Díaz Choza, “El intelectual errante…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 65-79 65 ISSN 2422-5932
EL INTELECTUAL ERRANTE: REFLEXIONES EN TORNO
AL
DIARIO
(1974-1983) Y LA CORRESPONDENCIA
DE ÁNGEL RAMA
THE WANDERING INTELLECTUAL: REFLECTIONS ON ÁNGEL RAMA’S
DIARIO
(1974-1983) AND CORRESPONDENCE
Mateo Díaz Choza
Universidad Nacional Autónoma de México
Escritor e investigador de Lima, Perú. Estudió el Doctorado en Estudios Hispánicos en Brown
University. Es investigador posdoctoral del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones
Filológicas (UNAM). Sus intereses académicos se centran en la relación entre literatura y política en América
Latina, diarios, correspondencias y memorias, y la poesía peruana contemporánea. Este artículo ha sido escrito
gracias al programa de Becas Posdoctorales en la UNAM. El autor es becario del Instituto de Investigaciones
Filológicas y es asesorado por el Dr. Enrique Flores Esquivel.
Contacto: mateo_diaz_choza@alumni.brown.edu
ORCID: 0000-0003-0407-5184
DOI:10.5281/zenodo.23602123
Ángel Rama (1926-2026):
literatura, crítica y utopía latinoamericana
DOSSIER
Díaz Choza, “El intelectual errante…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 65-79 66 ISSN 2422-5932
Fecha de envío: 28/04/2026 Fecha de aceptación: 29/06/2026
Ángel Rama
Errancia
Intelectual
Diario
Cartas
Este artículo parte del análisis del Diario (1974-1983) y la correspondencia de Ángel Rama para
reconstruir su trayectoria material e intelectual, y así pensarla desde el punto de vista de sus
desplazamientos, errancias y exilios. El acercamiento a la dimensión íntima de la escritura de Rama
evidencia hasta qué punto el crítico uruguayo fue consciente de la necesidad de encontrar un lugar,
material e ideológico, desde donde enunciarse como un intelectual público. A medida que sus errancias
se extienden indefinidamente, con sucesivas estancias en Venezuela, Estados Unidos y Francia, la
posibilidad de conciliar autonomía intelectual, estabilidad material y coherencia ideológica parece cada
vez más remota. A partir de una aproximación metodológica que combina el análisis textual de
materiales íntimos y la reconstrucción de debates intelectuales en torno a la figura del intelectual
exiliado, este trabajo interroga el lugar inestable que ocupaba el intelectual latinoamericano durante
las últimas décadas de la Guerra Fría.
RESUMEN
PALABRAS CLAVE
Ángel Rama
Wandering
Intellectual
Diaries
Letters
This article begins with an analysis of Ángel Rama's Diario (1974-1983) and correspondence to
reconstruct his material and intellectual trajectory, from the perspective of his displacements,
wanderings, and exiles. Approaching the intimate dimension of Rama's writing reveals the extent to
which the Uruguayan critic was aware of the need to find a place, both material and ideological, from
which to establish himself as a public intellectual. As his wanderings extended indefinitely, with
successive stays in Venezuela, the United States, and France, the possibility of reconciling intellectual
autonomy, material stability, and ideological coherence appears increasingly remote. Through a
methodological approach that combines textual analysis of intimate materials with the reconstruction
of intellectual debates surrounding the figure of the exiled intellectual, this work examines the
precarious position occupied by Latin American intellectuals during the final decades of the Cold
War.
KEYWORDS
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En una carta dirigida a Antonio Cornejo Polar en abril de 1983, tan solo siete
meses antes de su muerte, Ángel Rama le escribe: “Siento que la década negra
en que ha entrado nuestra América la estoy viviendo a nivel personal, como
si yo fuera un sismógrafo de un proceso tanto mayor” (2022: 801). La
intuición del crítico uruguayo de vincular su experiencia individual con la
situación del intelectual latinoamericano de la Guerra Fría no carece de
fundamento y es posible atribuirle a su caso cierta ejemplaridad. Tan solo
meses antes de esa carta, Rama y su esposa, la escritora y crítica de arte
argentina Marta Traba, tuvieron que abandonar los Estados Unidos tras la
negativa del Servicio de Inmigración de otorgarles una visa de residencia, a
pesar de que ambos habían vivido allí por media década. La expulsión de la
pareja fue el desenlace de una larga campaña de desprestigio promovida en
parte por un grupo de intelectuales exiliados cubanos que encontró en el
gobierno reaganista un caldo de cultivo ideal. Rama se referiría a su salida de
los Estados Unidos como un segundo exilio, luego de que el gobierno
uruguayo le negara la renovación de su pasaporte en 1974 y lo forzara a optar
por la nacionalidad venezolana –país donde entonces residía– para no devenir
apátrida.
