Ricardo Costa Silva, “¿Latinoamericanismo para…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 173-196 184 ISSN 2422-5932
el pasaje citado. Según Candido, es precisamente la sistematización de una
determinada literatura lo que hace posible el surgimiento de una tradición:
Cuando la actividad de los escritores de un determinado período se integra en dicho
sistema, ocurre otro elemento decisivo: la formación de la continuidad literaria,
especie de transmisión de la antorcha entre corredores que asegura en el tiempo el
movimiento en su conjunto, definiendo lineamientos de una totalidad. Se trata de
una tradición (…) Sin esa tradición no habría literatura como fenómeno de
civilización. (Candido, 1991: 236)
Rama propone, a partir del reconocimiento de una tradición
compartida por todo el continente latinoamericano, un “esfuerzo de
descolonización espiritual” que implica observar, valorar y reinterpretar la
producción cultural autóctona. La originalidad de la literatura
latinoamericana derivaría, así, de la historia de sus pueblos y de los productos
culturales que esa historia ha generado (tipos sociales, costumbres, formas
de vida), quedando al escritor la tarea de representarlos. Desde esta
perspectiva, la labor del autor consistiría principalmente en recoger y
reelaborar esa “acumulación cultural” sedimentada a lo largo del tiempo. De
allí se desprende el lugar central que ocupa el regionalismo como expresión
de lo autóctono, es decir, de lo particular y de lo propio.
La dicotomía “regional/urbano” pone de relieve una serie de
oposiciones conceptuales. La “tradición”, fundamento de una sensibilidad
nacionalista orientada a la valorización de “lo nuestro”, remite a aquello que
cohesiona a una comunidad a partir de sus rasgos distintivos. En contraste,
lo “cosmopolita”, característico de los espacios urbanos, aparece asociado a
la idea de progreso y a procesos que tienden a homogeneizar los modos de
vida y, en consecuencia, la cultura. Así, lo regional se vincula con el “color
local”, lo nacional y lo autóctono, mientras que lo urbano se aproxima a los
modelos de las metrópolis europeas bajo el signo de la modernidad.
El concepto de transculturación es tomado del antropólogo cubano
Fernando Ortiz y constituye, a su vez, una reformulación latinoamericana del
concepto europeo de aculturación. Frente a este último (que sugiere un
proceso fundamentalmente pasivo de recepción cultural), la noción de
transculturación introduce una dimensión activa, dinámica y conflictiva del
intercambio entre culturas. De este modo, se hace visible el carácter creativo
y transformador de las sociedades latinoamericanas, que no solo reciben
influencias externas, sino que también las reconfiguran, resignifican e
integran en formas culturales propias.
En este sentido, la transculturación elimina la pasividad implícita en la
idea de aculturación y adopta el carácter rebelde de esa literatura que, como
afirma Ángel Rama, “nunca se resignó a sus orígenes”. Así, la