocurre en el título de Orwell y con los finales de la Segunda
Guerra en la novela de Dick— recuperan la fecha de nacimiento de Rama.
El triángulo, equilátero exacto, pues de lados de 36 años se trata (1948/84,
1962/26, 1984/48) en una progresión casi áurea (0, 14, 22), de pronto resulta
claro: crítica –ciencia –ficción. Pero quizá tanto como el de las Bermudas.
Inevitablemente algo ahí se pierde. Tal vez el siglo XX.
Si, afirma Jamenson en Arqueologías del futuro contemplando la crisis
aparentemente política de la utopía (atribuida al tacherismo tanto como a la
caída del socialismo y los partidos comunistas, esto es, al final del siglo XX),
“en ausencia de contenido fiable, sólo la forma puede estar a la altura de las
circunstancias” (2009: 256), ¿qué decir de la forma triangular (ya sea poder-
ciudad-letra, ya Orwell-Rama-Dick, ya Rama-Martí-Fanon), del campo
magnético de crítica –ciencia –ficción, que imanta La ciudad letrada, cuyo
contenido (la ciudad letrada) es efectivamente poco fiable, cuanto menos en
términos utópicos o, decía Rama, para el imaginario popular? Como una
pregunta infinitamente repetida página tras página, La ciudad letrada persiste
—como ninguno de los trabajos de Rama y, si de magnetismo teórico se trata,
a diferencia de todos los pensamientos críticos americanos— en la inquietud
por lo que aún no existe. O más precisa y urgentemente, por lo que hoy todavía
no existe: “El futuro que aún no existe, que no es sino sueño de la razón, es
la perspectiva genética del proyecto.” Otra vez: del proyecto colonial, del
proyecto de esa inesperada pero definitiva entidad letrada que —como los
virus en las novelas de William Burroughs, y especialmente el virus del
lenguaje— se define por “su capacidad de adaptación al cambio y al mismo
Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
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tiempo [por] su poder para refrenarlo dentro de los límites previstos” (118),
no sólo conservando sino fortaleciendo sus principios (123, 143, 145, 216,
235); pero también —Martí y Fanon mediante— del proyecto de La ciudad
letrada, apuntado incansable y deliberadamente a “eso” que no existe ni puede
existir en la ciudad letrada, mientras se quede —conciba o resida, centre o
proyecte— en la ciudad letrada: eso que aún no existe, y todavía hoy no será,
mientras no se asalten sus principios, y se busque, en cambio, reformarlos,
incluso “revolucionariamente”, democráticamente, políticamente.
Contraofensiva crítica y literaria al campo de experimentación colonial
que opera la ciudad letrada es, también, La ciudad letrada. Un esfuerzo no por
reconquistar el poder de la letra que —dice Rama, una y otra vez— termina
absorbiendo toda libertad humana (113, 121, 139), sino por liberar el arte de
pensar de su imperio. “No hay nada aquí que se parezca al ensayo, al discurso
o a la oración que practicó la prosa americana de la primera mitad del siglo
XIX”, dice Rama de las ideas de Simón Rodríguez y de su “peculiar forma
expresiva sobre el papel”, que “lejos estuvo de la ciudad letrada (…) [y] lejos
también de la ciudad escrituraria”. Y otro tanto podría decirse, para la segunda
mitad del siglo XX, de La ciudad letrada: “La escritura ha sido aquí sacada de
su ordenamiento, despojada de todos sus aditamentos retóricos, exprimida y
concentrada para decir lacónicamente sus conceptos” (129). Y sin embargo,
La ciudad letrada —otra vez— no es eso: no es esa (otra) prosa americana.
Pues no es, ni quiere ser, la prosa americana de Simón Rodríguez. Y no lo es
ni quiere ser, fundamentalmente, porque introducirse en la ciudad letrada
para mejor combatirla, aun “produciendo un pensamiento opositor
independiente, sólo tangencialmente atacaba la tradicional concentración de
poder” (140). Y el resultado era una vez más, señala Rama que Simón
Rodríguez advierte, claro: aun así —pese a ser crítico, independiente,
opositor— “el espíritu colonizado seguía flotando sobre las aguas” (140).
Piensa La ciudad letrada: si la idea es asaltar los principios de la ciudad letrada,
atacar esa concentración de poder, el espacio —lógicamente— no puede ser
la vía. Resta el tiempo. Y por eso, piensa La ciudad letrada, “ser parte de” o
“introducirse en” la ciudad letrada —incluso irrumpiendo “en la honorable
vía del papel” con “el léxico de la calle” (120), como Lizardi, o proponiendo
con “radicalidad democrática”, como Rodríguez, “un paralelismo
originalísimo entre el gobierno y la lengua” (126 y 123)— es la primera
estrategia a descartar. Resta el tiempo.
No es el espacio letrado sino el tiempo del pensamiento lo que urge a
la voz de La ciudad letrada. Es el vértigo de lo ocurrido, “el vertiginoso salto
de la curva de la urbanización que consagra el triunfo de las ciudades” (133)
y, con él, su “extraordinaria longevidad” o “larga persistencia”, lo que desvela
su sueño —y conjuga su insomnio con el sorjuanino. Y quizá por eso elige,
para decir La ciudad letrada, ninguno de los lados del “muro del tiempo” sino
Ruíz, “La mujer en el castillo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
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su extremo: el futuro que aún no existe. No veo qué otra cosa pueda ser más
urgente hoy para la cultura, la crítica y las literaturas de América que luchar
por eso. Et tout le reste est littérature et mystification.
Bibliografía
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RAMA, ÁNGEL. “Agua quemada de Fuentes: el retorno a casa”. Revista Casa de las
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