Fue justamente entre 1974 y 1983, en un arco que cubre los dos
exilios, que el autor de La ciudad letrada (1984) llevó un diario personal, dado
a conocer dos décadas después de su muerte. Junto con su abultada
correspondencia, de la cual se ha publicado recientemente una amplia
selección que cubre medio siglo de producción epistolar, el diario constituye
el corpus principal de la escritura íntima de uno de los intelectuales
latinoamericanos más representativos de la Guerra Fría. El objetivo de este
trabajo es aproximarse a ambos textos, cartas y diario, para reconstruir la
trayectoria material e intelectual de Rama, y así pensarla desde el punto de
vista de sus desplazamientos, errancias y exilios. Para ello, parto de la
siguiente pregunta: ¿hasta qué punto las constantes mudanzas del intelectual
uruguayo durante los últimos quince años de su vida –Montevideo, San Juan,
Caracas, Stanford, Barcelona, Maryland, París– corresponden con las
dificultades del pensamiento latinoamericano de encontrar un lugar en los
últimos años de la Guerra Fría? Esta falta de lugar no sería tan solo material
sino también ideológica; es decir, implica tanto la necesidad de encontrar un
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espacio propicio que ofrezca las condiciones para llevar a cabo el trabajo
intelectual con cierta autonomía, como aquella otra de repensar una
experiencia –de la izquierda latinoamericana– que había sido confrontada por
la frustración de muchas de sus ilusiones y cuya nueva situación las viejas
ortodoxias no habían sabido interpretar. La trayectoria de Rama, a quien
Mónica Bernabé (2006) ha catalogado como un “intelectual fuera de lugar”,
se inscribe en esas coordenadas y no es casual, por lo tanto, que sean
justamente en el diario y las cartas –textos fuera de lugar, que no forman parte
de la obra más celebrada y prestigiosa del autor– donde este tipo de tensiones
afloren y permeen la propia escritura.
Entre el paradigma del exilio y el paradigma de la errancia
La inserción de intelectuales sudamericanos, particularmente del Cono Sur,
en medios académicos del Norte Global, México o Venezuela durante las
décadas de 1970 y 1980 suele enmarcarse en el relato del exilio: estos
intelectuales habrían tenido una labor cultural y política fructífera en sus
países de origen, hasta que un corte brusco, que interrumpió la libertad del
pensamiento y la posibilidad de una convivencia democrática, los llevaría a
exiliarse para preservar su independencia y, en los casos más extremos, su
vida. Por momentos, se han leído los desplazamientos de Rama en esa clave
y hay pasajes del diario que podrían reforzar dicha narrativa. Escribe en
Caracas el 17 de septiembre de 1974, tan solo un año después del golpe de
Estado en el Uruguay:
Vivir en la inseguridad, al día, sin saber qué será de uno mañana, como en un
incesante derrumbamiento. No consigo acostumbrarme. Toda la cultura
uruguaya de mis años se edificó contra esa situación, construyendo un
entramado vigoroso y planificado destinado a instaurar la seguridad. (Rama,
2001: 38)
No sostengo aquí que ese relato sea necesariamente falso, pero puede
complejizarse. El propio Rama lo hizo en un ensayo titulado “La riesgosa
navegación del escritor exiliado” (1978), texto que dos años después de su
publicación desencadenaría una polémica con los escritores cubanos Octavio
Armand y Reinaldo Arenas. El ensayo sitúa la experiencia del exilio en el
contexto de las migraciones internas en América Latina, en donde los
motivos políticos y económicos se encuentran unidos inextricablemente; de
ahí que “la distinción, algo jerárquica y aristocratizante, entre el exiliado y el
emigrante, merece algunos correctivos” (Rama, 1978: 96). La trayectoria de
Rama ilustra la interrelación entre las causas políticas y económicas que
determinan el desplazamiento de los intelectuales que, en su caso, se hace
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evidente incluso antes del golpe militar de junio de 1973. Su correspondencia
es elocuente: desde una fecha tan temprana como 1965 se queja ante Tomás
Segovia y Roberto Fernández Retamar de la represión de su gobierno, del
clima anticubano y de la devaluación del peso uruguayo (Rama, 2022: 200-
203). En 1969, año en el que pasa dos meses en Puerto Rico, sus problemas
económicos lo obligan a “dar conferencias por el mundo” (Rama, 2022: 221);
en 1970 parece obvio que “a un plazo más o menos corto” no encontrará
trabajo en su país, entre otras razones, por su posicionamiento político
(Rama, 2022: 296), e imagina la posibilidad de tomar como base Montevideo
y viajar como profesor visitante por América Latina (Rama, 2022: 285). Ese
mismo año recibe una oferta para irse a Francia que rechaza por temor de
perder el vínculo con Latinoamérica (Rama, 2022: 282-283), y decide
finalmente trabajar en la Universidad Río Piedras de Puerto Rico; al año
siguiente, rechaza una propuesta de la Universidad de Nueva York por
razones similares.
