Bentivegna, “Decadencia…” Nueva Revista de Literaturas Populares
Número 5 / Noviembre 2026 / pp. 128-136 128 ISSN 3008-7619
“DECADENCIA” DE GIORGIO AGAMBEN.
TRADUCCIÓN Y NOTA INTRODUCTORIA DE DIEGO BENTIVEGNA1
1 Universidad de Buenos Aires – Universidad Nacional de Tres de Febrero. Profesor a cargo de Literatura del Siglo
XX (Universidad Nacional de Buenos Aires). Es docente también en el grado y en posgrado en UNTREF. Es
investigador independiente del CONICET y autor de varios libros de ensayo sobre literatura, lengua y cultura.
Tradujo, entre otros, obras de Pasolini, Gramsci, Foscolo y Moretti. Ha publicado también poesía. Contacto:
diegobentivegna@gmail.com ORCID: 0000-0002-6315-1768 DOI: 10.5281/zenodo.23593947
TRADUCCIONES
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Número 5 / Noviembre 2026 / pp. 128-136 129 ISSN 3008-7619
Nota introductoria
Presentamos aquí la primera traducción al castellano de “Decadencia” de
Giorgio Agamben, en el que las configuraciones de pueblo, de comunidad, de la
vida y de su transmisión juegan un rol crucial, en diálogo evidente con algunos
relatos kafkianos como “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones”.
El relato fue publicado originalmente en la revista Futuro, en el número
6 de mayo-junio de 1964. La revista salió entre 1963 y 1964 y fue uno de los
órganos más notables de la ciencia ficción y de la literatura fantástica en Italia.
En el mismo número en que se publicó el relato de Agamben, se publicaron
traducciones al italiano de textos de Jorge Luis Borges y de Adolfo Bioy
Casares. En otros números de Futuro se publicaron contribuciones de otros
dos autores argentinos: Silvina Ocampo y Juan Rodolfo Wilcock, que por
entonces vivía ya en Italia y que fue el nexo entre Agamben y algunos círculos
intelectuales italianos, como el propio filósofo narra en Autorretrato en el
estudio. No es improbable que el autor de El caos haya sido, también, el puente
entre el joven autor, que entonces tenía veintidós años, y el grupo de
escritores de ciencia ficción nucleado en Futuro.
En algunas minuciosas bibliografías universitarias de las publicaciones
de Agamben este texto figura como la primera publicación del autor. Sin
embargo, tenemos noticia de, al menos, una publicación anterior: la reseña
del libro de cuentos Lo scialle andaluso de Elsa Morante, publicada en Paese sera
el 18 de diciembre de 1963 bajo el título “Lo scrittore è come un ladro di
lumi” (“El escritor es como un ladrón de lámparas”).
“Tú eres la pájara de mar, que ha fabricado su nido / sobre la escollera
sombría, entre las arenas negras…”, es el comienzo de la dedicatoria en verso
con el que se inicia el libro de cuentos de Morante. A su vez, en el cuento “El
caos”, que da título al libro de relatos de Wilcock publicado en 1960 por la
editorial de Valentino Bompiani (padre de Ginevra, que fue esposa de
Agamben), el narrador es, en un momento determinado, presa en la orilla del
mar de un grupo de amenazantes aves marinas. Acaso pueda conjeturarse
que, de un modo u otro, el relato de Agamben que aquí traducimos dialoga
con ambos.
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Decadencia
De Giorgio Agamben
No sabría decir cuánto hace que regresamos por las tardes. Después de haber
vagado sobre el mar en busca de alimento, siguiendo la estela de las grandes
naves o bordeando las orillas, nos arrojamos cansados a esta playa y,
acurrucándonos sobre un costado, empezamos a incubar. Es dulce recoger a
esa hora las últimas tibiezas de la arena que lentamente se enfría bajo nuestros
cuerpos. Los más ancianos de entre nosotros recuerdan el inicio de la
incubación; pero hay muchos jóvenes que no saben nada de ello y para
quienes esa costumbre resulta incomprensible. Ni yo mismo (pertenezco a
una generación de edad mediana) estoy en condiciones de satisfacer su
curiosidad; ésta tiene en sí algo de morboso y de insano, expulsa toda
razonabilidad y, para colmo, es aterradoramente abstracta. Así, los jóvenes se
reúnen en grupo (no es que osen abandonar la incubación, tan sólo rechazan
los huevos que les fueron confiados unos junto a otros) y desahogan en
complots el rencor que los consume: por las noches, podemos ver sus
cabezas moviéndose continuamente, y los picos sutiles luciendo en las
tinieblas como centellas. Incluso los más respetuosos, que no osan unirse a
las conspiraciones infantiles, están aparte, en silencio, y si nos acercamos a
ellos giran la cabeza y fingen estar ocupados, limpiándose las alas.
