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/ pp 257-260 / Año 13 Nº 24 / JULIO 2026 – NOVIEMBRE 2026 / ISSN 2408-4573 / RESEÑAS DE LIBROS
La principal contribución de Educación y territorio(s) reside en su carácter de obra coral que, lejos de ofrecer un simple
balance administrativo del CIMED, construye un relato denso y afectivamente cargado sobre la producción de
conocimiento en una universidad pública argentina. El libro se ubica así en la tradición de las “genealogías
institucionales” críticas, pero introduce un giro relevante: no se limita a narrar hitos y proyectos, sino que los reordena
a partir de la tríada conceptual territorialidad–coexistencialidad–relacionalidad, tomada de trabajos contemporáneos
sobre mundos relacionales y políticas de la vida (Despret, 2022; Escobar et al., 2024; Van Horn et al., 2025).
Esta operación conceptual tiene varios méritos. En primer lugar, obliga a leer los capítulos no como piezas aisladas,
sino como nodos de una red que se territorializa en tramas específicas: la historia reciente de la UNMdP, las políticas
educativas nacionales y provinciales, las luchas por la democratización universitaria, los procesos de formación docente
y las experiencias en educación no formal. En segundo lugar, reubica la discusión sobre la educación superior y la
formación docente en clave ecológica y relacional, interpelando a la universidad pública a pensarse como “universidad
cogobernada y feminista” comprometida con la defensa de significados y sentidos frente a un mundo “cruzado por
tiempos de incertidumbre”.
Sin embargo, el propio gesto teórico que dota de fuerza al volumen también abre ciertos flancos. La noción de territorio
que se moviliza en la presentación —inspirada en Despret (2022)— enfatiza el habitar, la cohabitación y la
multiplicación de mundos, pero dialoga de forma apenas tangencial con tradiciones latinoamericanas sobre territorio,
espacio y poder, como las de Santos o Haesbaert. Este desbalance puede generar, para lectores provenientes de los
estudios territoriales críticos, la sensación de una conceptualización sugerente pero todavía poco trabajada en su
dimensión socio-espacial y política más clásica.
Desde el punto de vista de la arquitectura del libro, la organización por líneas de investigación del CIMED le otorga
coherencia institucional, aunque produce una inevitable heterogeneidad en los estilos, densidades teóricas y grados de
sistematicidad de los capítulos. Algunos textos —en particular los de HI.PO.GED, GIEPE y GICEC— presentan marcos
teóricos explícitos, referencias normativas y una reconstrucción cuidadosa de sus objetos de estudio. Otros adoptan un
tono más ensayístico y autobiográfico, cercano a la “narrativa de grupo”, que, si bien resulta potente en términos de
registro de experiencias, deja en segundo plano la explicitación de decisiones metodológicas y la problematización de
categorías analíticas.
Esta heterogeneidad no constituye necesariamente una debilidad; puede leerse como expresión de la diversidad de
tradiciones investigativas que coexisten en el CIMED. No obstante, para una audiencia internacional, hubiera sido útil
incorporar un capítulo final de síntesis analítica que explicitara comparativamente las convergencias y diferencias entre
los grupos en términos de metodologías, dispositivos de formación de investigadores y vínculos con políticas públicas.
Tal capítulo habría reforzado la pretensión de la obra como insumo para pensar modelos de organización de la
investigación educativa en otras universidades latinoamericanas.
Otro aspecto destacable del libro es su apuesta por la reflexividad. La mayoría de los capítulos se escriben en primera
persona plural, asumiendo los autores su pertenencia a los grupos que describen. Esta autorreflexión —en diálogo con
tradiciones de investigación narrativa y auto/biográfica— permite visibilizar tensiones, decisiones, fracasos y
reinvenciones que habitualmente quedan fuera de los informes de gestión o de los artículos empíricos convencionales.
El GIEEC, por ejemplo, se presenta como “cuerpo” que cataliza transformaciones en las maneras de producir
conocimiento en el sur global, y el GICEC como una “cartografía posible” de diez años de trabajo sobre alfabetización
universitaria y derecho a la educación.
En términos de aportes específicos al campo de la educación superior, el texto del GIESPA sobresale por su articulación
entre profesión académica, políticas de desarrollo sostenible y condiciones de trabajo docente, temas que hoy ocupan
un lugar central en agendas como APIKS y otras investigaciones comparadas.
El capítulo ofrece una síntesis de sinergias investigativas que, aunque ancladas en la UNMdP, dialogan con debates
globales sobre la mercantilización de la academia, la precarización laboral y la necesidad de vincular la educación
superior con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Una posible limitación del volumen, en cambio, radica en la escasa problematización de las relaciones entre la
producción de conocimiento del CIMED y otras instituciones y actores del sistema educativo más allá de la universidad:
sindicatos docentes, organismos estatales, organizaciones sociales, etc. Aunque varios capítulos aluden a estos
vínculos, el foco está puesto sobre todo en la “vida interna” de la facultad y el centro. Una mayor atención a las tensiones