Le escribe a Jorge Ruffinelli:
Mientras pueda sobrevivir en cualquier otro lugar del planeta, lo haré, y no
por un principismo político de esos primarios al uso, sino porque no sé
trabajar sino motivado por otras razones que las de ganar dinero y vivir
cómodo: necesito sentir que sirvo para algo, que hablo a alguien a quien soy
útil y no es esa –al menos por ahora– la situación que me ofrecería irme a
Estados Unidos. (Rama, 2022: 320-321)
El lugar del intelectual latinoamericano, sugiere entre líneas, está en el
subcontinente porque es allí donde puede encontrar interlocutores y
vincularse con una realidad a la que es capaz de interpelar.
Rama pasará dos años en Puerto Rico. A fines de 1971 retorna al
Uruguay y poco menos de un año después llega como profesor visitante a la
Universidad Central de Venezuela en Caracas. En junio de 1973, lo sorprende
el golpe de Estado sin que ello lo convirtiera necesariamente en exiliado,
como evidencia el hecho de que en diciembre visitara Montevideo por unas
semanas. Sin embargo, en septiembre del año siguiente, su situación cambia
de forma drástica luego de que el gobierno uruguayo le negara la renovación
de su pasaporte. Este momento coincide con el inicio de su diario personal y
el tema permea sus anotaciones iniciales. Por ejemplo, el 6 septiembre de
1974 relata el encuentro con un coronel en la embajada uruguaya de
Venezuela, quien lo sindica como el director del “movimiento de
información sobre la represión en el Uruguay”. Rama describe el diálogo
como “el más penoso imaginable”, con ribetes kafkianos y refleja, con cierta
ironía, cómo el nuevo gobierno parece considerarlo “un hombre tan
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peligroso para ellos como los mismos subversivos. Inútil saber por qué (…)
y menos insinuarles que es un honor el que me confiere” (2001: 35). Por ese
entonces, él preparaba una edición de los diarios de Rufino Blanco Fombona,
tema de otra anotación. Allí establece un vínculo entre la escritura diarística
y el exilio del escritor venezolano: “Le debe haber ayudado a vivir, sobre todo
cuando el exilio se hizo demasiado largo, el peso de ganarse la vida en tierra
extranjera se tornó penoso y la salud empezó a decir sí y no” (Rama, 2001:
33). Dado que el comentario sobre Fombona se refleja indirectamente en su
situación personal, el inicio de la escritura del diario parece coincidir con una
incipiente conciencia de su condición de desplazado.
Llama la atención, sin embargo, que, hasta inicios de la década de
1980, Rama no use la categoría de “exilio” para explicar su propia experiencia
y muestre reservas respecto de utilizarla para su caso. Al inicio de la escritura
del diario predomina el término “inseguridad”, y la correspondencia de sus
primeros años en Venezuela describe sus desplazamientos desde el horizonte
semántico de la errancia: “vida errabunda” (Rama, 2022: 394), “deambular
americano” (Rama, 2022: 411), “gitanería intelectual” (Rama, 2022: 433).
Hasta cierto punto, la experiencia biográfica del crítico uruguayo explica esa
reticencia, ya que sus desplazamientos empezaron mucho antes del golpe
militar en su país, en circunstancias en las que difícilmente podía ser
considerado un exiliado. Así, antes de que el exilio político fuera una realidad,
ya existía en Rama una conciencia de lo que implicaban los desplazamientos
y cómo estos afectaban su vida íntima. En octubre de 1973, Rama le escribía
a Marta Traba, quien había vivido en Bogotá muchos años, sobre cómo
ambos tuvieron que desarrollar una “sorprendente” capacidad de adaptación
para instalarse en otros países latinoamericanos en donde la familiaridad
coexistía con la extrañeza de costumbres diferentes. Más adelante, en la
misma carta, plantea una posición que anticipa una idea clave en “La riesgosa
…”: que sus experiencias de migración son inherentes al sistema
latinoamericano, caracterizado “por el desplazamiento, por la inclusión en
otras áreas de cultura, por los procesos de adaptación y lo que ahora llamo,
más estrictamente, transculturaciones” (Rama, 2022: 423).