Ya he dicho que pertenezco a una generación intermedia; para ser más
precisos, a la penúltima, antes de que los huevos dejaran de abrirse. Era ya
bastante grande cuando el hecho se verificó, y recuerdo todavía las
preocupaciones y los temores que acuciaron a los ancianos (que estaban
todavía en la flor de la edad), las diferentes hipótesis que se plantearon para
explicar el fenómeno, las discusiones que se extendían hasta la noche
profunda, al final de las cuales el misterio permanecía tan intrincado y velado
de angustia que nuestros padres, observando consternados nuestros cuerpos
sumergidos en el sueño, esperaban el alba sin dormir para retomar
rápidamente el vuelo. Mi madre ya no era la misma: cazaba con gran fragor,
es verdad; sus vuelos rasantes provocaban todavía mi admiración; pero
cuando volvía a tierra (para entonces, yo ya había regresado hacía tiempo
como consecuencia de mi desarrollo imperfecto) leía en sus ojos la inquietud,
y la veía vagar con sus compañeras sin siquiera tomarse el trabajo de secar en
la arena las alas mojadas por las olas, todavía con aroma a salado.
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Las primeras que dieron la alarma fueron las madres; con su sensibilidad
particular, se dieron cuenta desde el principio que las cosas no sucedían de
acuerdo con las antiguas enseñanzas y rápidamente lo comunicaron a los
otros, agitando el cuello y las alas. Había ocurrido un extraño fenómeno: los
huevos habían perdido su blancura, se habían vuelto más amarillos y ya no
palpitaban. Pocos días más tarde, las madres nos dijeron, casi en llantos, que
ya no escuchaban el Canto; y no bien osaban decirlo, parecía que su semilla
se hubiese apagado.
Desde el principio la noticia no fue apreciada en toda su gravedad: era
algo demasiado grande, nuestras mentes casi no podían concebirlo, pero muy
rápido el hecho se hizo tan evidente que nadie podía ya negarlo o dudar de él.
Más o menos en ese período, los jefes decidieron hacer un experimento.
Se construyó en la falda de una duna, al reparo del viento, un edificio de creta
y de algas disecadas, y se trasladó allí buen parte de los huevos; luego se
eligieron de entre las madres las más fuertes y resistentes y se les ordenó que
no abandonaran la incubación en ningún momento del día.
Nosotros mismos, más jóvenes, llevábamos alimentos a la Casa de la
Vida (así fue llamado el edificio) y otros, más tarde, ocuparon nuestro lugar.
Pero no sucedió nada cuando el experimento fue abandonado después de
tres semanas. Desde entonces ha pasado mucho tiempo: el viento destruyó
las alcobas entrelazadas con las algas, y la Casa de la Vida no es más que un
cúmulo de viejas ruinas, entre las cuales deambula, a veces, el viejo Marco, el
poeta.
En mi juventud lo escuché cantar y todavía conservo ese recuerdo:
quien haya escuchado algunas canciones suyas mientras volvía del mar, o
mientras estaba en la playa, o mientras recogía caracolas de la orilla,
difícilmente las olvidará.
Mi madre cuenta que Marco era diferente a todos los poetas que, según
su memoria de ave, lo habían precedido en el arte; más refinado y al mismo
tiempo más primitivo, artificioso y espontáneo, noble e innoble al mismo
tiempo. Desde la infancia, él no hizo otra cosa que cantar y rechazó siempre
de manera desdeñosa cualquier otra ocupación, en especial la caza; así, en
seguida se hizo evidente para todos que había sido elegido por el destino para
ser nuestro poeta. De aspecto era delicado, muy delgado y esbelto, y por
cierto su temperamento no se adaptaba a las largas fatigas; pero si se lo llegaba
a ver de cerca, había en él tal belleza que era imposible quitarle la mirada.
