
Bentivegna, “Decadencia…” Nueva Revista de Literaturas Populares
Número 5 / Noviembre 2026 / pp. 128-136 134 ISSN 3008-7619
bien su significado; es una melodía que ya se ha vuelto popular entre
nosotros, pero que no es simple en absoluto como puede pensarse cuando
se la escucha por primera vez. Se trata de una doble serie de sonidos; digo
doble, y no dos series, porque no se presentan de manera sucesiva, sino de
modo sincrónico, con un refinamiento de sobreposición y de
acompañamiento que es nuestra delicia (extraño que, precisamente a nuestras
generaciones en decadencia les haya cabido en suerte un poeta tan notable).
La primera serie es alternativamente impetuosa y dulce y en apariencia poco
unitaria: en efecto, su única unidad surge de la inmediatez brutal y caótica de
sus diferentes sonidos, que más que gorjeos se dirían ruidos naturales; la
segunda serie (y ahí está el mecanismo poético) reproduce, desde el punto de
vista exterior, las mismas armonías (o, si se quiere, desarmonías) que la
primera, pero las traslada permanentemente a una esfera más alta, poniendo
orden y belleza donde no había sino caos. Cómo llega a hacer eso sigue siendo
para mí inexplicable, y más aún teniendo en cuenta que las dos series
aparentemente son idénticas, y las variaciones, si es que las hay, están hasta
tal punto disimuladas que se tornan imperceptibles. Lo que me urge decir es
que, en todo caso la existencia de una distinción entre ellas está fuera de duda,
y aquí vuelvo al discurso anterior.
La vida es un don divino pero, ella misma, por su propia naturaleza,
tiende al mal, propensa al sortilegio y a las diabluras. Nosotros, en efecto, lo
sufrimos: y quien sufre desea la vida de manera ilimitada y furiosa, hasta que
termina por perderla, salta sobre ella y hace acrobacias. Pero hay un principio
capaz de restituirle gracia y dignidad y de salvarla de la tentación de los saltos;
un principio capaz, justamente, de poner orden y belleza allí donde no había
sino caos, y que es la negación del espíritu acrobático y del danzante. Su
expresión es el Canto, la pura verdad de la vida, la obra de todos, gracias a la
cual nos sentimos partícipes de una vida más alta. Porque el Canto es ante
todo aristocracia de la vida, su plenitud y elección por parte de nuestro ser, el
reverso de todas las contradicciones, la conciliación feliz entre lo que somos
y la vida. Por ello el Canto está en conexión con la reproducción y con los
huevos; es él mismo creación, porque nos une a la vida, ¿y qué es acaso la
creación sino una unidad superior con la vida?
Pero desde que el canto se apagó, vivir nos parece una cosa insensata,
y todas nuestras antiguas concepciones corren el riesgo de precipitarse en el
vacío. Nosotros no tenemos la culpa, es cierto; ¡cielos!, ignoramos
completamente las causas y declaro formalmente que no sabemos nada de