En 1977 Rama renuncia a la Universidad Central de Venezuela y
decide mudarse a Estados Unidos para buscar insertarse en su medio
académico. En ese contexto, publica “La riesgosa…” y sus reflexiones en
torno al exilio pasan del registro privado de las cartas y el diario al público,
aunque el término es aún conjugado en tercera persona y parece describir
antes un fenómeno regional que individual. Como se verá más adelante, el
ensayo recibió cuestionamientos frontales de parte de intelectuales cubanos
en el exilio, quienes acusaron a Rama de invisibilizar a su comunidad para así
no verse en la necesidad de confrontar al gobierno de Fidel Castro. La
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polémica suscitada podría explicar por qué el crítico uruguayo no compartía
el entusiasmo de otros investigadores en torno al uso académico del
concepto, como evidencia una carta dirigida al escritor chileno Luis Harss en
1980: “Te confieso que me cuesta entrar en las categorías del exilio, porque
los resultados serían algo decepcionantes respecto a la clase intelectual”
(Rama, 2022: 664). La escueta afirmación se refiere a un focus group titulado
“Exilio y literatura en el Cono Sur”, en el que se incluían intelectuales de
cuatro países sudamericanos.
El cambio fundamental se da en 1982, al final de su etapa
estadounidense, cuando inicia la campaña mediática contra Rama y se le acusa
públicamente de “subversivo comunista”. Entonces el ensayista uruguayo
empieza a utilizar el concepto de “exilio” desde la primera persona para
referirse de forma retroactiva a su estancia venezolana como un “primer
exilio” y designar su salida de los Estados Unidos y su llegada a París con el
mismo nombre. Dicha condición aparece incluso en sus escritos públicos,
como en el “Agradecimiento” de La ciudad letrada donde se define como “el
exiliado que soy” (Rama, 1998: 14). Asimismo, el campo semántico de la
errancia resurge en sus textos íntimos durante sus últimos años: experiencia
vivida menos como una aventura que como una experiencia de pérdida y
desgarramiento. En una carta de 1982, mientras espera la resolución de
deportación, se describe igual que el “judío errante”, y un año después ya en
París admite escuchar durante sus momentos de tristeza los “Cantos del
viajero errante” de Gustav Mahler, compositor austriaco y judío. El acto
melancólico de la escucha le permite encontrar, en los lieder mahlerianos, sus
propios “desgarramientos de corazón al abandonar la tierra de María
[Maryland]” (Rama, 2022: 806).
En síntesis, los desplazamientos de Rama fuera de Uruguay, que
empiezan a fines de la década de 1960, no se describen en sus documentos
íntimos como un exilio hasta su expulsión de los Estados Unidos dos años
antes de su muerte. En ellos se puede observar una progresión en el modo
en que el crítico lee sus propios desplazamientos, oscilantes entre los polos
de la errancia y el exilio. Este último pasa a ser el concepto central, entonces,
tras su salida de los Estados Unidos, una imposición que alteró radicalmente
su vida cotidiana y profesional, al mismo tiempo que desencadenó una carga
emocional compleja. Frente a una reticencia inicial ante el país del norte,
surgió luego cierta esperanza culposa –marcada por las dificultades de su vida
académica en Venezuela– de hallar allí tanto la tranquilidad como las
condiciones ideales para dedicarse a su proyecto intelectual. Estas ilusiones
se desvanecerán tras unos años de feliz estabilidad. El contraste entre estos
afectos contrapuestos puede verse en dos anotaciones del diario. A
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comienzos de 1980, su establecimiento definitivo en Estados Unidos parecía
una certeza:
[Saúl Sosnowski] Me comunicó que el presidente de la universidad de
Maryland había firmado mi nombramiento y me pidió que almorzáramos el
viernes para estudiar el asunto. ¿Y ahora qué hacer? ¿Cómo salir de esto? Lo
llevé adelante porque todo parecía altamente improbable. Ahora es no sólo
una realidad, sino un destino. (Rama, 2001: 144)
La incredulidad ante un destino improbable cedería paso a la amargura y a un
lento proceso de duelo. Como se lee en la última anotación del diario del 2
mayo de 1983, mientras la pareja termina de instalar su nuevo apartamento
en París, Rama escribe que el “viejo asunto” ya no lo angustia como antes:
El pasado empieza a pesar menos. Descubro que ha pasado un día entero y
no me he acordado de Washington ni de Maryland, sobre todo no he sufrido.
