Cárdenas, “Sobre Un tren viaja al cielo…” Revista de estudios literarios latinoamericanos
Número 20 / Julio 2026 / pp. 197-200 199 ISSN 2422-5932
espacio a la pausa y al vacío significativo, “porque no cesamos de
añorar un reino que es el regreso a lo imposible, que es dar la
espalda a nuestro ser, extrañamente” (Crespo, 2025: 19).
Por su parte, Chevige Guayke, en “Recuerdos que viajan
desde el andén de las palabras hasta la estación del olvido”,
enfatiza el carácter elegíaco del poemario y subraya la centralidad
de la imagen de las “rosas negras” como condensación simbólica
del duelo, la ausencia y la muerte. Destaca al respecto: “Las rosas
negras que tanto menciona el poeta son ciertamente voces de
ausencia, taciturnas, de olvidos, de ya se fue, de no está” (Guayke,
2025: 22). Ambos textos coinciden en leer el libro como una
escritura del regreso imposible, en la que la memoria no restituye,
sino que confirma la pérdida.
En relación con la composición interna y los núcleos
temáticos del poemario, este se articula en torno a varios ejes que
se reiteran y se modulan a lo largo del libro. Entre ellos destacan
el viaje, la memoria, la infancia, la figura del padre, el paisaje
desolado y la errancia existencial, como se confirma en el verso:
“Un tren recorre el cielo oscuro / de la medianoche / y en sus
andenes vacíos / viajo / del olvido / hacia ninguna parte” (Saab,
2025: 33).
En la sección donde las rosas negras se depositan en la
hierba se intensifica el tono fúnebre y amoroso. La naturaleza no
cumple aquí una función ornamental; por el contrario, se
configura como imagen estructural del desamor y la muerte, tal
como se expresa en: “La pálida corona / del desamor / son las
rosas negras / de tu corazón / muerto” (Saab, 2025: 161).
El libro ensaya una mirada retrospectiva que articula
memoria y conciencia del tiempo. La imagen del paraíso aparece
como un espacio mítico y afectivo, persistente en el recuerdo,
donde emerge la reflexión: “Nada será como antes / ni el viaje /
los dolores / y el sueño” (Saab, 2025: 201).
La memoria es entendida como experiencia fragmentaria y
dolorosa. El yo poético recuerda desde la conciencia de lo
irremediable, no desde la nostalgia complaciente. El viaje, por su
parte, funciona como metáfora del tiempo y de la existencia,
mientras que el duelo, vinculado a la figura paterna, atraviesa de
manera transversal las páginas: “Miro hacia dentro como un
fogonazo de luz / la sonrisa triste / de mi padre muerto” (Saab,
2025: 67). Esta añoranza remite a la infancia, asociada a la casa,
la calle, el parque y el paisaje originario, aunque siempre mediada