16.a Edición | DICIEMBRE 2025 | ISSN 2618-1894 | Artículos Científicos
empíricos que analicen cómo se concreta esta inclusión en los planes de estudio y
en las prácticas docentes de Enfermería son escasos.
Perspectiva teórica
Se parte del concepto de género entendido como construcción social, histórica y
relacional que organiza simbólicamente las diferencias entre lo considerado
“femenino” y “masculino” en cada contexto cultural (Harding, 1993; Scott, 2006).
Lejos de ser una expresión natural o fija del sexo biológico, el género se configura
como una red de valores, actitudes, roles, prácticas y expectativas que son
socialmente asignadas a las personas en función de su identificación de género
(Harding, 1993). Esta dimensión psicosocial estructura la forma en que los
individuos se representan a sí mismos y actúan como “varones” o “mujeres”, según
los códigos y normas de la cultura en la que están insertos (Valenzuela & Cartes,
2020). Se reconoce al género, y su intersección con otros marcadores sociales,
como un determinante social de la salud, entendido no como una mera categoría
identitaria, sino como un conjunto de relaciones sociales jerárquicas construidas
históricamente, que inciden en la exposición diferencial a riesgos, en el acceso a
servicios y en los resultados en salud (Hankivsky, 2012).
En términos de políticas públicas, se destaca la transversalización de la perspectiva
de género como “estrategia para situar el género como un aspecto central e
integrado en instituciones”. Su puesta en práctica es “compleja y requiere
adecuación sectorial, para que no devenga en una integración declarativa,
superficial, no exhaustiva o no sistemática. […]. Consiste en considerar las
inequidades de género a todos los niveles de la cultura institucional y en todas las
fases del ciclo de programación (plan, diseño, implementación, monitoreo y
evaluación), de forma continua. A nivel programático, implica asegurar que todas
las acciones reflejen las circunstancias de hombres y mujeres en relación con las
normas, roles, relaciones de género, acceso a recursos y poder en la toma de
decisiones”(PAHO, 2019, p. 8).
A pesar de avances normativos, en el campo de la salud persisten brechas
importantes en la formación de profesionales, lo que reproduce desigualdades,
prácticas discriminatorias y barreras de acceso a una atención integral para
varones, mujeres y disidencias. El escaso reconocimiento institucional de estas
problemáticas y la persistencia de estereotipos de género constituyen obstáculos
fundamentales que requieren ser abordados desde la educación superior en salud
(Hankivsky, 2012; Hawkes & Buse, 2013; Ruiz-Cantero et al., 2019).
En términos sectoriales, las universidades no son espacios neutros, sino que están
atravesadas por estructuras formales e informales —normas, valores, prácticas—
que condicionan la incorporación de innovaciones. La educación en ciencias de la
salud puede pensarse como parte de un campo organizacional donde se disputan
sentidos sobre lo que debe enseñarse, investigarse y practicarse (Vértiz Galván,
2009). En este contexto, la adopción del enfoque de género en términos de