[…] Creo que una vez que esté metido en mi trabajo de lleno y comience a
generar nuevos proyectos, seguirá cicatrizando mi sensación de malestar. […]
Haber estado bajo un poder despótico y despreciativo, ejercido por gentes
inferiores. Lo que me faltaba en el conocimiento de las entrañas del
monstruo. (Rama, 2001: 167)
El crítico frente a la inquisición: la imposibilidad de un lugar material
e ideológico
A partir del inicio de su deriva errante, encontrar un lugar adecuado para
ejercer su labor intelectual –crítica, académica, docente, editorial, de gestión
cultural– se convertiría en una de las preocupaciones más importantes de
Rama. El hartazgo con las limitaciones del medio venezolano, cuyos
episodios xenófobos aparecen de modo recurrente en sus textos íntimos
(Rama, 2001: 43, 79, 87-88, 93; Rama, 2022: 422, 577, 579) y la persistencia
del régimen militar en Uruguay lo llevó a considerar la opción de migrar a
Estados Unidos. Todo ello supuso una reevaluación de lo que significaba su
sistema académico, al que hasta una década antes había considerado “un
dispositivo de cooptación de los escritores latinoamericanos” (Gómez, 2018:
301). Este proceso no fue lineal ni estuvo exento de contradicciones. Por
ejemplo, tras recibir una oferta de la Universidad de California en San Diego
en octubre de 1977 escribe:
Vacío a la altura del diafragma. Sin aceptar, sin rechazar, envío la copia del
“currículum vitae”, engañándome con que aún hay tiempo para pensarlo,
pues es para septiembre del año próximo.
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Ni económicamente ni vitalmente me interesa. Sólo la esperanza de salir del
vértigo, de que Marta y yo nos sintamos bien, sin acoso. Y de que pudiera
estudiar apaciblemente y llevar adelante tantos libros pensados, iniciados. Y
al tiempo la angustia de estar en el ghetto universitario, en un país de lengua
extranjera, con los poderes gringos invisibles sobre uno. ¿Habrá un lugar que llene
todos los requisitos? (Rama, 2001: 77, énfasis mío)
El supuesto desinterés vital y económico parece contradecirse tan solo
unas líneas después con la posibilidad del estudio apacible y la escritura de
libros proyectados, así como con el hecho de que en Estados Unidos podría,
eventualmente, construir una carrera más sólida que en Caracas. Sin embargo,
la profética desconfianza respecto a los “poderes gringos invisibles” está
presente y se sustenta, entre otras cosas, en la constatación de que en el
sistema universitario estadounidense el intelectual ocupa un lugar distinto que
en América Latina. La pregunta que concluye el párrafo es central y “define
existencial e históricamente tanto la búsqueda intelectual en general, como,
más específicamente, la búsqueda del intelectual diaspórico” (Poblete, 2022-
2023: 104).
Puede leerse el dilema de Rama como un síntoma más de la crisis del
intelectual en la sociedad de masas; condición que el crítico uruguayo había
vislumbrado con lucidez en su trabajo editorial desde la década de 1950,
como sostiene Javier García Liendo (2017). Esta crisis se hace concreta en la
escisión entre dos figuras que, hasta poco tiempo antes, habían estado unidas:
el intelectual público y el académico. Mientras el primero fungía como un
agente cultural y político que participa activamente en las disputas de la
ciudad letrada, el segundo se replegaba al espacio universitario –cada vez más
privatizado– en donde se dedicaba a estudiar e investigar “apaciblemente”.
Visto así, sus estadías en Venezuela y Estados Unidos ilustran tanto las
posibilidades como los riesgos de ambas opciones. En la Universidad Central
de Venezuela, Rama enseñaba sin un contrato estable, siempre vulnerable a
los vaivenes de la burocracia universitaria. Además, escribía en la prensa local,
donde participaba en debates culturales, por lo que tenía un posicionamiento
en la esfera pública, que al mismo tiempo le abría posibilidades –como
vincularse al gobierno venezolano para dirigir la Biblioteca Ayacucho– y lo
exponía a resistencias de un medio intelectual conservador.