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Sobre todo, sus ojos profundamente claros nos atraían, habituados como
estábamos al iris negro rodeado de rojo; sólo por él adquiría sentido el
proverbio según el que los ojos son la parte más espiritual de nuestro cuerpo,
después de las plumas del cuello. Su gracia era constante, de líneas
armoniosas, flexible, inquieto y completamente cubierto de plumas sutiles de
mil colores, donde dominaban el gris y el violeta.
Tenía modos gentiles, y aunque amase la soledad, jamás le negó a nadie
un diálogo (en realidad, eran pocos quienes se atrevían a interrogarlo); en
cuanto a sus relaciones con las mujeres, circulaban las voces más extrañas y
legendarias: débil amante, se decía, esquivo en entregarse y siempre lleno de
reservas; aquellas que lo conocían en este aspecto se lamentaban de su escasa
pasión e interrumpían en seguida la relación.
A veces sucedía que se oía de improviso su canto desde la espesura de
un arbusto o desde las dunas más internas, y por la tarde se lo veía volar no
en soledad, a lo largo de la orilla; pero luego se aposentaba en la playa por
largo tiempo, y durante meses oíamos su voz. Pero lo que constituía su
verdadera originalidad era el nuevo estilo que había aportado al canto. Antes
de él, los poetas tomaban como materia de su arte las cosas más variadas, y
habían logrado incluso destacarse en su arte; sin embargo, a esos poetas
Marco los llamaba ingenuos, porque no tenían ninguna conciencia de sí.
Él fue el primero en elegir como objeto del cantar el Canto mismo,
concretando armonías desconocidas.
Naturalmente, siempre supimos que existe una correlación necesaria
entre el canto de los poetas y el Canto, y ello resulta evidente del hecho de
que hemos dado al primero el mismo nombre que al segundo. Tanto el uno
como el otro se nos aparecen como de la misma naturaleza en cuanto al
procedimiento que les es característico: ambos nacen de un infinito
sentimiento de satisfacción por la vida, y mientras en las razas más viles y
también en la mayor parte de nosotros, a la satisfacción sigue la angustia (en
efecto, dormimos cuando estamos satisfechos), en los poetas y en nuestra
alma colectiva a la satisfacción sigue una pausa en la vida real; pero ello no
produce un freno, sino un desarrollo de nueva vida que tiene lugar en el
espíritu, en el que se repite la experiencia real. Debido a que el nexo entre
vida espiritual y su elemento natural es superior y de orden infinito, éste no
puede identificarse de ningún modo por medio del razonamiento o de la
memoria, sin transformarse por ello, para nosotros, en incompresible y
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abstracto. En el Canto se expresa, en el Canto aprendemos a conocerlo, y
desde el primer momento el Canto nos parece la esencia misma de nuestra
naturaleza y la creación más bella de nuestra raza.
Tuve la suerte de escucharlo una vez: fue poco antes del nacimiento de
la última generación, cuando yo era demasiado joven todavía como para
incubar. Los adultos intentaban cumplir con el antiguo rito: permanecían con
los ojos cerrados, inmóviles, y tan sólo un surco que dividía las plumas del
pecho dejaba adivinar que debajo de sus vientres palpitaban los cándidos
huevos. Yo volaba aquí y allá junto con mi madre, y me detuve a contemplar
la beatitud que emanaba de su recogimiento; “es verdad –pensé – ella escucha
en este momento el Canto de la Vida, del que muchas veces me habló durante
mi infancia. Todas nuestras leyendas, todas nuestras fábulas hablan de eso; y
qué cosa realmente divina debe de ser si por ella mi madre queda tan
transfigurada. Así, yo estoy a su lado, golpeo con mi pico las plumas de su
costado, y sin embargo ella no se da cuenta siquiera de mi presencia”. Y me
surgió la curiosidad invencible de conocer, yo también, ese misterio;
precisamente entonces mi madre abrió los ojos y, mirándome con infinita
ternura, debió adivinar el deseo que me atormentaba. Se apoyó en unos de
sus costados y dejó ver el huevo, invitándome con un gesto de su cuello a
que me acercara.
