Santucci, “La ficción narrativa de Ángel Rama…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 52-64 61 ISSN 2422-5932
geografía. “¿Acaso no tiene el arte el poder de desarraigar?”, se ha preguntado
Blanchot (1959).
En este sentido, Tierra sin mapa aparece a simple vista como un
oxímoron que trasciende la delimitación de una imagen o, en otras palabras,
la clasificación de un suelo. La frase es antirrepresentatitva, una contra-
metafóra, que alude a un interregno imaginario; ni realista, ni fantástico. Una
tierra sin mapa, puede, presentarse, en todo caso, como una imagen surreal.
Una imagen que indica tanto el forzamiento de un límite representativo como
la marca de un pasaje ante el mismo. Y justamente de eso es de lo que habla
la novela, en un sentido material, pero también en un sentido simbólico. Por
ejemplo, el padre de Rama también era un inmigrante gallego, pero de él nada
se nos dice en el relato o, al menos, no es una figura que impacte en la
definición del estatuto ficcional de la narración. En efecto, se afirma que toda
la materia novelada proviene de una huella oral materna, de una huella
(mnémica) aprehendida por la tradición de la escucha infantil, las canciones
de cuna oídas. Por lo tanto, la escritura es ancilar, una mediadora del recuerdo
construido por la lengua de una madre que, hacia el final, nos enteramos que
acaba de morir; justo en el instante en que Rama logra viajar a España y pisar
aquella tierra de sus ancestros:
Para mí también esa tierra se haría realidad, saldría de la niebla del
recuerdo infantil, sería una tierra concreta que pisar, una casa donde
vivir, la misma de su infancia, y podría ir hasta el molino y vería el río,
el monte, la capilla de Santa Marta. Antes de partir ya llevaba pensada
una larga carta fechada en Traba de Bergantiñas, que comenzaría así.
Mamá, desde tu casa te escribo. “El barco entraba lentamente en la ría
de Vigo. No había amarrado aun cuando el camarero puso en mis
manos un telegrama azul, con letras blancas pegadas, que comenzaba.
‘Mamá falleció hoy...’. No fui yo, fue mi madre muerta lo que descendió
en tierra gallega. (1961: 126)
En “ADIÓS” la novela se disloca: se estructura como un texto
incómodo que, a la vez, también incomoda. Por un lado, la atmósfera
evocativa de la narración tensiona los marcos biográficos de una escritura
intimista, pero, por el otro, todo el relato se vuelca hacia la focalización de
abstracciones sociales que describen “una naturaleza cultural”: así un pueblo,
un sujeto colectivo, compuesto por hombres y mujeres que pertenecen a una
tierra, se enlazan biológica y biográficamente a una geografía. Ese ambiente,
esa geografía también está viva y responde anímicamente a los personajes; el
río habla, el viento sopla, el mar es descrito como un “potro encelado” y su
olor “excita oscuramente” a la protagonista, incluso las flores marinas son
observadas con una curiosidad que las compara con un “ombligo arrugado”
cuando se repliegan al tacto.