En el medio estadounidense, en cambio, se vincula con instituciones
capaces de proporcionarle estabilidad laboral y económica para emprender
investigaciones de largo alcance. Paradójicamente, parece ser el aislamiento
de los intelectuales en Estados Unidos, su pérdida de la dimensión pública y
su conversión en scholars, lo que les permite llevar adelante proyectos de largo
plazo. La visión que proyecta Rama de ellos en el diario es despiadada: llevan
“como un halo esa mezquindad o poquedad profesoril”, “se dedican a la
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literatura y el arte sin tener nada que ver orgánicamente con ellos” (Rama,
2001: 127) y devienen así en “jibarizadores de lo bello, de lo fuerte, de lo
verdadero” (Rama, 2001: 128). La metáfora que define la universidad, el
espacio que ocupan, es el ghetto o el claustro: un lugar situado “fuera de la
corriente principal de la cultura del país, contemplándola y examinándola a
veces, ignorándola frecuentemente, ligados entre sí con otros ghettos
similares en diversos puntos del mundo” (Rama, 2001: 136). De ahí que,
durante sus años en Estados Unidos, la labor intelectual de Rama operara
desde una experiencia descentrada y escindida, enfrascado en discusiones con
interlocutores situados en otras coordenadas geográficas y disociado entre el
espacio que ocupa y aquel del cual escribe. No obstante, el principal atractivo
que le podía ofrecer el sistema universitario estadounidense se desvanece
cuando el servicio de inmigración decide no aprobar su visa y algunos medios
levantan una campaña en contra suya. Es paradójico que las acusaciones,
incluso al ser arbitrarias y responder a una campaña sucia de difamación, le
restituyan al intelectual aquello que había perdido al convertirse en
académico: su relevancia en el debate social. En otras palabras, catalogar a
Rama como una amenaza para los Estados Unidos hace que el intelectual
adquiera nuevamente una dimensión pública.
La importancia del diario y las cartas radica en que allí el crítico
uruguayo muestra hasta qué punto era consciente de que ocupar un lugar
concreto afectaba su trabajo intelectual. Ciertamente, sus escritos íntimos
llevan a cabo una investigación de “la situación específica que liga el
comportamiento de un cierto tipo de intelectual con el nivel de desarrollo de
los campos de estudios en el medio en que se mueve” (Poblete, 2022-2023:
100), si bien lo hacen desde una perspectiva subjetiva y no académica. Sus
anotaciones sobre los momentos críticos de las estancias venezolanas y
estadounidenses revelan la imposibilidad de encontrar “un lugar que llene
todos los requisitos”. Parece, entonces, imposible conciliar las muchas aristas
de Rama, en particular su perfil de intelectual público y su vocación
investigativa, en un espacio geográfico y material real. Más aún, durante los
años errantes de su vida, esta imposibilidad se habría trasladado al ámbito
ideológico.
No hay mejor tema para ejemplificar el conflicto político e ideológico
de Rama que la Revolución cubana. El uruguayo estuvo cerca de las redes
intelectuales cubanas, al menos desde 1963, con las que estableció una labor
de colaboración y promoción cultural de ida y vuelta a partir de la dirección
del semanario Marcha en Montevideo (Rojas, 2025: 125-126). Su postura
frente al gobierno revolucionario y sus políticas culturales fue de apoyo
crítico, pero no de sujeción: cuestionó la deriva conservadora cubana que los
llevó a excluir a ciertos escritores, rechazar a grupos contraculturales como el
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proyecto El Puente, así como la expulsión del poeta Allen Ginsberg y se
manifestó en contra de la persecución contra los homosexuales (Rojas, 2025:
126-127). A fines de la década de 1960 conoció además a Reinaldo Arenas,
quien le confió un manuscrito de un libro de relatos que no había podido
publicar en Cuba y que Rama editaría en Uruguay con el título de Con los ojos
cerrados (1972) y que Arenas reeditaría años después como Termina el desfile
(1981). Estos matices respecto de su apoyo a la Revolución quedan en
evidencia al leer sus cartas a Marcia Leiseca, Roberto Fernández Retamar y
Haydeé Santa María, o en conversaciones directas, como una con Fidel
Castro en 1967, cuyo episodio relata en el diario y en cartas. Sin embargo,
nada de esto se difundió en su momento, ya que Rama optó por no criticar
públicamente al proceso cubano porque entendía que, más allá de sus
“errores”, se trataba de un fenómeno positivo que debía ser apoyado. Esta
falta de publicidad, que los documentos íntimos permiten complementar fue
fatal cuando estalló la campaña mediática en su contra en las postrimerías de
su vida.
La ruptura con el proceso cubano vino a raíz del caso Padilla en 1971,
que lo llevó a renunciar al consejo de redacción de Casa de las Américas y
escribir una serie de artículos críticos en Marcha. Diversos hechos podían
llevar a apreciar el enfriamiento, como por ejemplo su participación en la
revista Libre (1971-1972) –dirigida por intelectuales de la izquierda más liberal,
ya entonces muy crítica del castrismo– o la publicación del manuscrito de un
escritor censurado en la isla como Arenas. Sin embargo, Rama optó por no
firmar la “Declaración a Fidel Castro” por el caso Padilla, documento público
suscripto por escritores como Mario Vargas Llosa u Octavio Paz que
empezaban a alinearse decididamente en el campo opuesto a la Revolución,
dado que “el tono y el modo de reclamar cuentas” le parecía
“desproporcionado” (Rama, 2022: 341). Puede ser una coincidencia, pero no
deja de ser revelador que el posicionamiento político de Rama se vuelve más
matizado, en busca de hacerse de una voz particular que no responda a los
tajantes pronunciamientos colectivos, precisamente cuando el crítico
uruguayo pierde un lugar fijo de residencia. Es decir, su trayectoria permite
sugerir cierta relación entre el desplazamiento físico y la apertura al
pensamiento heterodoxo, entre la errancia material y el errar abierto, inquieto,
del intelecto.