Las palabras de nuestra lengua no son suficientes para expresar lo que
sentí, porque las armonías del Canto atravesaron todo mi cuerpo y me
obligaron a cerrar los ojos y casi a desmayarme. Puedo decir solamente que
desde ese momento el canto de Marco me pareció algo muy pequeño y
olvidable, imitación imperfecta destinada a fracasar, porque, limitada como
lo es, quiere dar una forma a lo inexpresable. Falsa es la palabra de los poetas,
alejada de la vida y al mismo tiempo mucho más cercana a ella que el Canto
de nuestros huevos.
Nosotros, en efecto, como ya lo señalé, hacemos una distinción entre
la vida y el Canto, una distinción muy sutil e importante, que ha sido hasta
hoy la base de nuestras creencias y que por ninguna razón se debe ignorar.
Es fecunda de justicia, de dignidad: por su virtud nuestra raza se ha elevado
siempre por sobre las otras que habitan igualmente las regiones marinas, y
nadie tiene el derecho de renunciar a eso, aunque se viera obligado a vivir
solo durante toda su vida. Porque produce por cierto una gran soledad, casi
una dulce despedida de nosotros mismos, aunque es bello luego
reencontrarnos todos en su seno. Hay un canto de Marco que expresa muy
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bien su significado; es una melodía que ya se ha vuelto popular entre
nosotros, pero que no es simple en absoluto como puede pensarse cuando
se la escucha por primera vez. Se trata de una doble serie de sonidos; digo
doble, y no dos series, porque no se presentan de manera sucesiva, sino de
modo sincrónico, con un refinamiento de sobreposición y de
acompañamiento que es nuestra delicia (extraño que, precisamente a nuestras
generaciones en decadencia les haya cabido en suerte un poeta tan notable).
La primera serie es alternativamente impetuosa y dulce y en apariencia poco
unitaria: en efecto, su única unidad surge de la inmediatez brutal y caótica de
sus diferentes sonidos, que más que gorjeos se dirían ruidos naturales; la
segunda serie (y ahí está el mecanismo poético) reproduce, desde el punto de
vista exterior, las mismas armonías (o, si se quiere, desarmonías) que la
primera, pero las traslada permanentemente a una esfera más alta, poniendo
orden y belleza donde no había sino caos. Cómo llega a hacer eso sigue siendo
para mí inexplicable, y más aún teniendo en cuenta que las dos series
aparentemente son idénticas, y las variaciones, si es que las hay, están hasta
tal punto disimuladas que se tornan imperceptibles. Lo que me urge decir es
que, en todo caso la existencia de una distinción entre ellas está fuera de duda,
y aquí vuelvo al discurso anterior.
La vida es un don divino pero, ella misma, por su propia naturaleza,
tiende al mal, propensa al sortilegio y a las diabluras. Nosotros, en efecto, lo
sufrimos: y quien sufre desea la vida de manera ilimitada y furiosa, hasta que
termina por perderla, salta sobre ella y hace acrobacias. Pero hay un principio
capaz de restituirle gracia y dignidad y de salvarla de la tentación de los saltos;
un principio capaz, justamente, de poner orden y belleza allí donde no había
sino caos, y que es la negación del espíritu acrobático y del danzante. Su
expresión es el Canto, la pura verdad de la vida, la obra de todos, gracias a la
cual nos sentimos partícipes de una vida más alta. Porque el Canto es ante
todo aristocracia de la vida, su plenitud y elección por parte de nuestro ser, el
reverso de todas las contradicciones, la conciliación feliz entre lo que somos
y la vida. Por ello el Canto está en conexión con la reproducción y con los
huevos; es él mismo creación, porque nos une a la vida, ¿y qué es acaso la
creación sino una unidad superior con la vida?
Pero desde que el canto se apagó, vivir nos parece una cosa insensata,
y todas nuestras antiguas concepciones corren el riesgo de precipitarse en el
vacío. Nosotros no tenemos la culpa, es cierto; ¡cielos!, ignoramos
completamente las causas y declaro formalmente que no sabemos nada de
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ello. Por eso sufrimos nuestra pena en silencio, casi con vergüenza, y la
inocencia es la medida de nuestra impotencia. Este mal no viene de nosotros;
pero sería un necio si no comprendiese ahora que nos pertenece y que, en los
hechos, nuestra falta de culpabilidad es una realidad sin ninguna importancia.
