Pisano, “Temporalidad, archivo y escritura…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 130-153 146 ISSN 2422-5932
“Los mejores ejemplos de esta larga serie (…) fueron atribuidos a Hidalgo,
aunque no hay ningún argumento probatorio. Como lo hay poco de sus
cielitos, donde la Musa popular levanta vuelo” (1982: 54-56). Aquí Rama, en
el entusiasmo que Hidalgo le despierta, parece insinuar que, así como no hay
evidencias claras para atribuir la autoría de sus cielitos, tampoco las hay para
atribuirle los que registra Acuña. Sin embargo, esa atribución se hizo, con lo
cual Rama deja abierta la puerta –no sin un exceso de entusiasmo– a la
posibilidad de que Hidalgo haya sido el autor de esas composiciones
anónimas. Se trata de una vocación por sostener a Hidalgo en cuanto “voz
que canta y opina” (1982: 45), como agrega Rama, “con todos” (1982: 44),
incluidos los negros, cuya voz no asoma (como asomará en la obra posterior
de Acuña de Figueroa y en Luis Pérez) y deviene gaucha. Sin embargo, el
doblez de esa posición integrista se implica en el gauchocentrismo que Hidalgo,
de igual manera, colabora en consolidar.
En la década de 1810, asimismo, se produce una cantidad de cielitos
que excede a los atribuidos a Hidalgo. Dejando de lado aquellos registrados
por Acuña de Figueroa, Horacio Jorge Becco (1985) ha recuperado nueve
cielitos para esos años. De esos nueve, cuatro han sido atribuidos con certeza
a Hidalgo. Es decir: el clamor criollo y popular excede por mucho al propio
Hidalgo. Hay un contexto mayor a recuperar. Este aspecto es necesario
considerarlo hoy desde el archivo. Pero la idea misma de sistema parece
demandar autores, nombres, sujetos letrados que hayan producido una obra,
ya que “estamos en presencia de una lengua literaria y no de una trasposición
dialectal” (Rama, 1982: 31). Si los poemas de Hidalgo no fueron los únicos,
sino que hubo una masa textual de la cual el montevideano emerge como
figura reconocible por ciertas cuestiones coyunturales –el intercambio de
palabras con Castañeda, los nombres de sus personajes, las declaraciones de
otros (Ansolabehere, 2014)– esto debe pensarse sobre la masa anónima de
los otros que también escriben y sobre la lógica, ya mencionada, del teatro
gauchesco.
Prevalece, en el modo en el que Rama lee a Hidalgo, el
condicionamiento de una perspectiva sistémica que focaliza, sobre todo, el
tránsito hacia la consolidación evolutiva de una forma estética. Allí el lugar
del creador de Ramón Contreras y Jacinto Chano resulta central “dando
categoría artística a un género que todavía no la había alcanzado” (1982: 56).
Aquello que desborda o excede al sistema así definido, sobre un autor
dinamizador, no logra tener cabida. Al mismo tiempo, se observa allí la
búsqueda de la construcción de una figura de autor, tal vez una contrafigura,
que balancee el peso del canon, sobre todo en el nombre de José Hernández.
Más allá de Rojas, Rama muestra rechazo y admiración por la operación
canonizante de Leopoldo Lugones (1982: 175-177) y no resulta arriesgado
señalar que el lugar otorgado a Hidalgo implica un movimiento crítico de