Fue durante la década de 1980 cuando el no-lugar ideológico del
crítico uruguayo –o, mejor dicho, la imposibilidad de reducir su posición a
una postura de fácil legibilidad– se hizo evidente. Su relación con Arenas fue
cordial hasta 1982, como lo evidencia la correspondencia: Rama no solo lo
incluyó en la antología Novísimos narradores hispanoamericanos en Marcha: 1964-
1980 (1981), sino que incluso lo recomendó para la postulación a la Beca
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Guggenheim. En 1980, luego del exilio del escritor cubano en Estados
Unidos, Rama había escrito un artículo crítico del tratamiento que Arenas
recibió de parte del gobierno cubano, el cual le ganaría, en sus palabras, la
“furia” de los “más rígidos castristas” (Rama, 2022: 657). Paradójicamente, al
mismo tiempo Octavio Armand publicaba en la revista Escandalar (1978-
1984) “Minicurso para borrar al escritor cubano del exilio” (1980), una crítica
a la invisibilización del exilio cubano en “La riesgosa navegación del escritor
exiliado”. La polémica creció con una réplica de Rama, que Armand incluiría
en un número aparecido al año siguiente en su revista, junto con una crítica
suya y una nota de Arenas acerca de la represión intelectual en Cuba. Hasta
ese momento la polémica se encauza en un debate intelectual, donde a decir
verdad los argumentos de Armand son atendibles y rebaten aspectos de la
réplica de Rama hasta un punto en que el diálogo se vuelve imposible: la
postura de Armand es maximalista y exige establecer paralelos entre Castro y
Pinochet, o Stalin y Hitler, algo que Rama jamás iba a aceptar. Lo cierto es
que, al año siguiente, en 1982, los cuestionamientos públicos a Rama dejaron
el tono del debate de ideas para pasar al de la acusación y la injuria. El servicio
de inmigración utilizó estos de pruebas para catalogarlo de subversivo y un
peligro para la seguridad estadounidense tras un efímero viaje a la Unión
Soviética durante la década de 1960 o por haber incluido en la Biblioteca
Ayacucho a autores comunistas como José Carlos Mariátegui, César Vallejo
o Pablo Neruda; o bien, en el colmo del paroxismo macartista, incluso se
quiso esgrimir como prueba de su adhesión a la Revolución Sandinista el
hecho de que Rama había publicado hacía una década un libro sobre la obra
del nicaragüense Rubén Darío.
Más interesante es que, durante 1982, Rama tuvo que rebatir críticas
que venían de la dirección opuesta. Al respecto, son ilustrativas dos cartas
datadas en octubre y escritas con apenas tres días de diferencia. Una es la
dirigida al escritor y periodista argentino José Eliaschev, donde responde a
los cuestionamientos que este le hace por su posicionamiento crítico frente a
la política cultural del gobierno castrista. En particular, rebate la acusación de
que haber publicado a Arenas en Uruguay una década antes fuera tomado
como un hecho censurable:
Imagina el efecto que me hace que un hombre inteligente como tú diga que
le parece una ilegalidad que un escritor-editor publiquen en el exterior un
manuscrito de un escritor cubano que las autoridades culturales (dueñas de
todas las editoriales y revistas de la isla) no quieren publicar. No sé si te das
cuenta que has convalidado así la represión intelectual y has homologado la
política autoritaria que asumió Cuba en 1968-9 y provocó la catástrofe
intelectual del país en los 70. ¿Desde cuándo es ilegal que un escritor publique
donde quiera y donde pueda sus obras? (Rama, 2022: 781-782)
Díaz Choza, “El intelectual errante…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
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No deja de ser irónico que incluso cuando el propio Arenas se había sumado
a la campaña de desprestigio orquestada en Estados Unidos (Peyrou, 2022:
21), con textos de carácter abiertamente difamatorios, Rama tuviera que
reivindicar en privado su derecho de haber publicado al escritor cubano una
década antes.