Mérito y culpa son cosas de chicos; todos saben que el mérito es innato y que
la culpa siempre es inocente. Si sucedió, hay mérito o hay culpa: en este caso,
hay culpa.
Por eso me aflijo y me desespero. Nuestros jóvenes, aunque escasos,
tienen el coraje de profesarlo abiertamente, no creen más en la distinción, ¿y
cómo podrían hacerlo, creerlo, desde el momento en que jamás oyeron el
Canto? Esa generación nació cuando los huevos ya habían dejado de palpitar,
y las madres, inquietas, escrutaban el cielo, esperando. En sus ojos todavía
permanece la angustia de aquellas miradas. Así, empezaron a circular entre
ellos las voces más delirantes: que los huevos están vacíos, que bastaría
romperlos con el pico para darse cuenta de ello; en definitiva, se quiere
insinuar que todo lo que nuestra raza ha creído hasta ahora ha sido un engaño
y una mentira. Yo a estos jóvenes no los entiendo; o mejor, entiendo que su
situación es muy difícil y delicada, pero de esa manera no llegarán jamás hasta
el fondo de nada. ¿Por qué hablar de engaño? ¿No ven acaso que las cosas
en las que ya no tienen fe resplandecen todavía en las palabras de los viejos,
en los cantos de Marcos? Circulan en su sangre, así como circulan en la de
sus madres. No se trata en consecuencia de engaño, sino de enfermedad: es
eso lo que deberían entender. Un mal extraño y terrible se ha apoderado de
la parte más selecta de nuestro ser y mata la semilla de nuestra raza. Tal vez
debajo de la cándida cáscara del huevo, bajo el aparente, mortal silencio, el
Canto conduce todavía una piadosa lucha contra el enemigo que lo envenena,
y nuestra inquietud no es sino un reflejo de ello.
Pero a estos discursos los jóvenes los llaman charlatanerías, y no saben
más que complotar por las noches. Prestan oídos a nuevas creencias, y yo
temo el día en que empezarán a actuar, la mañana en que alguien encuentre
un huevo roto a picotazos. Porque ¿qué cosa buena podrían hacer después
de acunarse en la oscuridad durante tanto tiempo en ideas tan viciosas e
infantiles? Sobre todo, carecen de tacto, y el tacto es una virtud que los jefes,
en nuestra raza, tuvieron siempre en abundancia.
Extrañas cosas hemos visto en estos años; se dan casos ocultos,
misteriosos: los peces saltarines se demoran en la tierra, miran el mar desde
lo alto de las ramas, y no se dan cuenta de los pescadores que los acopian a
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golpes, o se dan cuenta de eso cuando ya es demasiado tarde, y el arma asesina
los alcanza mientras se revuelcan en la arena o agitan el aire con las escamas.
Nuestros hermanos cormoranes, que antes venían a menudo a nuestra
tierra, trayéndonos noticias del país occidental, han desaparecido de estos
mares. Otros pájaros, las oscuras fochas, han excavado madrigueras
subterráneas y ya no salen a la luz. Se nutren de lombrices, ya no tienen ojos,
no vuelan; y cuando encontramos alguna que asoma el cuello desde la arena
con toda cautela, si le preguntamos algo, ha olvidado la lengua común y no
puede respondernos.
Las mariposas migratorias que volaban en bandadas infinitas, hábiles
para salir huyendo y cambiar dirección, con las que solíamos entablar luchas
furibundas, verdaderas bataholas, ahora caen en el agua antes de alcanzar la
orilla, y podemos llenarnos la panza con sus cadáveres.
Pero para nosotros los días pasan monótonos: el sol sigue saliendo y
poniéndose sobre esta tierra desolada; hace años que esperamos que algo
suceda. Los viejos enmudecen, en los jóvenes nadie puede confiar: ¿cuándo
tendrá fin la espera? Nadie puede decirlo, no sabemos si los huevos se
abrirán. Pero nosotros tenemos fe en las palabras de los jefes y seguimos
incubando.