La segunda es una respuesta a la poeta uruguaya Idea Vilariño, a quien
también había recomendado como candidata para postular a la Beca
Guggenheim, distinción que el propio Rama obtendría al año siguiente. Allí,
el crítico se defiende de la acusación de que la Fundación Guggenheim
buscaría conseguir “servidores del imperialismo”:
La Guggenheim no me ha comprado por darme una beca ni tengo yo con
ella otra obligación que la de escribir un libro sobre un tema que yo
propongo y que haré como yo quiero, ese libro que quizás no pudiera hacer
si no tuviera una ayuda económica, y que tampoco hago para la
Guggenheim sino para la sociedad latinoamericana. No me aparto un pelo
de mi línea de conducta. (Rama, 2022: 779)
Las suspicacias de Vilariño llegaban en un momento curioso, ya que mientras
por un lado su interlocutor podía ser cuestionado como cómplice del
imperialismo estadounidense, por el otro era expulsado de ese país por
considerárselo un riesgo a la seguridad nacional. En el medio de estos dos
polos se encuentra la necesidad de pensar y escribir, para lo cual necesita de
condiciones materiales: la “ayuda económica” a la que se refiere y el acceso a
las fuentes bibliográficas, que como “hecho desalentador (…) están en las
bibliotecas de USA y no en las nuestras” (Rama, 2022: 633). Encontrar ese
lugar precario desde el que puede realizar su labor intelectual sin tener que
afrontar penurias económicas ni hipotecar su “línea de conducta”, lo que
implica entre otras cosas poder definir el destinatario de su trabajo –en este
caso, la “sociedad latinoamericana”–, supone la gran tarea del intelectual, en
particular, del intelectual errante.
Conclusiones
En su lectura del Diario (1974-1983), Mónica Bernabé sostiene que Rama fue
un intelectual fuera de lugar porque encarna la utopía del intelectual
latinoamericano que “imagina siempre desgajado y en huida de la ciudad
letrada y de la órbita del poder”, ya que este último “coopta o expulsa: no hay
alternativa” (Bernabé, 2006: 5). La expresión cobra realce al pensar en la
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trayectoria del crítico uruguayo y de sus constantes mudanzas, que parecen
implicar una tensión entre la práctica intelectual independiente y la respuesta
de medios refractarios a ella. Rama se desplazó fuera de lugar sin duda: en el
ambiente montevideano cerrado y represivo ya en los años previos al golpe,
en el medio venezolano cada vez más xenofóbico y alérgico a la discusión, y
sobre todo en la sociedad estadounidense que el reaganismo empezaba a
moldear a su imagen y semejanza como una nación aún más intolerante,
frente a lo cual las buenas intenciones del establishment liberal poco pudieron
hacer.
Fuera de lugar, sin embargo, se hallan también el diario y la
correspondencia de un crítico literario que fue, entre muchos otros oficios,
un escritor. Esta aproximación, parcial e incompleta, busca también
cuestionar las jerarquías formales y epistémicas desde donde se construye
nuestra historia intelectual. Muchos de los temas aquí abordados no suelen
aparecer en los textos públicos, en los ensayos y trabajos académicos, que por
su naturaleza y por la audiencia a la que van dirigidos prescinden de la primera
y la segunda persona. La lectura de las cartas y el diario no solo muestran una
continuidad con el trabajo intelectual de Rama –un diálogo que puede
establecerse con sus obras más conocidas–, sino que evidencian cómo el
propio escritor se vio retado por formas textuales con sus propios goces,
requerimientos y limitaciones.
Si bien el exilio y la errancia de Rama lo llevarían a una visión a veces
hipercrítica de la vida intelectual, el diario y las cartas contienen también
momentos donde estalla la chispa de la posibilidad. Quizás la escena más
elocuente es la descripción que hace de su experiencia en la Universidad de
Campinas en Brasil en 1980. Afirma en el diario, tras el encuentro con
Antonio Cândido y sus discípulos, entonces jóvenes profesores:
Están vivos en el curso arrollador del arte y el conocimiento: eso es central
para ellos, es el sentido de la vida. Y las cosas no están separadas, el arte, el
deseo, la política, el júbilo y el miedo, son todas cosas que van juntas, con el
agregado de que exigen la gracia. (Rama, 2001: 128)
Esa unión de aquello que la hiperespecialización academicista separa,
esa confusión de lo cotidiano, lo artístico, lo afectivo y lo intelectual, tan
característica de textos íntimos como cartas y diarios, es el programa que
Rama, escritor y pensador errante, propone.
Bibliografía
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compañeros de la diáspora”, Orbis Tertius, vol. 11, núm. 12, 2006.
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